LA VOZ DE LA CASA
Edmundo Moure
LA VOZ DE LA CASA
Este libro, reescrito y morosamente adicionado, lo dedico a mis hijos menores,
José María y Sol
Invierno de 2008
By Edmundo Moure Rojas, 1995
Cuarta edición en castellano (2008)
Registro n°56.462
Departamento de Derechos Intelectuales de Chile.
ISBN 956-7159-49-1
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Ediciones Nueva Galicia
Casa Moure
Mar del Plata 2096
Providencia, Santiago de Chile
Fono/Fax 6360700
Mario Moure Rojas
Printed in Chile- Impreso en Chile
A mis padres,
a mis hermanos,
a mis hijos,
al viejo árbol
de la memoria.
“…Las casas que yo habité tienen abiertos sus compases de espera: se lo quieren tragar a uno y sumergirlo en sus habitaciones, en sus recuerdos… El espacio, el tiempo, la vida y el olvido, no sólo invaden con telarañas las casas y los rincones, sino que trabajan acumulando lo que se sostuvo en ciertas habitaciones: amores, enfermedades, miserias y dichas que no se convencen de su estatuto: aún quieren existir.”
Pablo Neruda
PÓRTICO
por Hernán Ortega Parada
MEMORIALISTAS CHILENOS
“...los estudios biográficos, en el fondo, no son sino eso; una larga y apasionada encuesta psicológica, una tentativa vehemente por descubrir el secreto que cada cual lleva en sí.”
Alone
En los inicios de la revista literaria Huelén, nos atrevimos a decir que el género memorialista, en Chile, tenía pocos cultores de buena calidad. A poco andar, y bajo una impresión muy grande, recibimos carta de Alone (23.7.81), quien, por su edad, ya estaba alejado del tráfago citadino. Se quejaba sin tono doliente, pero expresivo: “ ... querría tener un ejemplar de Memorialistas Chilenos, edición Zig-Zag, 1960...Por un solo ejemplar le ofrezco todo el oro de mis castillos y la mitad de mi reino, el cual está sembrado de libros...”. Hacía algún tiempo, al notable crítico se le había quemado su biblioteca de calle Beauchef y, junto con protestar por la aventurada frase inserta en Huelén, hacía ver su angustia ante la imposibilidad de encontrar un ejemplar de aquel valioso libro, absolutamente desaparecido de librerías. Nos pusimos en campaña y logramos dos ejemplares con Luis Rivano; dos ejemplares a un precio muy de acuerdo a la rareza de la obra; no importó: entregamos uno al autor y reservamos otro, como una joya. Alone nos premió, no con sus castillos repletos de oro, pero sí con su amistad personal (estuvimos con él varias veces cuando no recibía a nadie) y hasta con sus consejos literarios.
Con este breve relato, que nos resume en el mundo de la memoria, pretendo dejar en su justa altura el género al cual nos convoca Edmundo Moure Rojas, autor de La Voz de la Casa.
Según Alone, memorialistas notables de Chile, entre otros – y él también lo fue-, han sido José Zapiola, Benjamín Subercaseaux, Crescente Errázuriz, Augusto Orrego Luco, Armando Donoso, Luis Oyarzún, Fernando Santiván, José V. Lastarria, Vicente Pérez Rosales, Alberto Blest Gana, Joaquín Edwards Bello.
La especialidad ha adoptado diversas formas: el relato desenvuelto linealmente, como una larga bufanda; pero, también, bajo la piel de lobo de la narrativa y, así, se registran cuentos y novelas que, en el fondo, son autobiografías. Como las obras de Rosasco o la ilustre creación de Isabel Allende en La casa de los espíritus.
Bajo otro punto, los teóricos discurren que toda obra literaria es un espejo del autor. Según Hipólito Taine, una gran obra literaria es un monumento de su época.
Hoy, con La voz de la Casa entre manos, podemos asegurar que estamos en presencia de una original forma de abordar el género memorialista: el relato fragmentado. En efecto, la obra está constituida por una serie de semblanzas o cuadros aparentemente aislados unos de otros. Tal cual un mosaico, se pueden alternar o revolver las piezas, quitar o agregar. Están los recuerdos imborrables de la infancia y la adolescencia, junto con la búsqueda de la identidad. Y los orígenes están para el autor, para su familia, allá, en santa María de Villaquinte, Galicia...Galicia, oh vieja e imborrable campiña céltica.
Hemos observado con particular interés la geografía íntima de esta obra, los contenidos no anecdóticos -tal como nos advierte Alone desde el epígrafe-. Algunos fenómenos aparecen como el color de la materia en estas páginas tan hermosas; y mueven a reflexión los contrastes de valores: están los objetos y los seres; lo que se pierde en una nacionalidad y lo que se gana al sumergirse en otra; están los hechos simplemente biográficos y están aquellos que responden a una insatisfacción profunda. Como estos relatos parten de una realidad sólida, admiten –por el solo hecho de ser humanos- diferentes lecturas, y esto es hablar de riqueza en el texto.
Algunos protagonistas de la vida real suelen quedarse con el goce y el sabor indefinible de toda una “poética del espacio” (Bachelard), que logran preservar -a veces- por sobre el tiempo voraz: recuerdos de las primeras edades vividas con los ojos muy abiertos (virgen la cera de la memoria), las fuertes y a veces traumáticas experiencias de la adolescencia y, por sobre todo, la escenografía de aquel mundo inscrito en los límites anteriores y exteriores de la casa-hogar. En tiempos reconocibles sólo por el Carbono 14 el espacio de una caverna definió las categorías espirituales nuevas de ciertos pueblos más inteligentes que otros, acusando, en definitiva, un progreso enorme para la humanidad. Y, más aún, dieron comienzo a la marca genética que aún persiste: la acción invisible, paternal, de la casa-fantasma (Martín Cerda).
Otros protagonistas reciben ese don, lo maduran dentro del espíritu y finalmente lo muestran en un acto que no tiene otro nombre que generosidad. En efecto, al reconocer su historia, la preservan y dejan un testimonio que, de una u otra forma, será reconocido en el futuro y, por ello, evaluado infinitamente. Es el caso de la obra que estamos reconociendo hoy día, aquí.
Pareciera que un escritor es alma gemela del pescador. Por otro lado, existen la memoria consciente y la memoria inconsciente, junto al mecanismo del olvido, el cual suele ser una forma de autoprotección. Sin embargo... ¿el paraíso que nos rodeó, esos personajes, esas costumbres, esas palabras, esas calles, esos árboles, esos techos, esos fantasmas inscritos en el papel arrugado de las murallas, esos pájaros nocturnos, ese viento que pulió los frutos y las hojas, esas cosas y esos hechos que estuvieron vivos junto a nosotros y que imperceptiblemente parecieran envejecer y morir... dónde están, dónde existieron?... ¿En verdad existieron? Lo dramático está en la división que se establece entre quien no ha cultivado el espíritu del pasado y quien sabe recordar. Este último sabrá siempre reconocer la calidad de la arcilla de su cuerpo y sabrá armar con más lucidez su destino.
En la escritura de Moure se desliza, como corriente fuerte y sensible, una característica que merece ser destacada en su valor emotivo y en su talla sicológica: el gran amor hacia cada uno de los componentes de su familia y de su “tribu” –sea dicho en el mejor de los sentidos-. No es una pose o una formalidad de postal. Nada de eso. Esta familia ha vivido intensamente sus relaciones interiores. Les asiste la energía de la voluntad de existir, la espiritualidad, la constante intercomunicación pasando por encima de ser cada uno un ente real, concreto, distinto. Juan Luis y Fernando deciden de pronto “emprender un viaje a dedo por América del Sur”. ¿Qué gesto más inatajable cuando Eugenio anuncia de sopetón “El lunes próximo, me voy a España”? ¿Qué hay detrás –o dentro- de Edmundo cuando un día, “aguardado y sorpresivo”, aborda un avión que le hace cruzar un océano, el que tiene a sus espaldas? Sostiene toda esa gestualidad, esos movimientos autosuficientes, la Voz de la Casa. Tanto esa de La Cisterna como aquella de Conchalí son ecos de las voces que admiten señales infinitas como el cuarzo y que emana de las rocas y los pastos gallegos. Toda esta fenomenología, cuando es separada como un virus maravilloso, corresponde a un estado cultural superior. Y esto hay que decirlo para entender mejor la existencia de este libro que resurge en su tercera edición.
Los fragmentos, las divisiones, por un lado han facilitado la ejecución de la obra, y han permitido, por otro, dar a cada visión, a cada recuerdo, un valor justo, una emoción especial. El conjunto tiene, por el buen manejo de la técnica verbal, una gran unidad. El relato avanza desde la infancia hasta la madurez. Esta línea ascendente en el calendario tiene como su doble la fuerte línea que lleva al pasado, a los orígenes. Bajo este concepto, La Voz de la Casa es un notable documento sociológico de nuestro tiempo, en que la emigración ya no es estática sino dinámica.
Los que tenemos más viejas raíces en Chile reconocemos la diferencia. Y reconocemos la nueva vitalidad que representan estas cepas originales que se transplantan junto a nosotros.
Algo loco e impaciente, Edmundo Moure es portador de sensibilidades que bien están ilustrando su biografía. Buen escritor, su lenguaje es rico, variado preciso. Los tonos sentimentales están dosificados. Las cosas trágicas, que de alguna u otra forma acera la personalidad, están dibujadas al croquis sin perder su capacidad de impresionar. Las cosas que atañen a seres humanos también atañen a los animales del reino de hogar. Así, los distintos vidrios de colores arman un vitral de indudable nivel literario y documental.
“Quien logra hablar de sí mismo, sencillamente, sin amor propio, puede afirmarse que indefectiblemente consigue interesar y está muy cerca de escribir algo digno de ser leído...”. Nueva cita de Alone. En mi próximo encuentro con él, mencionaré orondamente que el género memorialista está vivo, original y pujante en Chile. Le diré, además, que los Moure, por su temple, han ganado sus propios reinos y castillos.
Hernán Ortega Parada
¿Qué busca el viento cuando arrastra así las hojas y gira alrededor de la casa, golpeando las puertas y gimiendo en las ventanas?
Vuelve a casa, la lámpara está encendida, vuelve a casa...
W. Goyen
LA CASA
Efraín Barquero
Tan honda que parece, tan oscura
Cuesta encontrar el frente, el corredor.
Donde estaba la puerta hay una piedra.
Donde estaba la cama hay una noria.
Preguntar por dónde y cuándo fue,
Ésa es la casa que tuvimos.
Volver muy tarde, ésa es la hora
de penetrar en el destiempo.
Entramos en nosotros y en ella,
Para nacer y amar, para morir.
Por eso la casa es recordada
como una instancia sola con una sola puerta.
Cuántas habitaciones ha tenido,
todas como salidas de la misma.
Oscuras piezas donde no sé
quiénes están aún despiertos.
Porque es de noche cuando retorno.
Y hay otros seres en mi mesa.
En mi cama alguien vigila.
En la cocina se apaga el fuego.
Todos me miran sin comprender.
Y yo mismo soy todos los rostros.
Todos los gestos que no me hacen.
Todos los vasos que no me sirven.
LA VOZ DE LA CASA
Nos despertamos
y todo reverdecía como entonces...
El aromo se llenaba de gorriones,
ellos habían vuelto.
La casa se fue deshaciendo, despedazándose levemente, con desplome soñoliento... Suavidad, a pesar de todo, una especie de tenue armonía o cámara lenta, con que los viejos adobes caían y se desperdigaban sobre el suelo en medio de espesas bocanadas de polvo viejo.
Era el interior de la casa, porque toda su estructura exterior, de ladrillos rojos y duros, fue destruida más tarde; mejor dicho, desarmada, como el esqueleto de un animal gigantesco, mucho después de su muerte, luego del laborioso trabajo de los gusanos, incomparables demoledores de lo que se resiste a perecer.
Entonces el descubrimiento, la comprensión súbita del misterio largamente intuido, imaginado en noches de soledad, cuando las ideas parecen aflorar a la mente, lúcidas, claras, fantásticas y reales... Sí, los muros habían guardado las voces, los sonidos. Los ruidos más simples y complicados penetraron las múltiples cavidades de las paredes, se grabaron, para que en el momento preciso, a la muerte de la casa, ofrecieran el testimonio de lo vivido.
“Las paredes tienen oídos”, habían dicho nuestras abuelas. Y fue cierto, porque toda la existencia durante los breves años brotando, saliendo del barro seco con múltiples sonidos amados o aborrecidos. Se esparcieron por el aire los ruidos y también las imágenes y olores; risas, llantos, gritos, lamentaciones, susurros, golpes, besos, caricias, alegría, odio, bondad, resentimiento, nostalgias, recuerdos, imprecaciones. Todo resurgía en la noche que terminó la demolición. Y sólo yo lo sabía. Ellos me eligieron- no sé si al azar- para que lo viera y lo sintiera de golpe, como una película, brevísima y eterna porque no estaba enmarcada en el tiempo. No sé por eso cuánto duraría o si realmente duró algo.
Los viejos demonios de la inquietud, aquellos que habitan la región más oculta de la mente, irrumpieron una tarde en mi conciencia y me hablaron; lo habían hecho antes, pero fui siempre duro con ellos; no los atendía, olvidaba sus extrañas insinuaciones, o pretendía hacerlo. Pero cuando logran dominarlos, todo parece nuevo; se puede ver más allá de la superficie de seres y cosas. Hay otro mundo de sensaciones más profundas y plenas, donde los límites de tiempo y espacio no existen, donde no hay colores ni matices, ni luces ni sombras, y tampoco las dudas con que siempre tropezamos.
- Estoy triste, apesadumbrado por la muerte de la casa...
- Levántate, ha terminado la obra destructora; es hora de que lo sepas.
Crucé la verja como tantas veces. Entonces, las imágenes y los sueños vividos abrieron el abanico de la memoria.
Padre está curvado sobre la huerta, su calva dorada por el sol. Siembra la tierra, planta riega, arranca malezas, escarba paciente, una y otra vez; vuelve a sembrar, a plantar, a regar en una suerte de trabajo inacabable. Y a veces obtiene algunos frutos, pero la falta de agua, la sequía urbana, acaba por arruinarlo todo. La quinta, verde y fértil un día, se va apagando, languidece, y parece que nos vamos secando con ella.
Pero Padre vuelve a trabajar con el mismo ahínco, día tras día, como si esperara un milagro. ¿Para qué tanto afán? ¿Para qué? No hombre, no importa el resultado. Sólo el esfuerzo, el trabajo, el trazo sobre la tierra valen, así como un poema o un cuadro no valen por sí mismos sino por lo que los hizo posibles, por el trabajo y su despliegue esforzado y sistemático en el alma de las cosas.
Los seis varones preferimos los juegos, el deporte. Los juegos nuestros construidos, armados para jugarlos sin prisa y con la seriedad que no volcamos en el trabajo cotidiano. El deporte nos apasiona y nos une en periódicas competencias que hacen llegar a numerosos amigos.
Toño dirige, grave y burlón, anota cómputos, mide distancias, organiza y distribuye. Bala, jabalina, disco, salto alto, salto triple, cien metros planos, doscientos... Ahora las carreras de obstáculos. Cronómetros en mano; malo… malo, sí, ese está bien, buen tiro, no… no, borrar una huella es criminal; pisó la raya, nulo el tiro; Eugenio, no sea porfiado, no se enoje niño; Juan Luis apúrese con la huincha, no se me quede dormido coipito... Fernando ayude a medir y marque, después le compro sus calugas de chancaca...
El pobre Mario observa; no puede correr ni saltar ni lanzar implementos. Su pierna rota, aplastada por el microbús de los milicos que le pasó por encima, su pierna vendada sobre la silla y mi primera impotencia por evitar una desgracia (en el sueño yo lo sacaba a tiempo, y lo ponía a salvo en la vereda). Nos mira, está delgado, pálido, envejecido prematuramente. Los hospitales hacen envejecer, maduran la fruta temprana demasiado pronto.
Pepe Río salta, delgado y grácil. Se cimbra la garrocha de coligue y cae blandamente en el foso de arena después de un breve vuelo. Salta Pepe García y la garrocha se quiebra con estrépito, se rompe en los veinte años, en los mejor de la vida... (Lo mejor de la vida era la vida).
En las tardes de invierno, en los húmedos campos de San Francisco de Mostazal, caminamos juntos, escopeta al brazo. ¡Corre detrás del espino! ¡Ojo, arriba!, vienen las tórtolas...
La escopeta se dispara sola. No es un pájaro herido; es Pepe García, es su sangre hermana la que baña el negro fondo del día. El cielo se ha vuelto negro con la sombra de la muerte. Un amigo, un camarada, pájaro moribundo...
Coger de nuevo la existencia, armar sus imágenes. Sí, armo el rompecabezas de nuestros sueños, pero pierdo muchas partes y otras no calzan. Cuando quiero recomponerlo, se deshace, se diluye y escapa de mis manos.
Sólo quedan los terrones, los escombros, las plantas muertas. La cancha de fútbol está vacía, desnuda, y se llenan de ausencia los gritos y risas de los muchachos. Las palmeras apuntan al cielo con un gesto de reclamo desolado, y se mecen en la brisa nocturna castañeteando sus mil hojas como verde cuchillos.
El viejo perro enfermo ha quedado, como capitán que no abandona el barco al naufragio. Sus ladridos traspasan las ruinas, tristes, roncos, lastimeros y se confunden con el lamento de la casa que me despide y me saluda.
En otras noches juntaré los retazos que salieron del polvo y que hoy he olvidado. Armaré la vida, nuestra vida común en la casa vieja.
Me levanto, es hora de marchar. Todo debe tornar al silencio de la noche.
ESAS MORADAS
Primero fue la gran casa de La Cisterna, su quinta preñada de árboles y plantas, con las macizas palmeras que le daban un aire reposado y señorial... Las figuras de Papá y Mamá sentados en un banco; es una fotografía de color sepia, que los muestra en la lozana juventud de los años treinta.
Y luego es otra morada, en Siglo Veinte, de la que surgen imágenes algo difusas: Papá nos lleva al zoológico, cruzando el retén de carabineros del cerro, donde vemos, con exaltada curiosidad, los colores de la bandera flamear contra el cielo aún azul de Santiago.
Después, la casa vieja en calle Loreto; noches de luna en el salón, Abuela narrándonos historias de bandidos de Colchagua, y yo asustado, porque creía ver la sombra siniestra de Ciriaco Contreras, destacarse sobre las tejas iluminadas por la tenue luz blanca. Tío Adolfo nos lleva a contemplar el río Mapocho, que nos parece lleno de misterios, especialmente aquellos niños oscuros jugando bajo los puentes, llamándonos con el encanto de una libertad turbadora.
Nuestra llegada a la nueva casa de Ñuñoa, construida entre los sueños y afanes de papá; los regalos tijerales con bandera y el maestro Guerra que se emborracha hasta quedar botado. Las fiestas de Año Nuevo; la ordenación sacerdotal del Tío Mario y ese grupo de curas jóvenes reunidos en la terraza, despidiendo olor a incienso y a ropa recién lavada...
Ya los recuerdos son más nítidos; la casa se hace pequeña con el constante crecimiento de la prole; obligada construcción de un segundo piso, que nos hace conocer de cerca el mundo de los “maestros”, como llamamos en Chile a quienes ejercen sencillas tareas manuales... Juan Luis cae al primer piso por el hueco de una escalera aún no construida.
Fue preciso regresar a La Cisterna, ante nuestra alegría y la tristeza de Toño diciendo adiós a sus tempranos amores... La vieja quinta de nuevo, los años más largos, las mejores añoranzas, los tiernos idilios de adolescencia al compás de boleros de Lucho Gatica y Antonio Prieto; los pololos de Carmenche rondando la casa mientras ella sonreía o tornábase seria, según las circunstancias, pero siempre con algo maquiavélico, causante de tanto despechos y desilusiones a los aporreados galanes; menos a Juanito, que entró en la familia con esa cara de niño bueno incapaz de quebrar un huevo, y de golpe y porrazo terminó con las coqueterías de la regalona.
También Chacra El Olivo, el extremo de Conchalí, con sus amplios portones abiertos, ofreciendo el frescor de patios arbolados y corredores de blancas paredes, donde nuestra algarabía puso la nota alegre y disonante entre parrones y huertos.
Niños, a Papá no le gusta que interrumpan su siesta sabatina. Pero era inevitable; justo cuando el sueño parecía aliviar su cansancio de una semana de trabajo, irrumpíamos, haciéndole saltar, iracundo. de la cama. Se abría la ventana del dormitorio y su voz estentórea nos llamaba: ¡Toño, Edmundo, vengan para acá, carajos!... Un solo manotón y las mejillas quedaban rojas y adoloridas mientras llorábamos de rabia. Y mañana no van a la matiné mierda... Pero al día siguiente, después del almuerzo, el genio se componía, ayudado por el vino cordial, y no importa Pechita, total, que vayan no más, y nos alargaba un billete verde de cincuenta pesos, mágica llave para introducirnos en las seriales del “Zorro” o “Fumanchú”.
Con Mamá era diferente; ella no explotaba con violencia, pero no podía olvidar los castigos prometidos y cumplía de manera implacable. Por eso, en el fondo, le teníamos algo de miedo, impresión que se extendió a los amigos.
En ocasiones, Mamá se sentía impotente ante nuestras fechorías, como el día en que pintábamos la verja de madera frente al lavadero y, por una discusión con Toño acerca de si era mejor la Unión que Magallanes, le largué un amplio brochazo en la cara, el que fue contestado con prontitud, para terminar transformados en dos loros, desde el pelo a los zapatos. Mamá estalló en un llanto sin pausa, y nos causó más dolor que una fiera paliza. Pero las palabrotas sí que no las aguanto, chiquillos de moledera; van a la Chacra y aprenden puras porquerías. Y todo porque en un arranque de rabia le dije huevona a la Carmenche. Abuela Fresia lanzó un grito de espanto, llovieron los blandos palmetazos de Mamá y los sobajeos en la boca con una barra de jabón Gringo , para que saliera aquella horrible suciedad del léxico, que era insoportable, porque los Rojas Ramírez o los Ramírez Salinas o los Sanhueza, jamás, ni poto decían, por muy enojados que estuvieran. Y abuela diciendo: los españoles son unos garabateros , lo que era una verdad casi absoluta.
Tío Clemente llegaba todos los días, con puntualidad cronométrica; a pesar de paros, huelgas o revoluciones, nada era capaz de impedir su segura visita a la hora del almuerzo. Sentábase a leer el periódico, de la primera a la última página, sin dejar de lado ni remates ni avisos económicos. Cogía el sandwich hecho por él desde el día anterior y lo comía calmadamente, con ese aire suyo de caballero distinguido que no le ha trabajado un día a nadie. Y ya cocinaron lentejas de nuevo, hay que ver que están desabridos los porotos ... Sus reclamaciones se hacían oír a diario, aunque procurando no ser escuchado por la abuela, quien lo paraba en seco al primer rezongo... No seas mal agradecido Clemente; y le traía a la memoria, uno a uno, los gruesos errores cometidos a lo largo de su vida, desde los lejanos tiempos de Nancagua, pasando por la aventuras en Valparaíso, el descalabro del negocio en San Bernardo, hasta la sociedad con el -para nosotros misterioso- señor Mínguel, una suerte de socio secreto que le servía de coartada, menos para su recta hermana… Era preciso entonces tragar las lentejas con resignado silencio.
Abuela Fresia nos enseñaba a ser piadosos, a rezar cada día, especialmente a San Miguel, quien impedía incendios y terremotos. Hay que comportarse bien, ser educados y decentes en la mesa y en todo lugar. Era como esas dulces abuelas de los cuentos, afectuosa, preocupada de sus “pobres nietos”. Capítulo aparte su devoción por el Tío Cura, pobre Mario, solo y triste en la parroquia sin alguien que vele por él. Papá sonreía, comentando entre dientes: que va a estar desvalido Mario, si se las arregla lo más bien con tanta feligresa dispuesta... Para ella, el hijo sacerdote constituía el símbolo de su religiosidad, el apoyo de sus propias flaquezas, el destinatario preferencial de solícitos cuidados.
Lo más grato era salir a cazar con Papá. Largas caminatas a campo abierto, nerviosas carreras tras el pájaro caído, los primeros disparos de escopeta que me remecían entero; la contemplación, entre tierna y salvaje, de una tórtola muerta a perdigones. Pero sobre todo, verle gozar de la naturaleza, tragando el aire con delectación, y acariciar con sus claros ojos los árboles y los seres apegados a la tierra, hasta la ancha lejanía del horizonte. Había en él una distancia que yo no era capaz de atravesar, como río torrentoso cuya ribera opuesta nos atrae y repele al mismo tiempo. Sus largas piernas parecían no conocer límites de campos ni montes; ellas lo llevaban tras una huidiza esperanza que yo intuía como tronchada promesa.
Todo aquello se ha ido, y, sin embargo, podemos hacerlo revivir, recrearlo, porque cada casa ocupó su rincón en nosotros y aparece de nuevo cuando el llamado de la nostalgia golpea su campana azul, cuando se hace necesario cruzar los viejos umbrales para sentir el murmullo de las raíces y su olor espeso, mezcla perenne de musgo y primavera.
LA CASA VIEJA
A Mario:
¿Sabes?
Me gusta recordar
los momentos vividos,
hurgar en cada detalle
descubriendo una y otra vez
todos los matices...
Uno a uno
rehacerlos
para derrotar el olvido.
Sé que al ver la fotografía sonreirás. Tu mente recorrerá el tiempo en rápido vuelo hacia el pasado. Estoy seguro de que querrás estar solo, mirando más allá de esos muros; imaginando que esa puerta se abre y salen a tu encuentro padres y hermanos.
Vendrán a ti, agolpándose en tu memoria, los recuerdos; llegarán por miles... Y la casa, la vieja casa, recobrará su vida. Entonces, desearás tocar sus muros de ladrillo, aferrarte a ellos para decirle: Gracias...
Observa con detención. ¿Reconoces el pequeño pino, allí, a la derecha? ¿y el retamo con sus minúsculas flores amarillas?... Comprenderás que no es la imagen de los últimos años. Tampoco están las jardineras hechas por Juan Luis (era sacrificado el “Coipo”). Echarás de menos los carcomidos barriles con helechos, uno de los orgullos de Papá, en los primeros escalones de la entrada.
Ven, dame tu mano que vamos a penetrar en ella...
Irás desenrollando la cadena, y al sonido de ésta correrán a recibirnos los viejos perros: el Sil y la Diana; quizá la Tani, o tal vez el Tigre. Cualquiera o todos, es posible, pues sus almas moran allí vigilando día y noche, aguardando a otros fantasmas: nosotros mismos...
La verja está abierta. Espera, por delante no; a Mamá no le agradaría, podríamos ensuciar el piso. Vayamos por detrás, dando la vuelta a la cancha. Deben estar nuestras huellas en esa dura tierra. Resurgirá el grito de alguno de nuestros goles; escucharemos los quejidos de las disputas dominicales, la voz de Papá imponiendo el difícil orden.
Entraremos corriendo por la galería, dando un portazo que, como tantas veces, la remecerá hasta sus cimientos. No olvides saludar a Tío Clemente; puede molestarse si no lo haces... Por el largo pasillo iremos recorriendo cuarto a cuarto, armando y desarmando cada uno, como lo fue haciendo el tiempo. Emergerá en todo su esplendor el inmaculado dormitorio de la abuela. Dos catres de bronce imperturbables ante el peso de los años; uno fue tuyo... También estarán los viejos veladores con cubierta de mármol; la cómoda, de la cual surgirán como por encanto deliciosas golosinas; sobre ella, innumerables fotografías de parientes desconocidos (sólo Tía Rebeca los identificaba), con elegantes trajes ellas, y largos bigotes los varones.
La propia casa nos irá ayudando a poner esto aquí y aquello más allá. Cubriremos todo: cada rincón del tiempo y cada esquina de la vieja morada.
Qué grande me pareció la primera vez, cuando entré corriendo y pasé de largo hacia el patio sin dedicarle mucha atención; más me atraían los árboles cargados de frutos. Ella, seguramente, comprendió, con la sabiduría de quien ha cobijado la vida y conoce las veleidades del corazón humano. Recordó que ya había tenido en su seno a muchos de los que llegaban; por eso, yo no le era extraño. Algún parecido debió hallar con otros niños que antes alborotaron su ancha serenidad. Y debe haberse alegrado con el regreso de quienes hacía años habían partido, y ese día volvían, más numerosos, a quedarse, por el extenso lapso que prolonga la renovada ilusión infantil.
Con el tiempo, me fui acostumbrando a ella con cierta indiferencia. Era un objeto necesario; me daba techo y abrigo, nada más... Nunca me detuve a conversar con ella, o a observarla, simplemente. En más de una oportunidad la traté con dureza por hallarse en un barrio pobre, o por carecer de hermosos muebles. La reprendía por descuidar sus muros y olvidar el brillo de sus pisos, por permitir que la decrepitud fuera apoderándose de los seres y las cosas.
Todo cambió bruscamente cuando hubo que partir y se hizo inevitable su muerte. Entonces descubrí que la quería, pero era tarde, ni llorar se podía; la suerte estaba echada.
La vi morir lentamente. Me dolió la indiferencia con que esos hombres, cual fríos cirujanos, iban cercenado cada una de sus partes. Ellos no veían emerger de los escombros tanto recuerdo acumulado. Surgían, en torrentes, las viejas vivencias, como pidiendo a gritos que alguien las descifrase para el ser unívoco de la familia.
Ahora, cuando paso frente al lugar donde estuvo, me dan ganas de no mirar. Quiero creer que aún está allí, que no ha muerto. Duele ver sus airosas palmeras como único vestigio.
Pero allá parece estar esperando... He oído su llamado. ¿Acaso tú no hoy, tan lejos? Quiere sentir nuestras voces y compartir nuestros sueños; ver jugar a nuestros hijos y seguir con ellos escribiendo la historia cotidiana, quizá con las palabras fraternas de entonces.
Vamos, hermano, entremos... Todos aguardan y la mesa está servida.
LAS PALABRAS
Al extremo norte de la comuna de Conchalí, los abuelos gallegos instalaron su morada, allá por 1940. Era una antigua propiedad rural con gran casa de adobes, restos del añejo pasado de latifundios y opulencias, resabios de una clase que ganó y perdió su poder en el agro feudal. La hidra urbana devoraba las mejores tierras agrícolas del valle de Santiago.
Allí buscaron restituir parte del lar remoto: la vieja casa de piedra de Santa María de Vilaquinte, en Lugo, Galicia, noroeste de la península ibérica, país de rías y montes ubérrimos, madre mezquina con los miles de vástagos que arrojaba a remotas comarcas.
El campo, el clima y las características del minifundio chileno parecían muy propicios. Sin embargo, el abuelo Cándido no pudo ni quiso adaptarse... Esta no era la verde y rumorosa Galicia, aquí no estaban sus compañeros de interminables tertulias… Dejó que la melancolía clavara en él su garra crepuscular y se abandonó a una morriña más destructiva que la peor enfermedad.
La abuela Elena, con su fortaleza campesina, se entregó por completo a la nueva tierra y a la numerosa prole que engrosaba el árbol familiar. Ella era el alma lárica del terruño originario, la diosa hogareña que nos unía en tácita acogida, “…era la rama curvada por los nacimientos/ el rostro de la casa sentado en la cocina…”
Nació así Chacra El Olivo, amplia morada que nos recibía cada verano con sus enormes portones abiertos, invitación y promesa de largas y dichosas vacaciones, compartidas por una treintena de coléricos primos.
La niñez y la adolescencia encontraron su cauce turbulento en ese mundo de variadas incitaciones, donde la imaginación parecía fundirse en la cópula incesante de la naturaleza con su salvaje atractivo vibrando en la desnudez de nuevas experiencias.
En aquellas soleadas mañanas estivales, bajo la sombra irregular de las acacias del patio, se escuchaba el suave murmullo de las tías que hablaban en gallego, mientras bebían mate y poníanse de acuerdo para emprender las diarias tareas campesinas.
Las voces musicales, el argentino sonido de una lengua que no comprendíamos bien, las palabras moduladas con cálido acento; todo ello, sumado a una sensación de bienestar y excitante curiosidad, nos hacía querer y desear aquellos dulces vocablos. Las palabras se cargaban de numerosos significados, de aromas, de sabores, de imágenes, en elocuente correspondencia de significantes.
Yo tenía seis años de edad. Un buen día, Papá me entregó un poema de Rosalía de Castro para que lo recitara en el cumpleaños de la abuela Elena. No me costó memorizar sus versos armoniosos, que parecían deslizarse en mi cerebro como si gustara el sabor perfumado de los damascos del huerto...
“Prados, ríos, arboredas,
pinares que move o vento,
paxariños piadores,
casiña do meu contento.
Miña terra, miña terra,
Terra onde meu criéi,
Hortiña que queiro tanto,
Figueiriñas que prantei...”
Recuerdo la tarde del cumpleaños: los ojos de la abuela encendidos de lágrimas, Papá y los tíos emocionados, y la magia de las palabras creciendo en el fondo verde de los parrones; los sonidos que brotaban de mi voz insegura y monótona, pero que parecían tan bellos como las mejores vivencias infantiles.
Las palabras cobraban vida propia, sonaban ajenas a mí, como si una fuerza honda y arcana las hiciera libres y superiores a lo que nos rodeaba.
Durante muchos años, no hubo para mí otro idioma ni otras palabras que las gallegas para decir lo hermosos y recitarlo en las ocasiones solemnes. Y cuando volvía a escuchar de mis parientes el acariciante murmullo vocal, una excitación siempre nueva parecía envolverme y me proporcionaba una plenitud que pocas veces he vuelto a sentir con aquella intensidad pura y simple.
Cuando iniciaba las humanidades, Papá me regaló “Platero y Yo”, de Juan Ramón Jiménez. Entonces aprecié, por vez primera, la belleza de nuestro castellano, distinto del gallego, menos dulce quizá, pero más rotundo y altisonante; yo diría hoy, más grandioso y rico en inflexiones y significados; en suma, más trascendente. (Dios debe haber pronunciado sus primeras palabras en castellano).
Pero la evocación de esos años de la infancia, con aroma a heno, a boñiga fresca, a frutos generosos, está indisolublemente unida a la lengua incomparable de Galicia.
Hace unos meses, mi hermano Eugenio trajo desde España una bella grabación de los mejores poemas gallegos de Rosalía, cantados en forma magistral por Amancio Prada, con el acompañamiento melancólico y evocador de guitarra y violoncelo. Y volvió a renacer en mí la antigua emoción; volví a sentir aquel añorado murmullo bajo las acacias y las palabras recuperaron su sortilegio.
Acudió a mi memoria la afirmación de Juan Evangelista: “En el principio era el verbo”. Desde entonces, un solo y gran Poema ha venido construyéndose en todos los idiomas, en el juego infinito de las palabras.
LOS PRIMOS
Julio es alto y corpulento, de ojos muy azules -como los de Papá y Tía Naulina-. Es un agresivo mocetón que despliega su poderosa vitalidad para dominar al resto de los primos, incluso a Antonio, el mayor de todos, tímido e indeciso, pese a su recia contextura. Julio ejerce sobre los menores una particular fascinación, porque es simpático, agudo e irónico, ocurrente instigador de las mejores y más cáusticas fechorías.
(Llegamos temprano, el Domingo, mis padres y los ocho hermanos; unos en micro y los demás en el amplio taxi de “Tigre” Sorrel, el famoso alero derecho de Colo-Colo, cuya compañía constituye el mayor de los honores y un anticipo de lo que será el memorable partido de fúbol...)
Edmundito, usted se me pone al arco, y sin mariconadas ataje lo que venga; Sergio delante, de “lauchero” y sin comerse la pelota el huevón; Manolo atrás, en la defensa, que pase la pelota pero no el jugador, duro a las canillas carajo; Toñito, usted maneje el juego como sabe hacerlo; Mario y Eugenio adelante, y el primero que alegue, para afuera... El Penano y el Coipo no entran, son muy chicos y no quiero problemas con los viejos; Antonio, ponte al lado izquierdo, y si no te gusta no juegas... Listo cabritos, yo hago la media cancha con Toño; al toque mis leones, a pisarla...
(En la terraza, los mayores se entreveraban en reñidas competencias de “julepe” y “brisca rematada”, jugándose el excitante albur a los oros, las copas, los bastos y las espadas, mientras bebían grandes vasos de cerveza y las disputas eran un diapasón de risas, exclamaciones y protestas).
Los rivales en el fútbol son algunos trabajadores de la Chacra y amigos del barrio, con uno que otro primo incorporado a destiempo, como Jorge, airoso rebelde, ajeno a horarios e imposiciones.
Después del mediodía, el marcador verbal arroja una cuenta fabulosa: cuarenta y ocho a cuarenta y cinco... Se suspende la brega para almorzar en larga mesa ubicada bajo los parrones. Ahora, todo el encanto del día se concentra en la mesa; el aroma de los guisos españoles es incomparable; fiesta legre del pimentón, el ajo, la cebolla, el azafrán, los chorizos, el tocino, los garbanzos... El plato de fondo es la suculenta empanada gallega, en la que Tía Alicia prodiga su arte y su sapiencia. Los rostros se encienden, la salsa inunda las comisuras; Julio pide repetición varias veces y continúa comiendo luego que todos hemos terminado.
Sin el aconsejable descanso acometemos el segundo tiempo. Un entrevero en el área. Sergio se la lleva, disimuladamente, con la mano y anota el gol número sesenta y ocho. Airadas protestas y garabatos de los azules. Sergio afirma a legitimidad del tanto, pero Julio, en magnánimo arranque (vamos ganando por siete goles de diferencia), perdona el gol a los rivales. Sergio lo increpa, en uno de sus habituales arrebatos. Dos bofetadas de Julio y el moreno primo rueda por el suelo...
(Sergio fue siempre así: decidido, pendenciero y tozudo, con unas ansias de triunfo a toda costa. Hizo muchas cosas antes que sus coetáneos, como cuando se entusiasmó con Amelia, atractiva mujer madura que vivía cerca de las bodegas. A medianoche, el primo se escapaba por la ventana y ambos se reunían en la pieza de las monturas, entre los cueros y las pellizas, en medio de un olor grato que incitaba al contacto febril de los cuerpos. Nosotros, llenos de envidia y admiración, aguardábamos a que volviera para inquirir aquellos secretos nebulosos).
El partido continúa...setenta y seis a setenta y tres. Los ánimos están caldeados; llueven las patadas, menudean los roces y encontronazos. Jorge afina su puntería e iguala las cifras. Cunde el desconcierto en las filas de los rojos.
(Jorge era un adolescente turbulento y temerario. Delgado, alto y buenmozo, de rasgos morunos y viriles, hacía suspirar a las primas y amigas. De pronto, montaba un caballo “en pelo” y se lanzaba al galope por los potreros, unido con destreza a la cabalgadura, saltando cercas como una tromba. Nada parecía capaz de detenerlo, salvo la muerte prematura...)
Noventa y ocho a noventa y ocho, último gol gana... Son las siete y media de la tarde. La pelota, casi desinflada, apenas se ve. Jorge corre por un costado, elude a dos adversarios y enfrenta a Manolo en la zaga; dos fintas exactas, un amague y listo... El pelotazo me da en plena boca y me introduce con balón y todo, en el arco. La hinchazón de mis labios no tiene importancia. Lo trágico es haber perdido y quedarse, por lo menos una semana completa, con el estigma de la derrota.
Un grito fortísimo nos sobresalta. Julio está en el suelo, agarrándose un pie con ambas manos, revolcándose de dolor. Sergio se ha tomado desquite dejándole caer, sobre el pie izquierdo, una enorme piedra. El dedo chico es masa tumefacta. Los mayores acuden en tropel. Se busca a Sergio, pero el primo ya atraviesa el canal como un celaje y se pierde en los confines de la Chacra. Tía Alicia lo llama a gritos y su voz recorre el campo y vuelve en la impotencia del eco.
(La última “pichanga” del verano ha concluido. Pasarán varios meses antes que volvamos a reunirnos. Hay rumores de que Chacra El Olivo será vendida. Ya las poblaciones urbanas la cercan por los cuatro costados).
Entrada la noche, comenzamos a despedirnos junto al portón. Julio, con el pie vendado, pero sonriente, nos dice, con un dejo melancólico, que suena extraño en él: “Vuelvan pronto, serán largos los Domingos sin ustedes”...
Y fue el último partido en los patios bulliciosos de la casona de Conchalí.
SERGIO, MEU CURMÁN ¬
Mi primo-hermano Sergio crió desde muy temprano fama de trouleiro e lacazán... Fue niño inquieto, díscolo, travie¬so y pendenciero. Arribó a la adolescencia como potro cerril y turbulento, dispuesto a tragarse de una sentada los deleites del mundo, sin considerar para nada la oposición de los demás, incluidos parientes cercanos y remotos, amigos o rivales; tampoco la temible autoridad o la pretendida ascendencia de los mayores.
Moreno, de contextura delgada y fuerte, hizo gala de ánimo temerario. Era capaz de liarse a golpes con el más pintado, sin escatimar arrestos ni voluntad de acción... Muchos de nuestros amigos comunes y algunos parientes conocieron la certeza de sus rápidos puños...
El Negro, como le bautizamos desde pequeño en honor a su morenía, estaba muy bien dotado, virilmente hablando, por la madre natura. Esto nos permitió ganar algunas competencias donde se mezclaban la obscenidad y la coprolalia, mixtura sin duda galaica, corroborada por nutridos testimonios, literarios y de los otros. Si alguien lo duda, lea Mazurca para dos muertos, del paisano Cela...
Pródigo y enamorado, abusó de sus atributos y de un notable atractivo que excitaba a las féminas, desde las muy mozas hasta las bien maduras. Esto le acarreó indesmentible fama donjuanesca, la que constituyó, junto a su prestigio de eximio peleador, acervo de orgullos vitales.
El azar lo arrastraría con tentadores juegos, volcando su permanente ansiedad a esa incertidumbre, disociadora y dolorosa, del hallazgo súbito en brazos de Fortuna... Buscó la suerte en los caballos, en el naipe, en la veleidosa ruleta, en todos los sorteos y loterías. Sólo el dominó le devolvió parte de sus réditos; las sonoras fichas de nácar pocas veces le fueron esquivas, quizá porque en ellas había también un componente numérico que Sergio empleaba con maestría.
Sergio, meu curmán, fue juzgado con dureza por su tribu... Esto no debe extrañar, pues la gran familia no acepta que sus miembros disuenen, como no sea para triunfar y sobresalir dentro de cánones preestablecidos... La tribu tolera la diversidad, y aún la inteligencia que destaca, sólo como herramienta práctica para medrar en los acotados peldaños de su moral colectiva; jamás como ente crítico que ponga en peligro la estabilidad de sus códigos. Esta es una defensa de la especie, en tanto entidad formal y doméstica, preservación de suyo femenina y doméstica.
Sin pelos en la lengua, sin ambages ni eufemismos, el Negro se las cantaba claro a medio mundo, y fustigaba a la otra mitad con filosa ironía. En esto quizá fue el más gallego entre los treinta y tantos niños y adolescentes que compartimos los ámbitos de Chacra El Olivo, territorio mítico donde se mezclaban usos y costumbres de Chile y Argentina con las viejas raíces de la Galicia campesina.
Mi primo fue generoso -manirroto, según el léxico tribal- y repartió sus sencillos y cálidos dones sin escatimárselos a nadie. Gastó su vida como una moneda de cambio: la dejó rodar por todos los caminos. Aguantó en silencio múltiples sacudidas de una azarosa existencia, cuyos riesgos buscara de modo inconsciente y continuo, y sólo fue doblegado por la última de aquellas, por el artero y derradeiro golpe que se abatió sobre él, la mañana del Viernes Santo de 1996, silenciando para siempre su enamorado corazón.
MADRE
Una queja leve que parece requiebro de amor y luego se hace lento grito desgarrado...
Si escuchas bien, lo sabrás: es mi madre que ha parido su segundo hijo bajo el techo protector de la casa.
Ante fue Toño, el primogénito, hace dieciocho meses y ocho días, y también los muros recibieron los quejidos de Mamá y el primer llanto del recién nacido hizo vibrar los cuartos con su presagio sonoro.
Sí, esta es la casa que nos marcó: grande y sólida por fuera; débil en su interior de adobes y rincones agrietados, extensa y enorme de secretos y signos que fuimos perdiendo en ciego crecimiento, en el paso de una edad que nos lanzó demasiado pronto a la verde nostalgia de lo remoto.
Veinte meses después, Carmenche abría sus negros ojos en la misma habitación, como si los brazos de la morada así lo hubiesen dispuesto en acuerdo inmemorial.
Madre era el rumor fecundo que brotaba de la tierra con su hálito turbador y, al caer la noche, extendía su murmullo y moldeaba promesas en la cálida greda de la procreación.
Y vinieron mis otros hermanos, en rápido y seguro arribo: Eugenio, Mario, Juan Luis, Fernando y Beatriz, hasta completar la prole de los ocho, cada uno con sus apremios de espacio y necesidad, entregados al abrigo inquebrantable de su regazo.
Más que verla, sentíamos su presencia recorrer los cuartos, realizando en ellos los ritos cotidianos, esa interminable suma de pequeños actos que mantenían el fuego familiar y aventaban la rutina precipitada en el polvo de los años.
El prodigio mayor era la diaria comida de tantos, multiplicación de los panes que se repetía desde sus manos blancas, lluvia que no cesó ni en los tiempos difíciles, cuando su fuerza de espíritu permitió arrostrar los malos vientos que se abatieron sobre la casa.
Eras eso, Madre; algo inefable que se consubstanciaba con el ser de la casa, un rostro en la ventana aguardando nuestro regreso del colegio, de la universidad, de los paseos y fiestas, del trabajo y de los viajes, para recibirnos siempre dispuesta; Madre-Casa que ofrecía sus ámbitos a los hijos en permanente retorno.
Tu voz se elevaba, clara y segura, en la mesa familiar, sea para dirimir disputas, aconsejar o dar órdenes, según fuese necesario. Pero en la lectura las palabras parecían transformarse en tus precisas modulaciones vocales, llamándonos a los primeros asombros del conocimiento. Padre experimentaba un orgullo muy especial cuando ponía en tus manos aquellos libros abiertos y leías el trozo destinado al Domingo, repartiendo esa abundancia de las palabras que ha resultado más fecunda que otras riquezas esquivas y, sin duda, menos trascendentes.
Madre, siento tus raíces que nos ligan al agua y a la madera, al tiempo y a la espera, al fruto y al amor, a todo lo inasible que pronunciamos al decir regreso.
PADRE
En medio de nuestro cuarto, casi tocando el cielo, está él mirándome sonriente. Qué alto y hermoso parece cuando me habla... (Su voz de extranjero acento inauguraba entonces un permanente espacio de lejanía y añoranza).
-¿Te gusta el auto?
-Sí, papá...
(El auto verde, reluciente, con dos asientos, para Toño y yo. Ese primer olor de pintura fresca estableció su código en mí, y su cadena de interminables asociaciones, a partir de aquella imagen de los dos años).
Su mano grande y pesada sobre mi cabeza; seguridad mezclada con un oscuro temor. Él huele fuerte, como las colchas que abuela Elena teje en la casa de Chacra El Olivo, oficio aprendido en Galicia que recrea con notable maestría.
Padre se apodera de la casa, de las habitaciones que recorre como un tren de lento itinerario. Deja en las cosas algo semejante a sus gestos poderosos, y las paredes van impregnándose de sus pasos que la noche devuelve, mitigados, en el crujido irregular de las tablas, en mil sonidos inexplicables que son su eco nocturno.
Cuando todos se sumen en el sueño, él entra en mi pieza, se para junto a mí, arregla mis ropas y vuelve a sonreír. Yo estiro mi mano temblorosa para tocar sus piernas, pero ella sólo atraviesa un espacio de pronto vacío. Abro de nuevo los ojos, y no hay nadie en la blanquecina luz que se escurre por las cortinas. De mañana sí que él se hace tangible; sobre todo los sábados, cuando su voz nos despierta, plena de afanes y vitalidad, para derramarse sobre el jardín, el huerto, el gallinero; lugares donde también permanece la huella de su pasar vigoroso.
Pero su misterio y el de la casa confluyen en el salón, que huele a géneros viejos, a flores secas, a barniz y cuero; en la biblioteca que va creciendo desde sus manos, cada día, con nuevos libros que agrega a los estantes colmados. Allí nace un aroma que se parece al suyo, aunque más seco y frío; perfume que brota de las páginas y se expande en el calor del almuerzo dominical, cuando él entrega a mi madre un libro abierto para que ella lea un trozo con su voz suave y segura.
Luego pregunta que nos ha parecido, e intercambia opiniones con los mayores, satisfecho de iniciar así una comida más suculenta, de abrir un apetito que se nos hará hambre y urgencia.
También de noche se abren los libros, pero sólo para él y Mamá; especialmente esos de tapa de cuero rojizo, papel delgado y letra minúscula que se leen- al parecer- a partir de los dedos que acarician las hojas con fruición.
El fin de semana es la cacería, fiesta que se inicia el viernes, con intensos preparativos y el alboroto alegre de Tani, la esbelta perdiguera. Los morrales despiden olor a pólvora, a pasto seco, a plumas de pájaro herido.
Caminamos kilómetros y kilómetros a campo traviesa, tras sus largas zancadas que interrumpe sólo para apuntar la escopeta con certera precisión.
(Qué extraño poder ése que trunca el vuelo de la vida).
Sus ojos escrutan el campo con indefinible tristeza, como si buscaran otros paisajes, irremediablemente lejanos. Es el momento de hacer un alto para comer y escanciar el vino que brota, como hilo de sangre, de la áspera bota española.
Habla poco. Es más gestos y actitudes que palabras. Sólo parece animarse en medio del grupo de compañeros, donde su fortaleza concita siempre la admiración de los otros. Surgen sus chistes oportunos, y se le ve reír como un oasis en el páramo de la nostalgia.
(Mi padre era un bello paisaje distante que yo hubiera querido descifrar, pero jamás pude superar una sensación de miedo físico ante él, temor que quizá yo asociaba, inconscientemente, a la amenaza de la muerte; quizá por eso lo he buscado en las voces memoriosas de la Casa, en repetidos viajes a los confines…).
¿En qué momento, cuándo empezamos a conocernos?
Creo que fue durante la enfermedad... Yo volvía de mi trabajo y me sentaba al borde de tu cama, después de besar tu ancha calva (donde hasta hoy debemos empinarnos para depositar nuestro beso de saludo). Iniciaste un largo relato – apenas interrumpido por mis ávidas preguntas- acerca de la Guerra Civil Española, de aquellos sueños de libertad que comenzaron su ocaso en julio del 36, momento aciago en que parecieron frustrarse las ilusiones de otro pueblo que buscaba su rostro en la democracia.
Creí comprender esas noticias radiales que habíamos escuchado cuando regresabas por las noches, en los años de la posguerra; sucesos que se mezclaban con campañas electorales chilenas, el Frente Popular, y todo ese trajín batallador que fue esencial para las generaciones forjadas en el inequívoco estilo de una convivencia democrática.
Y, de súbito, se me hacia necesario rescatarte, volver en la memoria retornando tus pasos, pidiéndole a la casa que restituyera, del nebuloso universo de sus habitaciones, todo lo que yo había extraviado de ti en esos largo años en que fuimos casi ajenos.
Me lancé a los libros, a repasar lo que tus ojos habían mirado y, sin duda, algo resurgió para completarte en el hoy que entrega tu voz como si la hubiese escuchado desde el principio del mundo.
Eras joven otra vez; salías de tu Galicia rumorosa con doce brevísimos años, para iniciar tu ciclo de emigrante que concluyó en nuestra casa de aquí, hecha pródigo ser en tu árbol patriarcal.
Hiciste desfilar parte de tus sueños y esperanzas, mientras los velos de un misterio que me hería de ausencias aclaraban ciertos ámbitos que, a su tiempo, esparcían sombras indescifrables sobre otros, relegando, en la repetición de un espejo gigantesco, lo que no nos será dado conocer jamás.
Desde entonces presides una mesa donde hay diez copas colmadas y una sonrisa que me retorna al primer regalo de la infancia.
TOÑO
¿Te acuerdas, Toño?
Perseguíamos al pavo... Abría su cola, como enorme abanico blanco y negro. Lo molestamos tanto que voló sobre la tapia, mientras tú le lanzabas piedras con escasa puntería.
Es la primera imagen que recuerdo de nuestra niñez. Era la casa de “Siglo XX”, cerca del cerro San Cristóbal. Y nos reprendieron por lo del pavo, pero tú reías, esbozabas por primera vez esa sonrisa socarrona que se fue acentuando con los años; la misma que luces ahora cuando hablas de política o de cualquier cosa.
Yo escuchaba decir a diario: Toño es inteligente, es aplicado; puros sietes saca Toñito, el primero del curso... La señora Eduvigis, la directora, estaba maravillada contigo. Desde que entraste al colegio fue siempre así, el “mateo” de la casa, el niño prodigio. Y lo aprovechabas bien... Cuando Papá nos distribuía las primeras tareas: el riego del jardín, alimentar a las gallinas, dar agua a los perros; entonces, tú tenías que estudiar, preparabas con celo los deberes para el día siguiente y no podías dedicarte a pequeños menesteres domésticos.
Cuando se afirma ya un modo de andar característico, qué bien te calzó ese caminar cansino, acompasado, con movimiento de brazos largo, casi petulante. Este niño es igual al padre, decían los parientes. Y aunque Papá se alegraba en el fondo con el parecido, no lo admitía de buenas a primeras; “Tonterías, yo no camino como este ganso”.
Me pegabas a veces; no muy a menudo, pero lo suficiente para afirmar tu superioridad. Y yo pensaba: cuándo seré grande para darte una paliza. Por desgracia, cuando crecí, se esfumaron los deseos de pegarte.
Chacra El Olivo, tardes de sol, días ardientes en los que el aroma a heno se mezclaba con el de las flores, con el olor picante de la boñiga fresca del establo. Nuestras risas llenaban el aire con la alegría indócil y despreocupada de la infancia.
También te distinguías entre los primos; eras hábil con la pelota en los pies. Jugabas al fútbol como argentino y te entendías de maravillas con los mayores. En el tablero de ajedrez, niño eficiente y despierto. A pesar de tus breves años, todos te mirábamos con respeto.
Y eras jodido, Toñito... ¿Te acuerdas de la bomba?
Tía Ivonne había pasado los peores momentos del ataque alemán a Holanda. Embarazada, debía correr hacia los refugios subterráneos en medio del estruendo ensordecedor de las bombas nazis que se estrellaban contra el suelo dolorido de Amsterdam.
Era la noche de año nuevo, y celebrábamos el cumpleaños de Mamá. Nos habían prohibido los fuegos artificiales, pues alteraban a la tía holandesa.
Poco antes de la medianoche, cuando los comensales alzaban las copas brindando por Mamá, la bomba estalló bajo el ventanal del comedor. Tía Invonne lanzó un grito angustiado, mientras brotaba atropelladamente de su boca un cúmulo de imprecaciones en holandés, matizadas con algunos garabatos chilenos...
Papá salió furioso del comedor, correa en mano. Pero Toño no estaba; había desaparecido con el mismo sigilo con que consumó el atentado, con el mismo calculado silencio. Y yo recibí los correazos, violentos, firmes y continuados sobre las piernas. Vanas explicaciones, fallidas excusas. El primogénito había hecho la gracia de fin de año y volvía a quedar impune.
¿Te acuerdas de los campeonatos de atletismo?... Qué bien lo organizabas. Conocías los nombres de los atletas, los récords, los pesos, las medidas...enciclopedia deportiva. Cómo nos esforzábamos, con qué dedicación, con qué constancia y seriedad el grupo de parientes y amigos participaba y competía.
Las empleadas te encontraban buenmozo; tan atractivo el jovencito. A los catorce años eras un mocetón. Bellanira te llevaba el desayuno de madrugada, en enaguas, sin sostenes, con los enormes senos cimbrándose como jaleas. Mamá la sorprendió y la echó de la casa. Una enorme injusticia, ¿verdad...?
Concurrías a las primeras fiestas, acicalado, pelucón, perfumadito el niño. Este se cree pije, decía Papá, y te amenazaba: Toño, si no te cortas el pelo hoy, te lo corto mañana con la tijera de podar. Pero eran sólo amenazas, vanas amenazas.
Los perros te desconocían por las noches. Sil, el viejo guardián, te cargó varias veces y te mordió las nalgas en una ocasión. Perro de mierda... No, el perro no tenía la culpa; es que esa pinta tuya no cuadró nunca con el resto de la casa ni con la familia.
Olías diferente y a Sil parece que no le gustó nunca el perfume Lancaster, tampoco el Flaño.
Para Navidad..., ¿Te acuerdas?
Disimuladamente deslizaste un petardo encendido en la chaqueta de Manolo. Las “viejas” y petardos que atiborraban su bolsillo ardieron, reventando con estrépito. Parecía un volador el primo. como corría tratando de librarse de su propio fuego de artificio.
A los requerimientos de los mayores contestaste con una calma asombrosa: Unos niños lanzaron una “vieja” desde la calle y cayó justo en el bolsillo de Manolo...
Era inverosímil, pero viniendo de ti parecía creíble. Se la tragaron. Como tantas veces, tu rostro impasible los convenció.
Hermano, la vida parece ser, en gran parte, quizá toda, recuerdos, recopilación de imágenes. Tendrás otras remembranzas más nítidas, más reales o más gratas, como tus amores o tus sueños de niño. Sólo he querido reflejar algo de lo que has sido para mí, o para todos nosotros, desde tu lugar destacado en la casa.
Y es curioso, pero con el transcurrir del tiempo nuestro deseo febril de crecer (te afeitabas antes de tener bozo) se ha convertido en melancólico anhelo de rescatar la niñez perdida, pero no olvidada, desde los arcanos de la memoria.
Toño, no te apures, la profesora volverá a ponerte nota siete.
HERMANO
Hermano,
el tiempo es un balón de fútbol con olor a cuero,
gritos de júbilo en tardes interminables
ávidas de fantásticos guarismos
y respiraciones entrecortadas
en esos coléricos aprontes de amor impreciso…
Hermano,
nadie nos advirtió que nos haríamos viejos,
ninguno tuvo la prudencia de alertarnos
para que no corriéramos desbocados
sobre el río inquieto de los días
Hermano,
hablamos tú y yo, hace mucho,
en largas misivas fraternales,
aquellas palabras que callamos en la infancia,
aquellos silencios que reventaron, indóciles,
en fuegos de pasión y pirotecnia
Hermano,
yo me quedo hoy con tu nombre atesorado,
con tu apodo juvenil,
onomatopeya dulce y vibrante de la niñez,
cuando abrías para todos la ancha puerta
en el País de Nunca Jamás
y nos convocabas al juego,
airoso Capitán de todas las aventuras…
CARMENCHE Y LOS AMIGOS
Desde aquí percibimos la sonora palmada. Miramos por la rendija del postigo. En el sillón del escritorio está sentada Carmenche; a su lado, de rodillas, Oliverio se soba la cara y solloza, suplica, gesticula como un trágico en el acto final... “Si no me das el sí, me suicido...” Carmenche se levanta, imperturbable, y abandona la estancia, tenuemente iluminada por el crepúsculo.
- Oliverio, vamos, es la revancha contra los del emporio “San Francisco”.
Seis por lado, comienza la pichanga, ahora sí muchachos. Oliverio juega el partido de su vida; ágil, pequeño, incisivo, se transforma en la pesadilla de la defensa rival. Ganamos por goleada. A las once de la noche nos sentamos a beber cerveza. Después de la cuarta botella, el Chico da muestras de cansancio y depresiva borrachera. Llueven sobre él las bromas mordaces, en medio de las risas.
De qué te ríes, mierda..., grita Oliverio, y lanza un puñetazo que roza la nariz del guatón Valverde. Éste no se inmuta; calmadamente, agarra el brazo izquierdo del Chico y comienza a retorcérselo. Un alarido se confunde con el “crac” del hueso. “Me muero, me muero, mi bracito”... Oliverio llora con más sentimiento que ante el desprecio de Carmenche. -“Llévenme a la posta, por favor”.
El suicidio se posterga para otra ocasión.
Carmenche sonríe, protectora y maternal, en la puerta del comedor, y ofrece al chico un vaso de granadina que le sabe a bálsamo de Fierabrás.
El guatón Valverde es lanzador de martillo. Pesa más de ciento veinte kilos, dobla monedas con los dedos, y cuenta los peores chistes del mundo; pero su risa es contagiosa y hace el efecto del mejor humorismo. En el reciente campeonato casero batió el récord de las competencias; el martillo voló a una altura de diez metros, rebasó el límite de la quinta y cayó estruendosamente en el gallinero de la vecina. Resultado: doce planchas de pizarreño destruidas, una gallina castellana muerta y catorce pollos descalabrados.
(Un mes sin deporte. Mamá no entendía el espíritu olímpico).
Piolín, el chambón de la cancha- débil y torpe- es el terror de las canillas rivales. Pero, en la mesa, su habilidad y destreza para engullir son extraordinarias, unidas a un olfato que le permite detectar asados, empanadas, tortillas y toda clase de exquisiteces a cinco kilómetros de distancia. Piolín ha visitado a todos los parientes de los parientes de los amigos de los amigos de la casa, incluyendo parcelas, balnearios, refugios montañeses y hasta albergues de reposo. También se prendó de Carmenche, con resultados negativos, pero sin drama, porque luego del segundo vaso de vino, el color volvía a su cara y retornaba el optimismo a sus gestos condescendientes.
Germán es uno de mis amigos predilectos. Muestra especial sensibilidad por la música y la literatura. Interpreta al piano canciones románticas. No es apuesto, y las mujeres lo encuentran muy serio; las cohíbe su mirada develadora… Germán se ha enamorado de Carmenche, y sufre... Declárese compadre, no le queda otra, a lo mejor le resulta… Yo no puedo anticiparle nada; mi hermanita es un enigma y, si no, pregúntele a Oliverio.
Carmenche reitera su negativa, pero nunca rotunda, y los galanes piensan en una remota posibilidad que les hace volver a intentarlo. (Será el juego con el misterio, que llaman coquetería…)
El dolor de Germán es algo que me toca por primera vez, cargado de silencioso patetismo; pena que pudiera ser mía, casi tangible. Por las noches, conversamos, con la ventana del dormitorio abierta hacia la quinta. El níspero está cargado de brillantes frutos y las hojas tienen un tono lustroso que resulta agresivo. Nuestras voces se unen en coloquio que tendrá, por mucho tiempo, cálido contrapunto fraterno. Sí, la amistad es una forma del amor, quizá una de las más difíciles de enriquecer.
Pepe nos invitaba a las cacerías. Era diestro y fuerte, manejaba la escopeta como tirador profesional. Las armas no tenían secretos para él... Una mañana, caminando tras las esquivas tórtolas, encontramos una culebra que yacía sobre un peñasco cubierto de musgo.
Pepe cogió el arma por los cañones, en acto de insensata temeridad, e hizo amago de pegarle un culatazo. Los percutores, en extremo sensibles, funcionaron. Los dos tiros, en unísona y horrenda explosión, le destrozaron el pecho. Alzó sus claros ojos para balbucir: “Me maté, amigo...”
Ahí estuvo la muerte por primera vez, mirándome desde lo próximo. Ya no era el fantasma libresco y ajeno, el fin de los viejos y de los enfermos graves, sino el golpe artero de un azar que se confundía con el absurdo. Un silencio se tiñe de oscuros sueños y se hace la pregunta sellada.
En esos días, Abelardo se nos fue a Australia persiguiendo “El Dorado” de la época. Cinco años y vuelvo millonario, cabritos...Todas las mujeres son candidatas para el impetuoso aventurero. Advierte a Eliana, la empleada de casa, que la visitará esa noche. Ella es campesina, joven y fuerte, virtuosa como “cristiana vieja”. Abelardo tiene que derribar la tranca de la puerta; luchan, y vuelcan el velador y la lámpara. El estrépito despierta a Papá, quien imagina un robo con asalto. Se dirige a la pieza, premunido de linterna y revólver. El frustrado amador aparece en el umbral, con la chaqueta del pijama abierta y los restos de la batalla perdida.
Carmenche lo encontraba simpático, pero fresco y patudo… En cambio, Lalo Arriagada, con un copete a lo James Dean, parecía trastornarla…. Las chiquillas del grupo se enloquecen. Carmenche suspira y sus negros ojos adquieren el tono soñador de Penélope. Pero Lalo no es Ulises de Troya; no sería capaz ni de tensar un arco de juguete. Nos tomamos el desquite después de ardoroso partido. Al baño grande, muchachos... Lalo se debate en la tina, patea, escupe, muerde, insulta, vocifera, llora. Nada lo libra de la peladilla con pasta de zapatos y ají de color. Los calzoncillos son quemados como trofeo maldito… Me las pagarán, maricones, van a ver...
Carmenche nos cobra la subida cuenta. Durante dos semanas el almuerzo no tiene sal ni aliños de ninguna especie; pero el galán se esfuma como un mal recuerdo aventado por el olvido.
Aurelio es el pretendiente con menos posibilidades. Grandote, desgarbado y torpe, parece pavo cuando baila o corre por la cancha. Pero su constancia es notable; no ceja, insiste, escribe cartas siúticas que copia del “Correo del Amor”. En el cumpleaños de Carmenche irrumpe en medio de la fiesta, se aproxima con aire de triunfo y entrega su regalo: es un hermoso reloj de oro que reluce entre los perfumes y obsequios menores. Mamá interviene: “No joven, estos regalos son comprometedores, no, no puede ser...” Aurelio desaparece, sintiendo en cada paso indeciso, como una tortura, el tiempo del reloj que ha vuelto a sus manos temblorosas.
Es tan ingenuo –dice Carmenche- qué lástima… Nosotros estamos convencidos de que es un perfecto huevón.
Los hermanos Quiñónez no son propiamente amigos, aunque compartimos buenos momentos: competencias, “comisiones” de volantines donde nos llevan la delantera. Son maestros en el uso de artimañanas y toda clase de trampas. Cinco muchachos hoscos y provocadores, capaces de trenzarse a cuchillada limpia, si es necesario. Atilio, el campesino que nos ayuda en las faenas de la quinta, me despierta cerca de la madrugada: “Oiga, mire, tenemos veintiséis huevos de ganso podridos... Qué tal si hacemos sonar a los Quiñónez”. Es una noche calurosa, los hermanos duermen con el tragaluz de la ventana abierta. Sentados sobre la tapia, lanzamos a lo menos una docena de huevos, que revientan como petardos. Gritos, palabrotas, maldiciones. Es la carrera más excitante de mi vida; digna venganza… Atilio ha estado a la altura de Manuel Rodríguez.
-Los Quiñónez si que jamás... Son tan hediondos como antipáticos– dice Carmenche.
Todos los días la casa recibe a numerosos amigos; ella ofrece entretenciones, aventuras y desafíos. Es una fuerte atracción que ejerce su influjo también en los parientes. Mis primos se incorporan al grupo, integrándose a las actividades y al amor que nace entre blues y el intrépido rock. Las letras de los boleros saben a poesía: “No habrá una barrera en el mundo que mi amor profundo no rompa por ti”.
Carmenche se mimetiza bien con la casa, adquiere su aire misterioso y entorna los ojos como las ventanas del salón al atardecer. Oliverio, el guatón Valverde, Abelardo, Lalo, Aurelio y Piolín, se han mirado en esos cristales oscuros buscando ver más allá, como si la esperanza aguardara en formas femeninas. Lucho Gatica canta el último bolero en el salón: “Sabrá Dios, si tú me quieres o me engañas”. Carmenche cierra los postigos, apaga el tocadiscos, y los invitados se alejan por el camino de pastelones...
IDILIOS
Con el amor
hay que morir a solas
Roque Esteban Scarpa
La prima Berenice peinaba su trenza, entre las nueve y las diez; pasaba un peine de hueso, ancho como una mano, desde la cabeza hasta la cintura, a lo largo de sus finos cabellos negros, para iniciar luego la paciente urdimbre, mientras se miraba al espejo, lánguidos los ojos color de miel, leve la sonrisa en el morbo de la primera edad amatoria. La prima era blanca, delgada, de labios encarnados y ademanes parsimoniosos. Llegó a la casa, con la gastada razón de las vacaciones, y se quedó un mes entre nosotros. Tenía trece años y yo catorce. Tal vez todo lo demás huelgue, pero es necesario evocarla, porque con su arribo coincidió el descubrimiento de mí mismo, proyección afirmativa del yo entre su sonrisa velada y una fuerza nueva que hacía sentir su convocatoria.
Berenice inundó la casa con su pasar felino y aromático; olía a limón, a sudor joven, a hojas de naranjo y albahaca. No más verla, y me sentía lleno de temor, me temblaban las piernas y mi voz se recogía como tímida tortuga en su caparazón. Y qué cosa le habría dicho, qué poemas y canciones hubiera prodigado a su imagen para aprehender sus ojos húmedos.
Berenice se acercó una tarde, cuando ya se me hacía herida su anhelo. Resonaban los compases de un blue en el salón; ella alargó su mano hacia mí... “¡Toma, cógelo” y extendió un pequeño cordel. Antes que yo respondiera, mordió una punta y puso la otra entre mis labios. “Cómelo” me dijo, y fue engulléndolo, lentamente, mientras yo hacía lo propio, torpe y temeroso. En un punto, nuestros labios se tocaron. Aquel beso fugaz marcaría el clímax del primer amor. Berenice sonrió, excitada: “Ahora estamos comprometidos para siempre” susurró. En el nuevo lenguaje que brotaba del entorno, la vida me impelía a reinventar sus goces.
La amistad de Berenice y Tía Rebeca fue instantánea. Apenas la vieja se percató de ella, en uno de sus escasos momentos de lucidez, la llamó, integrándola al mundo misterioso de su pieza. Berenice subía las escaleras, todas las tardes, permaneciendo horas en la habitación, vedada para nosotros. A veces, percibíamos risas sofocadas, exclamaciones nerviosas, cuchicheos que indicaban una extraña complicidad.
La prima fue iniciada por la vieja solterona en los juegos de la quiromancia. A la hora de once llegaba a la mesa con un mazo de cartas, y extendía ante nosotros el tembloroso albur del futuro. –Tú- me dijo- tendrás amores tormentosos, encontrarás una paz efímera en los libros. (Le hubiera gritado: sólo a ti amaré, Berenice; pero frente a ella mis palabras se esfumaron).
A Pepe García le vaticinó: “Sufrirás un accidente funesto; hay un trazo rojo, irregular, que corta la línea de tu vida”. Los amigos nos miramos perplejos; después de todo, era un simple pasatiempo... Continuó la serie de augurios, para terminar con la pequeña Beatriz, que la miraba con el verde azoramiento de sus ojos infantiles: “Darás a luz hijos bellísimos, y el amor llevará a tu casa su abundancia”. (Mi hermana no comprendió, pero sus gestos reflejaron la sugestión que Berenice ejercía en torno suyo).
Hermanos, primos y amigos la seguían, demandándole los inquietantes signos del destino. La miraban con arrobamiento y deseo; yo, suspicaz enamorado, repelía sus acosos; Berenice los ignoraba y, de cuando en cuando, detenía en mí el brillo de su mirada; durante la sobremesa, tocaba mi mano fugazmente o rozaba mis rodillas bajo la mesa.
Cuando Ifigenia, su tutora, se enteró del romance, mandó buscar a la prima, inmediatamente, qué se creerá ese mocoso botado a poeta, en cuarto año de humanidades y con un tres coma cinco de promedio de notas; habrase visto tamaño atrevimiento...
Luego de la partida de Berenice, Tía Rebeca pasó largos meses encerrada en su cuarto, ajena al mundo exterior, soportando la última ausencia de sus años infelices.
Cerramos las hojas de aquel verano, y nunca más la vi. Supe de cartas suyas y mías que no recibimos; conocí fallidos intentos por encontrarnos en fiestas y reuniones familiares; Berenice era un sueño inaugural del amor, asociado a la ternura, a la albahaca, a los labios frutales del estío...
Marcela vino un año después, sin el candor mágico de Berenice, con su belleza altanera. Era amiga de Carmenche. Alta, bien torneadas las piernas y ojos de intenso azul, sonrisa de geisha, pequeñas manos blancas que agitaba con prisa de novia inquieta. Me enseñó a bailar rock, blue y tango; se reía de mi torpeza y no tuvo escrúpulos para decirme: “Pareces un hipopótamo bailando ballet”. A partir de ese juicio lapidario rehuí los bailes y en las fiestas me acercaba a los viejos para conversar sobre política, historia o literatura, envueltos en el calor espirituoso del vino.
En aquellas reuniones conocí a don Astolfo, hábil conversador y consejero oportuno de “lecturas imprescindibles”. Nos sumíamos en largos diálogos en los que yo metía baza con la desfachatez de la ignorancia. El viejo observaba admirativo a Marcela, instándome acompañarla: “Vete, hombre, no te pierdas lo mejor de la vida; aprende a gustar cuando ellas tienen de hospitalario”.
Yo sentía que amaba a Marcela, con cierta indefinible nostalgia, sensación de pérdida anticipada que clavaría en mí el rasgo de la precariedad. Mis primeros balbuceos poéticos fueron para ella, tímidos y sobrecargados de romanticismo becqueriano. Marcela jamás se deslumbró. Sonreía indulgente, mientras pasaba con rapidez sus ojos azules por las cuartillas. Me miraba luego, despectiva, diciéndome: “Eres un loco, ¿por qué no pruebas con la música?; es tan hermoso tocar un instrumento.”.
Luché por extraer el antiguo piano que tocaban mi madre y Tío Adolfo algunas sencillas melodías. En vano; ni oídos ni manos me acompañaron en el estéril intento. Entonces, surgió el pianista. Invitado por uno de nuestros primos, llegó a casa con su prestigio de ingeniero recién titulado y sus interpretaciones de “Melodía Inmortal”. Las muchachas se perturbaron, y cada una soñó con Pierre, sintiéndose arrebatada a sus brazos en los acordes que difundía la pasión juvenil por las notas tremolantes. Pero el pianista sólo tuvo ojos para Marcela. La miró fijamente, dedicándole las cinco piezas que dominaba a la perfección. Era amor a primera vista y ella no tuvo tiempo ni siquiera para notificarme el término de nuestro idilio.
De súbito, todo pareció derrumbarse en derredor... La casa se volvió gris y adusta, al tiempo que la soledad asumía el rostro de una mujer. Yo miraba a Marcela, grabando cada una de sus señales, memorizándolas, para hacerlas renacer en el refugio nocturno de mis ensoñaciones, donde podía abrazarla hasta agotar mi tristeza... Aspiraba su aroma en medio de la noche; aquel perfume quedaría unido al fulgor de los ojos azules.
Planeé una inmediata venganza. Me vi golpeando al pianista delante de los amigos; lo imaginé pidiéndome clemencia, de rodillas en las baldosas del porche; en el mismo sitio donde aprendí a besar la pequeña y esquiva boca de Marcela.
Una tarde de sábado le vi venir, alto y enjuto. Me planté frente a él, desafiándole con la mirada. Sonrió, alargándome su mano resuelta: “Hola, poeta de la palabra, este poeta de la música te saluda”. Aquella doble y pretenciosa salutación me desarmó por completo. Estreché su diestra, lo palmoteé, obsequioso, y desde ese momento fui uno de los suyos, a pesar de Marcela... El hosco resentimiento amoroso se difuminó en mis prematuros versos y en los conciliatorios acentos que Pierre extraía del piano.
Las evocaciones de Berenice y Marcela renacerían al correr de los años, para renovar el misterio que todo idilio lleva en sí, cuando nos buscamos en el espacio inasible del otro. Los enigmas del alma femenina asumirían sus bellos rostros desde las sombras del pretérito.
EL OTRO AMOR
Bajo las anchas alas del nogal he acariciado el primer pubis... Mi mano tiembla bajo aquel sol húmedo. Rosa sonríe, encendida por el deseo, ajena a mi torpe azoramiento. (La abundante retórica del espíritu, con su sacralización del alma y condena del cuerpo, que recibimos de la añeja escolástica, no lograba desmentir aquella avasalladora animalidad).
El calor de la tarde hace reverberar las hojas. Tigre, el perdiguero, observa como mudo testigo; su roja lengua acezante también es imagen lúbrica de los primeros asedios del instinto.
Todo en rededor sufre una transformación, pero las sensaciones olfativas son en mí las más acentuadas. Una multitud de olores distintos se conjugan en uno solo: embriaguez turbadora, salobre y espesa como un extraño mar. Al anochecer, la casa despide un olor tibio, respiración donde confluyen los alientos de todos, efluvios que se mezclan y funden para acariciar al que vuelve, con su rumor sutil ahora develado.
Las formas de tornan tersas y suaves, y en nada se parecen a lo dicho en los libros; la imaginación resulta un pobre sucedáneo de la realidad incitante de los cuerpos. De súbito, todo lo ajeno a ese morbo inflamado parece ausente de interés, fútil y muerto. La vida abre su cauce torrentoso a los derechos naturales del amor, mientras la carne impone al alma sus ancestrales prerrogativas.
Y ahora la casa asume su complicidad, se llena de rincones secretos, huecos que esconden roces subrepticios, abrazos fugaces, encuentros de bocas tras una puerta entornada, manos que hurgan lugares recónditos de los cuerpos que son como vértices ocultos de la propia casa, hecha ahora mujer anhelante.
Rosa ha pasado, como tantos seres y cosas, pero ella vuelve, porque inauguró un pasmo que corre a parejas con la vida, ventana que se abre una y mil veces para coger el mismo llamado sensual, adivinándose en manos, ojos, cabellos, hombros, pies desnudos, risas cargadas de lubricidad, voces que son invitación, en el murmullo perenne de lo erótico.
Y entonces surgen las palabras: rosa y nogal y perdiguero y primavera, y la casa las recoge, las graba para entregarlas en el instante escogido desde el principio de los tiempos, para evocar y sellar lo que se ha prometido a los ardores juveniles.
Entro en la casa, herido de soledad, y busco a Rosa por las habitaciones, golpeo los muros, abro puertas y llamo. La casa calla, impávida, y guarda sus arcanos como novia fiel y paciente. El nogal ha caído este verano, bajo el peso del follaje excesivo, como amor cargado de frutos que perece en su fertilidad. Las raíces yacen al sol, venas desgajadas de la sangre terrestre. Las ventanas de la casa miran esa muerte que se refleja en sus vidrios oscurecidos. Me vuelvo en un reclamo postrero y entonces veo, tras la galería, el rostro de Rosa que sonríe y se difumina en las manos del ocaso estival.
EL ABUELO
En pos de sueños que se hicieran realidad y realidades que se hermanaran con los sueños, escuchábamos los relatos del Abuelo y aprendíamos mucho de sus pensamientos y de las ideas que venían acumulándose en su mente, herencia de innumerables generaciones, para acceder a esa sabiduría que sólo el andar del tiempo parece capaz de plasmar en algunos hombres. Y tal vez esa búsqueda ansiosa transformó al Abuelo en personaje de ficción y perdimos su rastro en el opaco mundo real.
Mi amigo Germán- que venía de Ovalle y pasaba algunos días del verano en nuestra casa- y yo, esperábamos a que el sol se descolgara tras los cerros azules de la Cordillera de la Costa para salir a la calle, en esa hora levemente gris, cuando mi madre se afanaba en los quehaceres domésticos y aún Papá no volvía del trabajo. Porque el día cobraba verdadero encanto con las primeras sombras de la noche, haciendo brotar seres maravillosos que acrecían los misterios en nuestras mentes infantiles.
Entonces, aparecía el anciano, sentado en su chata silla de mimbre, a la puerta de la vieja casa con ventanas enrejadas, para contemplar el paso de transeúntes y vehículos, que ya no le ofrecían expectativa de secretos, pero a los que podía acariciar con la mirada amble de sus ojos cansados.
Don Cipriano, el Abuelo, nos acogía alegremente, como si fuéramos antiguos camaradas. Nos daba indicaciones precisas para jugar al trompo, corregía las torpes amarras de los primeros volantines y nos enseñaba los variados ardides del juego de bolitas. Y luego de jugar hasta el cansancio, narraba unos cuentos antiguos y emocionantes, con voz profunda y cascada, mientras veíamos desfilar a los personajes, cobrando vida, por el mundo multicolor que forja la infancia en la más perfecta de las creaciones.
De todos los personajes que vivían a través de los relatos del Abuelo, el que más nos impresionaba- mezcla de temor y admiración- era Ciriaco Contreras, el legendario bandolero colchagüino, terror aciago de hacendados, respetable y venerada figura entre los campesinos. Su leyenda, como Robin Hood de los campos chilenos, hablaba de proezas extraordinarias realizadas para ayudar a los pobres en desmedro de los poderosos.
A menudo, por las noches, tras lo vidrios de la ventana, vi pasar cabalgando la figura apuesta de Ciriaco al mando de sus compañeros de hazañas, poncho al viento, tras la consecución de sus ideales anárquicos y libertarios. Germán juraba haberlo visto cabalgar por los tejados de la iglesia, vestido de negro y los ojos en candela, cual gigantesco gato emponchado.
Era para él fantasmagórico signo de la inminente derrota clerical.
Del Abuelo, además del bagaje inacabable de relatos que componía y modificaba con notable acierto, aprendimos el amor a los animales, el respeto por las criaturas… Nos decía que éramos un todo con el mundo; que cada ente u objeto tenía su propio valor, su particular trascendencia, desde el más respetado de los hombres hasta un simple guijarro o una hoja seca. Nos reprendía si hacíamos amago de lanzar pedradas a los pájaros o molestábamos a las laboriosas hormigas. Esas actitudes –decía- eran como hacerse daño a sí mismo, como causar heridas en el cuerpo unívoco del universo.
Una noche, después de larga conversación en que sus palabras tenían un dejo triste, Don Cipriano nos hizo partícipes de un emocionante secreto: muchos años atrás, Ciriaco Contreras había visitado su casa, alojándose allí por breve temporada, a fin de extraviar a sus perseguidores. Como prueba tangible del contacto con tan ilustre huésped, el anciano nos exhibió un brillante cortaplumas con las iniciales CC grabadas en la cacha del hueso.
Y cuando aún no nos recuperábamos del asombro, alargó el cortaplumas a Germán, diciéndole que lo guardara, pues era un presente para que nunca nos olvidáramos de él.
Creo que esa fue la última vez que le vimos, porque al regresar de las vacaciones escolares comprobamos, incrédulos, que la casa del Abuelo permanecía cerrada, llena de polvo su ancha puerta de madera, como si durante mucho tiempo hubiera estado sin moradores.
A las apremiantes preguntas que dirigimos a Mamá, ella respondió con algo de extrañeza en el rostro, diciendo que nos dejáramos de juegos y tonterías; que esa casa había estado deshabitada desde que Papá y ella llegaron al barrio, antes de que nosotros naciéramos. Y ante nuestra insistencia, nos amenazó airada con castigarnos. Entonces optamos por un inconforme y amargo silencio, que se trocó en desencanto después de enterarnos, por vecinos y amigos, que la afirmación de Mamá era cierta.
Germán regresó a su tierra de Ovalle. Pasaron los años, veloces. Cruzamos la adolescencia en la carrera vertiginosa del tiempo y nos hicimos hombres, proyectados a caminos diferentes y lejanos.
No volví a verle sino hace poco… Nos reunimos una tarde, ansiosos por conversar y revivir las horas de la infancia. Y aunque yo le expresé mis dudas respecto a la verosimilitud de las cabalgatas de Ciriaco Contreras por los tejados, y aun de la propia existencia de Don Cipriano, Germán me hizo volver bruscamente al mundo onírico de la niñez, sacando del bolsillo el cortaplumas, ya no tan brillante, con las iniciales del bandolero de Colchagua grabadas en la cacha del hueso.
JUEGOS DE AZAR
Los mellizos Ramírez eran huasos de Nancagua, agricultores a la antigua usanza. Compañeros de cacería y pesca de mi padre, aparecían dos o tres veces al año, aprovechando extensos paréntesis invernales, cuando las tareas agrícolas caían en el sopor de las lluvias. Abuela Fresia les recibía con especial afecto; ella era también, según su frase favorita: “huasa nancagüina , y a mucha honra...”; lo demostraba recitando profusamente poemas y refranes campesinos, aplicándolos con singular acierto en conversaciones y diálogos circunstanciales: “Si quieres que yo te quiera, te has de zahumar con romero, para que te salga el contagio de la que te quiso primero”.
Carlos y Fernando Ramírez viajaban en tren, desde el sur, con su indumentaria típica, incluyendo dos hermosos caballos corraleros, el “Canario” y el “Pehuén”, y una mula, de nombre “Lugarda” (en homenaje a una prima solterona y tozuda), para cargar los apetitosos presentes. Descendían en la estación ferroviaria de Lo Espejo; ensillaban sus corceles, y luego de una corta cabalgata, hacían espectacular ingreso en la casa-quinta, ante el asombro de vecinos y transeúntes...
Carlos, el más fornido y sanguíneo, preguntaba a gritos por “el patrón”: ¿Dónde está Canillo; dónde se metió ese gallego aniñado?” Fernando desempacaba, dándonos instrucciones precisas, sobre todo con las garrafas de vino y aguardiente... Grandes abrazos, risotadas estentóreas, manotadas capaces de derribar una vaca, eran el preludio de diez o doce días, durante los cuales la actividad de la familia giraría en torno a esos hombretones que se entreveraban con Papá, Indalecio, el “padre” Rolando, y Tío Mario, en larguísimas competencias de póker y brisca, desde las siete de la tarde hasta el mediodía siguiente, haciendo sólo pausas necesarias para beber, comer, y otros menesteres ineludibles...
En ocasiones, los mellizos llegaban acompañados de Facundo, coterráneo violento y revoltoso, conocido en la zona de Rancagua y Linares por sus bromas, que lindaban a menudo con lo delictual. Se contaba que él que había entrado, jinete en su tordillo, en el salón edilicio de Talca, disparando una escopeta contra la enorme lámpara de lágrimas, en protesta por el cobro de derechos de riego que consideró excesivos. En otra de las suyas, emborrachó a un juez linarense, dejándole en la puerta del domicilio, metido en un ataúd, ante la aflicción de los familiares. En los procesos eleccionarios, Facundo comandaba las pandillas de “acarreadores”, para sumar votos forzosos a las decadentes urnas del partido Conservador. Se decía de él que no podía entrar en el Casino de Viña del Mar, por haber hecho “saltar la banca”, en cierta oportunidad. Fernando Ramírez rectificaba la información: “agredió a un crupier, porque lo pillaron haciendo trampas, como de costumbre...”.
Pero en casa era distinto. Facundo nos respetaba, en especial a Abuela Fresia, y su mayor exabrupto consistía en contar chistes de grueso calibre, mientras vaciaba rebosantes vasos de vino. Decíase amigo íntimo del poeta Pablo de Rokha, y juraba haberlo vencido en feroces comilonas de longanizas y costillares chillanejos, donde el vino pipeño se bebía por arrobas y el aguardiente abortaba las mejores intenciones literarias.
Indalecio aconsejaba a mi padre: “Ten cuidado con este carajete; si trampea en el juego, no es de fiar”. En el círculo de jugadores, el anarquista vigilaba los movimientos de Facundo, quien, de reojo, devolvía sus miradas en velada amenaza. (Muchos años después, se supo que habían comprado un caballo de carreras, en medias. El “fina sangre” resultó un completo fracaso, y ambos se endilgaron mutuamente la culpa del infortunio).
Los Ramírez eran ricos latifundistas; hombres de campo que disfrutaban de enorme gula vital, generosos a su manera, entendiendo la prodigalidad como atributo paternalista del poder oligárquico. Su mayor placer era el juego, esa carrera incesante de arriesgarse en la incertidumbre del azar, de volcar el cúmulo de ilusiones en una carta, o en el caprichoso deslizar de un dado sobre el tapete. El póker los consumía, con eficacia más terrible que el tiempo.
Papá no era jugador empedernido, le gustaban las cartas, casi deportivamente, como buen pretexto para compartir ansias desbordantes con aquellos fogosos camaradas. Tenía lo que se llama “suerte en el juego”, y ganaba con relativa facilidad. Hubo noches en que le vimos acumular grandes cantidades de billetes, apilados a su derecha. A la menor broma o indirecta acerca de sus ganancias como anfitrión, Papá ponía fuego al dinero, impidiendo que los demás lo apagaran. Luego, continuaba como si tal cosa, ajeno a las protestas de sus compañeros de mesa. (Esa suerte no le acompañó en los negocios que emprendiera; parecía que la fortuna pecuniaria estaba reñida con su forma íntima de ser… Le venía como anillo al dedo la frase de Alone: “Mi padre no amaba el dinero y éste le pagó con la misma moneda”).
Cuando el carteo llegaba a punto muerto, porque disminuían las apuestas y se “agotaba la mano”, pasábamos a la sesión de chascarros, payas y canciones, donde los gemelos lucían sus dotes a los compases de la guitarra. Se iniciaba una contienda de “gallito”, prueba de brazos en que mi padre solía imponer su fuerza sin mayores contratiempos, exigiendo que los rivales se pusieran en línea, para derrotarlos uno a uno. A la hora de la comida, se planeaban las próximas excursiones, discutiendo los lugares óptimos, ya fuera para la perdiz o la trucha salmonada.
Una noche, el juego se tornó muy ardoroso. Fernando Ramírez había perdido una suma importante, enfrentado a Papá, quien jugaba con su habitual despreocupación. En un momento, Fernando quedó sin dinero, pero no quiso rendirse. “Canillo, te juego mi caballo con sus aperos, a la carta más grande de la baraja, contra lo que me has ganado hasta ahora; todo o nada, carajo...”
Mi padre aceptó de inmediato. Tío Mario sacó la primera carta para el desafiante; una exclamación celebró el rey de corazones. Extrajo la segunda carta, lanzándola sobre la verde cubierta. Un as de trébol fue el pasaporte de “Canario” para ingresar en el mundo de la casa.
Dos años más tarde, durante unas largas jornadas de pesca en Laguna del Maule, ocurrió un hecho que diezmaría para siempre aquel grupo de entusiastas...
Era medianoche. Reunidos en torno a la fogata, los catorce pescadores charlaban y bebían, comentando las peripecias de la faena diaria. Por entre las carpas, surgió Facundo, manos a la espalda. Se detuvo muy cerca del fuego, preguntando: “¿Se levantarían rápido de donde están?” Todos los miraron intrigados… Carlos respondió: “De aquí no nos mueve nadie, compadre”. Facundo mostró sus manos, llenas de tiros de escopeta, lanzándolos súbitamente al fuego. Se produjo una estampida.
Carlos se enredó en una cuerda de una de las carpas; los perdigones entraron en su pierna derecha, a la altura del muslo. Cinco días después hubo de serle amputada.
A sólo dos meses de la trágica broma, Facundo moría, aplastado en su vehículo por un tren que transportaba caballares a la feria de Talca. En el lapso de un año, desde ese as de trébol que cayó sobre la mesa, “los catorce de la fama” –como los bautizara Papá- fueron dispersándose, signados por enfermedades, desgracias y ruinas económicas. Una mano omnisciente barajaba las cartas para repartirlas en el impredecible póker de la existencia.
EL ÁLBUM DE TÍA REBECA
En ninguna época, las evocaciones del pasado han tenido tanta boga como en esta aurora sombría del siglo veinte... Pobres seres impulsados por el torbellino enloquecedor de la vida contemporánea, nos acercamos al recuerdo de los desaparecidos, como náufragos a la ribera...
(De una crónica de Zig-Zag, 1909)
En una de nuestras incursiones por el entretecho de la casa, Toño encontró el pequeño baúl de fotografías antiguas -en su mayoría retratos- y la cubierta lacada del álbum que perteneció a Tía Rebeca.
Fue entonces cuando tomé su retrato y sentí su voz, autoritaria y rotunda:
- Es preciso que revivas el álbum de la familia. Algo serás capaz de hacer por los de tu propia sangre. Has sido siempre un bueno para nada, un soñador iluso. Hemos aguardado años, sumidos en el polvo de los desvanes, absorbiendo el orín de los viejos sobres, a que alguien nos tendiera una mano para alargar nuestra pervivencia en una obra escrita...”
Sólo en parte los juicios de Tía Rebeca son acertados; indudablemente ella exagera, pues en su memoria pesa el recuerdo de mis negativas a escribirle poemas de circunstancia, como aquella ocasión de su cumpleaños setenta y cinco, cuando me pidiera, sin ambages:
- Escríbeme un poema, algo bonito que haga llorar a todos, un verdadero regalo para tu vieja tía.
En vano quise explicarle mi impotencia creativa ante semejantes apremios...
Pero ahí está Tía Rebeca, con aspecto de solterona inexpugnable, mirada dura y permanente ademán de reproche, observándolo todo a través de su férrea altanería.
(Qué sueño absurdo ese de alargarse en la memoria de los otros, proyectarse en las imágenes de la rememoración, diez, veinte, treinta o cincuenta años, en medidas arbitrarias que desnudan lo precario de nuestros anhelos de eternidad).
Tía Rebeca era virgen el día que cumplió veinticinco años, y lo fue durante toda su vida. No era una mujer fea, pero la dureza de su mirada y ademanes ahuyentó a los posibles pretendientes que pudieron desflorarla, hecho que se producía sólo a partir del matrimonio con todas las de la ley, salvo contadas y ocultas excepciones.
Aquel día de su primer cuarto de siglo, Tía Rebeca perdió su última carta en el juego del amor.
Heraclio Velarde, joven tenedor de libros, de buena familia –preciso es reconocerlo- llegó a visitarla como tantas veces. De mirada tímida, silencioso, Heraclio turbábase más de lo conveniente ante la altiva presencia de Tía Rebeca. Pero había tomado la decisión de proponerle matrimonio, y esperaba afrontar sus negativas y exponer sus propósitos a mis bisabuelos.
Al finalizar el copioso almuerzo, en el momento de los postres y los habanos, Heraclio dejó escapar –por supuesto involuntariamente- un grueso eructo que atronó como un badajo en el ámbito cálido y excitante del comedor. El joven enrojeció hasta las orejas y no atinó a pronunciar palabra. Los comensales le dirigieron una fugaz mirada de reproche, y luego fijaron su atención en Tía Rebeca, como diciendo: “¿Y éste es tu candidato?”.
Tía Rebeca tomó de inmediato la irrevocable decisión de cortar sus relaciones con el pobre Heraclio; un regüeldo inoportuno aceleraba la atávica maldición, el neurotizante estigma de su forzada virginidad.
Así, aquella alma ávida de afectos, provista de una envoltura corporal deseable y mórbida, empezó a consumir desde adentro la carne túrgida y febril, envenenando poco a poco su carácter y haciendo aflorar un temperamento todo dominio y altanería.
De Heraclio quedó su foto desvaída -anterior a esa fecha memorable-. Tía Rebeca fue fotografiada después del suceso, y en su rostro se aprecia ya la marca de su futuro clausurado al sexo, al amor, a los derechos y deberes del placer natural.
Su enorme vitalidad se volcó por entero en procura del funcionamiento metódico de la casa y sus habitantes. Nada ni nadie podía escapar a la observación inspectiva. Sus afanes inquisidores se dirigían preferentemente a los dormitorios y lechos, a la ropa nocturna, a todo aquello que pudiera delatar las señales del sexo y sus estigmas denotados por manchas, desórdenes, arrugas, pelos; en fin, cualquier signo de lo que ella consideraba sucia bajeza, pero que, en el fondo de sí misma, agitaba una poderosa atracción inútil de sellar.
Una de las mayores obsesiones de Tía Rebeca era el álbum de la familia, donde figuraban sus abuelos, padres, hermanos, amigos, parientes predilectos (Heraclio permaneció en la primera página). Ella abría la gran tapa lacada con primorosos dibujos chinos, para hacer desfilar ante los ojos de los huéspedes y contertulios a todos aquellos personajes, ya difuntos, indicando nombres, prosapias, caracteres y hechos relevantes. Luego, cerraba el álbum, que volvía al sitio de privilegio, sobre la enorme cómoda del dormitorio.
De esa manera, ella retornaba a la vida a sus seres amados –cada vez más herida por la nostalgia- dotándolos de virtudes imaginarias, en afán casi literario por torcer el sino gris e incoherente de la realidad cotidiana. Esos momentos constituyeron, al parecer, su única efusión entusiasta y abierta.
Cuando descubrimos los restos del álbum, Mamá logró identificar apenas algunos retratos, aportándome informaciones breves e inconexas. La historia se había esfumado de esos seres que nos miraban desde su indescifrable patetismo.
Nuestra imagen más nítida de Tía Rebeca se remonta a sus últimos años, cuando se recluyó en su dormitorio, de donde salía, a muy avanzadas horas de la noche, metida en amplísimo camisón, con una vela encendida y un rosario entre los dedos, para recorrer las habitaciones en busca de su extraviado amor.
Recuerdo una tarde lejana, sus gritos histéricos llamando a Papá: -“Cándido, por favor, mire esas mujeres desnudas arriba del nogal.” Y levantaba su brazo descarnado indicando hacia el extremo de la quinta.
-Qué lástima- decía mi padre- pero yo no veo nada...
Ya nos habíamos acostumbrado a sus rarezas y estábamos seguros de que su existencia era un hecho ineluctable. Por eso, la muerte de esa parienta centenaria no dejó de sorprendernos; la creíamos más allá de lo cronológico.
Y aquí están hoy los viejos retratos, desempolvados, pero casi todos estériles, porque han perdido esa vida que es la identidad, y sus breves referencias no bastan para conferirles murmullo vital. Pasaron por la casa como sombras imprecisas y ella no quiso grabarlos, fuera del pobre testimonio de unas cuantas fotografías amaneradas.
Que Tía Rebeca me perdone; no he sido capaz de agradarla ni aún ahora, aunque ella ha vuelto a erguirse y la casa ha restituido el pisar seguro de sus pasos y, como ella, también he temblado con temor y reverencia ante la soberbia ama de otros tiempos.
PERROS
Entre Sil y Diana se cumpliría cabalmente aquello de “... hasta que la muerte nos separe”. Fue un cariño sólido, capaz de soportar las más duras pruebas, pródigo en hijos que se sucedían, camada tras camada, con la precisión de los fértiles ciclos anuales.
Si bien Sil tuvo deslices con otras hembras, ello es justificable en un macho apuesto y poderoso, sujeto a innúmeras tentaciones, y a las exigencias propias de su rico pedigree...
Durante el período de celo, la quinta se llenaba de ávidos amantes, que trepaban por cualquier hueco de la reja, o escalaban muros de adobes.
Sil asumía sin remilgos el papel de garante del honor de cinco hembras, secundado por Duque, un ovejero mayor, al que había vencido en dos o tres encarnizados combates, estableciendo definitiva superioridad. Ambos canes repelían a los intrusos, y no era raro encontrar, por la mañana, un perro muerto, con el cuello desgarrado o las tripas al aire.
Sil se echaba junto a Diana, aun cuando ésta se hallara en funciones maternales. Si la perra peleaba con alguna otra hembra, el macho defendía a su compañera, hasta percatarse de que iba a resultar vencedora. Diana era dulce e inteligente, buena madre y eficaz guardiana; nunca mordió a ningún humano; le bastaba su estampa imponente para mantener a raya a los intrusos...
De noche, en nuestros cuartos, percibíamos el ladrido de los perros, y una cierta paz nos inundaba; estábamos protegidos de amenazas externas, nadie podría entrar en la casa, sino sus moradores que regresaban para cobijarse. Sabíamos que Sil, Diana y Duque rondaban por los senderos de la quinta, y que habría un despertar con los buenos aromas de la cocina, con las voces que íbamos a extraviar después, entre sonidos hostiles.
La fama de Sil, como eximio luchador, se extendió más allá de los límites del barrio. Una mañana apareció el doctor Rodríguez, quien criaba enormes perros con el anhelo de obtener un ejemplar que derrotara a cualquier oponente de las cercanías. Traía un campeón, -“a ver si su ovejero es tan bueno como dicen...” Mi padre aceptó el reto, y nos ubicamos en la cancha del fútbol para disponer el enfrentamiento.
El alsaciano se lanzó, contra Sil, quien lo esquivó hábilmente, presentándole los flancos, donde el otro no podía morderlo. Se sucedieron las arremetidas, cada vez más desaforadas. Cuando Sil captó el agotamiento progresivo de su rival, comenzó a girar en torno, eludiendo sus dentelladas. De súbito, frenó sobre sus cuartos traseros, y acometió recto a la garganta del alsaciano; el perrazo, sofocado, fue desplomándose de espaldas, a merced del ovejero. Logramos separarlos, ante la consternación del doctor, que recibía frases de consuelo de mi padre.
Un trece de agosto, día entre los cumpleaños de Toño y Eugenio, murió Diana, en los espasmos de su postrer parto, dejándonos siete gimientes cachorros. Durante una semana Sil permaneció junto a su tumba, bajo el nogal, sin permitir que nadie se acercara. Y ya no volvió a ser como antes; se transformó en un solitario que cumplía profesionalmente sus tareas de guardián, aproximándose a las hembras sólo en ocasiones imprescindibles. Fue envejeciendo, huraño y cascarrabias como misógino contumaz.
Mi padre bautizaba a los perros, con nombres breves y repetidos; “Sil” era el río de su infancia, y muchos canes se llamaron así… Vendrían después “Miño” y “Búbal”; éste último es el nombre del pequeño río que separa Lugo de Ourense, al sur de la Casa petrucial… En todo caso, bastaba la más mínima seña suya para que los animales entendieran, prestos a obedecer sus palabras, con amorosa fidelidad. Entre ellos y el pater familia se establecía un lazo íntimo y silencioso; minutos antes de que él volviera de su trabajo, los perros se agrupaban, inquietos, cerca de la verja, presintiendo el inminente regreso.
Tigre era un hermoso perdiguero blanquinegro, de movimientos gráciles y mirada despierta. Buen rastreador, sabía “levantar la perdiz” como ninguno, en el preciso momento en que el amo levantaba la escopeta; luego, la carrera tras la presa, y su limpia recogida para depositarla junto al cazador. Pero el pointer tenía un grave defecto: mataba las aves del corral, sin herirlas, ahogándolas con la presión de sus mandíbulas. Papá había realizado infructuosos esfuerzos por corregirlo, con diversos métodos que iban, desde las palizas, hasta la filípica ejemplar… “Si reincide, voy a matarlo”, nos dijo.
Una mañana, el piso del gallinero se veía blanco de plumas, como si la nieve lo decorara... Tigre había liquidado a cien pollonas “Leghorn”. Mi padre desestimó nuestras protestas; cogió el rifle, dando cumplimiento a la sentencia, por encima de la pena que su rostro reflejaba.
De los perdigueros, nos quedamos con Coffee, pointer manchado de color café y buena estampa. Sin embargo, era un fracaso como rastreador; tiritaba de frío a campo traviesa, y había que llevarlo amarrado a las cacerías; era un can aburguesado y cómodo… En casa, en cambio, demostró singulares habilidades para abrir puertas, presionar manillas y picaportes, introduciéndose por las ventanas hasta la cocina. Era capaz de vaciar el contenido de una olla sin derramar gota. Doméstico depredador, hacía de las suyas con astucia de zorro, atrayendo las inculpaciones sobre inocentes sospechosos. Gustaba, incluso, de alimentos dulces y exquisiteces de repostería; una noche de Año Nuevo se zampó medio fondo de ponche, metiéndose en el comedor, ebrio y alegre.
De una libido que hubiera asombrado al mismo Freud, Coffee dirigía sus intentos hacia todos los animales de la quinta, incluyendo patos y gansos... Se las ingeniaba con las hembras, adelantándose a otros machos, pese a su manifiesta inferioridad para combatir. Por años, aplicaríamos el calificativo de “coffee” a cualquier pariente, amigo o conocido que demostrara inclinaciones lascivas. El pointer tuvo un feo fin: “Canario”, el caballo corralero, le destrozó la cabeza con una formidable patada, en respuesta a sus desproporcionados asedios amorosos.
Muchos perros pasaron por la quinta; compañeros, camaradas o guardianes, dejarían en nosotros el rastro de sus peripecias, ligadas al hombre desde la remota caverna... Cuando fue demolida la casa, sólo quedaba Sil, como último vigilante. Viejo y medio ciego, no quiso dejar su territorio, y resultaron inútiles nuestros esfuerzos para separarlo de las ruinas. Durante varios meses, una vecina caritativa se encargó de alimentarlo. Al pasar frente a la verja, podía vérsele, cuan largo era, sobre los escalones de la entrada. Aún conservaba restos de su antigua fiereza, dándose maña para acometer contra los extraños. Nadie le vio morir, ni se encontró su cuerpo de piel lustrosa.
En duermevela, todavía me parece escuchar su ronco ladrido de alerta.
LIBROS
Don Astolfo entra en la ferretería respirando con dificultad. Sufre una de sus crisis asmáticas. Se deja caer en la silla de mimbre, junto a la Caja, y extrae un nebulizador que aspira ávidamente. Ya repuesto, me alarga un grueso libro.
- Para usted, joven amigo; ya es hora de que empiece a leer buena literatura.
Es un tomo que contiene cuatro novelas de Dostoievski; entre ellas, “Los Hermanos Karamasov” y “Memorias de la Casa Muerta”. Se trata de una edición muy antigua. Al pie de cada página hay numerosas anotaciones con la endemoniada caligrafía de don Astolfo.
Sí, joven, leer es cosa tan seria como hacer el amor, y la huella de las mejores caricias debe estamparse en el libro; con eso el lector logra algo similar al acoplamiento que se persigue en el acto amatorio: completarse en el otro o resolver la inconclusa tarea del autor.
(Los leves ruidos nocturnos de la casa son fondo apropiado al silencio de la lectura, al movimiento que los personajes despliegan dentro de mí. En el salón reposan los autores españoles, en lujosas ediciones que concuerdan con la ampulosidad del lenguaje castellano. Los estantes contienen el pasado y son un presente que inaugura múltiples promesas. Pero muchos libros permanecerán sellados en el reverso de la expectativa infinita. (A veces escondo un volumen bajo los mesones de la ferretería, y cuando no hay clientes, las palabras surgen en cómplice acatamiento. Manuel, el dependiente, me dice que los libros no van aparejados con la prosperidad, y me señala el caso de don Astolfo como ejemplo irrefutable).
-Son tormentosos los rusos. ¿Será posible sufrir de ese modo?
-Usted nada sabe de sufrimientos, hijo. No hay medida para las penas humanas, y en el alma rusa ellas se extienden como las estepas.
-Pero hay cosas inverosímiles; ese muchacho, Kilia Krasotkin, que reflexiona como un avezado filósofo.
-Genios como Dostoievski pueden permitirse ciertas incongruencias, concluye el viejo, y se ahoga en un acceso que lo obliga a recurrir al nebulizador.
Esther también me trae libros, de la biblioteca de su padre, el doctor. Son obras de filosofía: “Diálogos” de Platón, los “Pensamientos” de Pascal, Nietzsche... Ella espera la hora de cierre del negocio, y cuando mi padre baja la cortina es como grata señal para ingresar en otro mundo. Nos sentamos en la glorieta que mira al sur, el lugar menos frecuentado de la casa, y comentamos cada texto leído. Me cohíbe al aplomo de Esther y me excita su blando y leve contacto. Ella acepta algunas caricias fugaces, pero jamás un error de interpretación. Cuántas cosas caben en su pequeña cabeza. No quiere amarras; más bien las teme, porque su familia vive de un sitio a otro, debido al trabajo de su padre. Por eso el doctor no permite visitantes juveniles, y las amistades de su hija son golondrinas callejeras.
Don Astolfo no simpatiza con Esther; es demasiado cerebral –me dice- y lo auténtico femenino precisa de una dosis de candor. Pero ella es tan atractiva con sus largas trenzas... El viejo sigue creyendo que la filosofía no es ejercicio para mujeres.
-Ahora, jovencito, Romain Rolland. Le gustará “Juan Cristóbal”, a pesar de excesivos efluvios líricos, es un excelente libro. Cuídemelo, se trata de edición única...
Entonces me atrevo y doy a don Astolfo mi primer poema. Es una elegía a las víctimas de Vietnam (los yanquis hacen estragos con el fósforo blanco que bautizaron con un nombre que suena a marca de caramelos, “napalm”, pero que resulta peor que el fuego del infierno). Frunce el ceño, lee dos o tres veces y me lo devuelve, con una pregunta que me suena sardónica: ¿Ha leído a Quevedo?
-No..., sólo un par de sonetos, en el colegio...
-Yo tengo las obras completas, están a su disposición.
Es el primer golpe de la crítica, impulso que me lanzará en desenfrenadas lecturas, para ahogar poco a poco el pudor de la página en blanco.
Talento, dice don Astolfo, trabajo y disciplina y sufrimiento y modestia y autocrítica y dejémonos de frasecitas romanticotas, y Esther opina lo mismo, porque ella es fría y racional y mis versos no la conmueven, aunque a veces sí mis manos o ciertos roces subrepticios, pero no quiero enamorarme: es lo peor que puede pasarle a una por el machismo y la mujer objeto, por otra parte el sexo es como alimentarse cuando hay apetito, aunque el hambre tiende a hacerse aguda y a liberarnos de los sentimientos; es como desatar piedras de molino, yo podría amarte Esther si no estuvieras despidiéndote siempre.
-Es fácil imitar, sobre todo a Cortázar y Cía. No tengo nada contra ellos; han hecho su gran aporte –sin duda- pero no olvide que la literatura no empieza ahí. Lea, por ejemplo, a Valle-Inclán; las “Sonatas” y “Tirano Banderas” son ventanas por las que se colaron muchos, olvidándose del precursor.
De pronto don Astolfo dice cosas extrañas; habla de los personajes como si existieran en su propio mundo, y los confunde con los habitantes del barrio. Asegura haber tenido conversaciones con el Marqués de Bradomín… Mis amigos afirman que está “rayado”; tanto libro le habría secado el cerebro. Pese a todo, cuando se excita, muestra una gran lucidez.
-¿Usted nunca ha escrito?
-Lo hice, como desliz de juventud, pero me di cuenta que carecía de talento y otros escribían mucho mejor. Hay demasiado papel impreso, y el exceso de palabras es peor que su carencia absoluta.
Esther ha venido a despedirse; malditos sean los traslados de su padre. Me regala un hermoso ejemplar de la “Historia de la Filosofía”, de Will Durant, con breve dedicatoria: “Para que te acuerdes de Platón y de nosotros en la glorieta”. Ahora sí que “Juan Cristóbal” me hace temblar y Ada es como Esther alejándose en los trenes oscuros.
Una tarde, el tomo de “Juan Cristóbal” me acompaña al cine. El calor y el traqueteo del autobús me sumen en dulce modorra. De pronto, en la vereda, en medio del tráfago de San Diego, diviso a Esther. Atravieso a empellones el pasillo y desciendo en la cuadra siguiente, pero no logro hallarla. Esther se me ha perdido, ahora para siempre. La desgracia es doble: “Juan Cristóbal” quedó en el asiento trasero del vehículo. Imagino la cara descompuesta de don Astolfo.
Pasan tres semanas antes de que me decida a contarle lo sucedido. Don Astolfo se toma la cabeza con ambas manos, trata de respirar hondo, suspira, saca el nebulizador clava en mí sus pequeños ojos grises.
-Lo siento, don Astolfo, perdóneme, realmente lo siento, esto demuestra mi irresponsabilidad...
Don Astolfo vuelve a suspirar, pone su mano derecha en mi hombro y me dice:
-No amigo, si algo demuestra, es que la vida sigue siendo superior a la literatura.
LAS IDEAS
No es el hombre lo que me maravilla sino el fuego que devora al hombre.
Niko Kazantzakis
El “padre” Rolando no era sacerdote. Debía su apelativo al hablar pausado, a su figura rubicunda de fraile provinciano, a una ironía verbal constante, plena de citas latinas y sentencias inventadas por él, con el objeto de impresionar a los más jóvenes, o a los desavisados que concurrían al local, más como curiosos que como clientes. Propietario de la única librería del sector, habíala convertido en obligado lugar de tertulia para quienes comenzábamos a inquietarnos por las “cuestiones sociales”, incursionando en aquellos rudimentos ideológicos convertidos en lugares comunes: “lucha de clases”, “explotación del hombre por el hombre”, “democracia”, “fascismo”, “dictadura del proletariado”, “humanismo integral”, y tantos otros que apelaban más a nuestras pasiones que a la dubitativa razón.
-Mis queridos feligreses... La voz del “padre” Rolando brota lenta y segura, recibiendo nuestra expectante receptividad -las ideas son primero viscerales, calan hondo en nuestras entrañas, sin que lo notemos; en lo más oculto de los genes llevamos el pensamiento potencial. Así, muchos rechazan el colectivismo porque les repugna fisiológicamente, aún cuando su análisis racional pudiere seducirles; otros sienten aversión biliar por el fascismo y su ridículo boato militar... Lo importante, pues, radica en obtener nuestra propia síntesis ideológica, orgánico-racional, arma que utilizaremos en adecuada acción proselitista, porque, amigos, jamás olviden que toda ideología lleva en sí el germen perverso de la propaganda, lucha permanente por moldear a otros a nuestra semejanza.
Mientras escuchábamos la perorata del “padre” Rolando, alguna fastidiosa parroquiana ingresaba a la librería. -¿Tiene “El Último Grumete de la Baquedano”?. El “padre” la miraba de soslayo, enrostrándole con los ojos aquella inoportuna pregunta. –No lo tengo- respondía, para retomar el hilo del discurso. Al observar los anaqueles, comprobábamos la existencia de doce ejemplares de la novela solicitada, pero la venta no era en absoluto esencial; allí se debatían cuestiones de la mayor trascendencia, y el negocio adquiría, al decir lúcido de los griegos, su característica de “negación del ocio”, oficio para espíritus menos dilectos que los de aquella peripatética tertulia.
En ciertas ocasiones, aparecía don Astolfo, con andar penoso y asmáticos jadeos. La reunión se animaba. El “padre” Rolando debía apelar a todo su saber para sortear lo incisivos embates del viejo, basados en ese conocimiento suyo casi textual de los diálogos platónicos, al que sumaba su amplia visión de la “filosofía clásica”, y un respeto sagrado por Ortega y los pensadores alemanes (excluyendo a Marx, por su impronta de ateo y revolucionario). Liberal y volteriano, a don Astolfo repugnaba todo aquello que sonara a “masas insubordinadas” o a “falsas igualdades que disfrazan la mediocridad”. Sin embargo, denunciaba enérgicamente las condiciones de extrema pobreza que veíamos a nuestro alrededor, en esas extensas y grises barriadas populares donde el hambre es diario cuchillo.
El viejo encendía su diálogo de implacable ironía, mofándose de los conservadores que, en aquel entonces, levantaban la candidatura de un hombre riquísimo, director de cincuenta empresas (símbolo de austeridad, tal vez por su fama de solterón maniático y frugal consumidor de té); líder de los oligarcas chilenos, era postrera opción para detener la marea de los cambios, cuyas fuerzas remecían los añosos cimientos de la sociedad chilena, de la Iglesia, y otras tan ilustres como anquilosadas instituciones, llevando a miles de compatriotas a identificarse con nuevas corrientes de acción política. El contacto a menudo violento con una realidad escindida en clases antagónicas, conturbaba los espíritus, inflamaba las pasiones, haciendo imposible abstraerse de la circunstancia, aun para algunos sacerdotes, que reeditaban la doctrina social de la Iglesia en busca de respuesta alternativa a otros movimientos y facciones. Se fundaba la Democracia Cristiana, semillero de jóvenes idealistas. Consolidaban su amplia base popular los dos grandes partidos de la Izquierda chilena: Socialista y Comunista. La Derecha veía con pánico el derrumbe de su carcomido edificio. -Aún es tiempo de reaccionar, sentenciaba don Astolfo, antes de que sea demasiado tarde y se derramen por la ciudad las hordas de hambrientos hijos del lumpen-.
-Son tiempos duros y difíciles... -el “padre” Rolando reiniciaba su discurso-, no queda lugar para la contemporización ni la blandura. Los cristianos asumimos nuestro rol de transformadores de la sociedad. La revolución ha comenzado, amigos míos, en este rincón de Chile, en nuestra querida y gloriosa comuna de La Cisterna, en el meollo de este “Paradero 27”, donde tantos próceres tuvieron su cuna (jamás pudimos comprobarlo), al paso de millares de jóvenes que romperán las caducas estructuras (extendía su brazo, abarcando un espacio enorme que era sólo figura literaria en aquella habitación estrecha), estos espíritus doblegarán a las fuerzas retardatarias y oscurantistas. Nuestras armas son las perennes ideas del neotomismo: la verdad y la virtud cristianas encarnadas en la acción social...
Don Astolfo tose, molesto, extrayendo el nebulizador para llevar aliento a sus obstruidos pulmones –Muchachos, no se dejen arrastrar por la charla demagógica de Rolando. Es absurdo aferrarse a poses “progresistas”, más aún con el expediente de una institución como la Iglesia, que ha basado su quehacer histórico en la regresión y el quietismo. Hoy, cuando el flujo del devenir los deja en la estacada, se esmeran en recuperar terreno perdido, a costa de pueriles claudicaciones. Jóvenes, a la luz de la historia, vean cómo el grado de veracidad se mide por la distancia entre palabras y hechos... La política nos hace soslayar el verdadero problema humano: la cuestión de la muerte; ante ésta, toda lucubración se desmorona...
El “padre” Rolando palidece, reagrupa las fuerzas de su mente y contraataca… -La Iglesia, queridísimos amigos, ha sido depositaria del saber y la cultura durante milenios; de ella han surgido las mejores corrientes renovadoras del pensamiento y la acción. Tenemos hoy a Maritain y su “humanismo integral”, respuesta eficiente a los materialismos liberal y marxista, único camino para el atribulado hombre contemporáneo… Tenemos a Teilhard de Chardin…
La voz del “padre” Rolando decrece. Le sobreviene una persistente carraspera. Mira en rededor, calla, parece reflexionar... -Amigos, haremos una pausa fructífera, como en el mejor simposium griego… Se dirige a uno de los estantes, retira una placa de falsos lomos de libros; aparece una hilera de botellas relucientes... –Un brindis por las ideas- concluye el expositor.
En ese instante, irrumpe otro contertulio, el joven marxista Vladimir, maestro primario, maravillado por las publicaciones que recibía de la Unión Soviética, donde se destacaba los éxitos espaciales y los espectaculares logros económicos de la “planificación centralizada”. Vladimir se pavoneaba repitiendo aquella pobre anécdota atribuida a Yuri Gagarin, al surcar la estratósfera: “He visto las estrellas, el cosmos, las galaxias, y Dios no apareció por ninguna parte”. A renglón seguido, repartía folletos, efigies de Lenin y Stalin, discursos impresos de los dirigentes del partido, invitaciones para actos culturales donde el ateísmo fortalecía su religiosidad al revés.
El “padre” Rolando continúa con los brindis. –En la revolución estaremos juntos, camarada; juntos pero no revueltos-. Vladimir mueve la cabeza, convencido en su fuero interno de que la religión juega sus últimas cartas frente a la incontrarrestable maquinaria del materialismo dialéctico. Seguimos libando, en silencio, las copas de alcohólico eclecticismo. Don Astolfo sonríe, tolerante y ecuménico; el “padre” Rolando nos llama a la concordia cristiana; Vladimir elogia el progreso sostenido; nosotros, excitados y confusos, pensamos en las complicaciones de la circunstancia ideológica, pero el vino nos convoca en su húmeda elocuencia.
Por aquella época, un acontecimiento nos golpeó de manera significativa: la caída de Fulgencio Batista, el tiranuelo de Cuba. Era el triunfo de la Revolución, encabezada por Ernesto “Che” Guevara, Fidel Castro, Camilo Cienfuegos, y otros ilustres barbudos vestidos de verdeoliva; nuevo aspecto, nuevo lenguaje, victoria inédita en un continente sometido por más de un siglo al imperialismo norteamericano. No podíamos permanecer ajenos; algo grande se agitaba en los paupérrimos pueblos del “patio trasero”. Como otrora los jóvenes de 1917, sentíamos bullir la porfiada esperanza en mejores destinos. ¿Qué acontecerá después? Poco importaba; el presente ya era futuro luminoso. Fidel se las cantaba claro al Tío Sam. ¿Luego? Todo sueño tiene su agrio despertar, pero el espíritu humano vuelve al juego onírico, una y otra vez, para reavivar esa llama que lo consume y, al mismo tiempo, impide la esclerosis del conformismo.
Una noche, al regreso de la proclamación de nuestro candidato a la presidencia, encontramos apenas levantada la cortina metálica de la librería. Por el resquicio inferior colábase la luz. Golpeamos; nada... Insistimos; silencio absoluto... Ismael, viejo amigo del barrio y conspicuo antifascista, nos dice: -Muchachos, aquí hay gato encerrado; se trata sin duda, de un ataque a mansalva del “momiaje”. Ustedes hagan guardia; voy a llamar a los carabineros. Corrió hasta la cercana tenencia, mientras acechábamos, con el alma en un hilo...
Tres policías procedieron a levantar la cortina, apuntando sus armas al interior. Luego de unos tensos segundos, aparece el “padre” Rolando, despeinado, rojo y sudoroso.
-Soy yo, ¿qué sucede?
Se le ve confundido. Del fondo de la librería surge una muchacha esbelta, arreglándose la falda, para salir y desaparecer corriendo por la calle mal iluminada. Ismael la reconoce: es Pía Eguiguren, presidenta del Comando Juvenil Nacional Socialista...
-A usted le preguntaría yo qué pasa aquí– exclama el sargento.
-Amigos- dice el “padre” Rolando, al tiempo de reasumir su compostura- recuerden que la flaca voluntad a menudo esteriliza los altos propósitos de un pensar virtuoso...
Nos retiramos en silencio, cabizbajos. La noche nos llamaba, como las ideas, en contradictoria invitación de luces y sombras. Tal vez entonces se me hizo consciente el viejo escepticismo español, robustecido después por la amistad fragorosa de Indalecio.
EL TÍO CURA
Era una inquietud extraña, asombrosa, como venida de aquella santidad perfumada a limón y agua de colonia que la abuela desplegaba en torno suyo en la tranquila hora vespertina, cuando rezábamos el rosario y sentíamos vagamente la cadencia del “enaires de gracias” repetido por nuestras voces desiguales e inseguras; era esa misma emoción la que cosquilleaba en mi pecho aquella primavera del cuarenta y siete, mientras contemplaba a esos curas jóvenes, sonrosados y joviales, metidos en largas sotanas negras, oliendo a baño reciente, a pureza esperanzada, a religión de niño, a ordenación sacerdotal…
Destacábase el tío cura, alto y delgado, imponente, si no fuera por su cálida sonrisa que se extendía sobre las luces de la tarde, gesto claro y generoso que no iba a ser mellado por el tiempo y vimos resplandecer entre nosotros durante largos años.
Yo me puse sobre los hombros la esclavina nueva, y sentí el calor de Cristo abrasándome por primera vez; y ahora sé que podría haber sido llama para toda la vida, a pesar de mi caída en medio del barro del jardín y de haber ensuciado la prenda ornamental ante las risas de los curas amigos y la condescendiente mirada de Tío Mario. A pesar de tantos tropiezos posteriores, el barro vuelve a desprenderse de la esclavina y retornan las cristianas sonrisas a perdonar mis fechorías.
Los perfumes se han ido lejos, con recuerdos y devociones de antaño, con las cuentas gruesas del rosario de lata de la abuela y los rezos bullendo en tardes primaverales, cuando la vieja cómoda parecía un altar –y lo era- iluminado por las velas al Sagrado Corazón y esa fe grande de Abuelita Fresia, roca segura para edificar nuestras moradas terrenales en medio de las tormentas y las diarias batallas contra eso que los mayores llamaban “pecado”, y que a nosotros nos parecía poseído de rara atracción, sobre todo si se refería al sexo opuesto o a otras tentadoras prohibiciones.
Acontecimientos familiares: matrimonios, bautizos, primeras comuniones, funerales y otros consagrados por la fe y la costumbre, eran oficiados por el tío sacerdote, quien entregaba su palabra solemne, a menudo matizada con el fino humor de aguda inteligencia, para elevar nuestros espíritus más allá de lo pedestre.
Su llegada a la casa era un hecho lleno de significados, que alegraba los viejos ámbitos y esparcía un calor reconfortante, aunque también se vislumbraba una distancia que no lográbamos acortar, espacio impregnado del misterio secular de la religión.
En agitadas sobremesas, los catorce o quince comensales nos sumíamos en largas discusiones sobre lo humano y lo divino. Papá afirmaba sus ideas de librepensador, demócrata y republicano irreductible, exhibiendo cierto ateísmo, muy español, mordaz e incisivo, donde la blasfemia surgía como extraña invocación al revés, trayéndonos a la memoria la contradictoria sentencia: “gracias a Dios, soy ateo”.
El tío cura mantenía una actitud serena, de firme equilibrio; no se dejaba llevar por el tono –a ratos agresivo- con que procurábamos persuadir o convencer a los otros. Fue quizá mi primer contacto con lo que significa “un estilo” como forma de ser, refinamiento moral e intelectual que nos permite reafirmar la propia identidad, sin agredir a nuestros semejantes.
Y en el pasar implacable nos fuimos llenando de imágenes, sensaciones, experiencias; nos transformamos en “niños grandes”, riéndonos un tanto de aquella fe antigua del sacerdote que, sin embargo, nunca pedimos del todo, auque nos fuese invadiendo el corrosivo síndrome de fin de siglo, desesperanzado escepticismo de la postmodernidad.
Él nos observó con tolerancia y dejó deslizar, sin darnos cuenta entonces, su cálido perdón sobre nuestros espíritus impulsivos, y la llamita volvió a palpitar, como en las oraciones vespertinas, y Cristo levantó suavemente la esclavina y nos la puso sobre los hombros, mientras sonreía a través de los ojos y la sonrisa de Tío Mario, y volvían a encenderse las pinceladas rosas y granas del crepúsculo cisternino, encima de los opacos techos de la Gran Avenida… Aunque era un Cristo de combate, el redentor apocalíptico de Kazantzakis, quien iba a apoderarse de nuestros anhelos libertarios.
El tiempo, en contrapunto permanente de lo íntimo y la circunstancia histórica, fue decantando su vino espeso en la mesa del pan y de las ideas, donde Tío Mario ocupó un sitio de privilegio.
INDALECIO
Mañana dejo mi casa,
Dejo los bueyes y el pueblo.
¡Salud! ¿A dónde vas,
dime, a dónde?
- Voy al Quinto Regimiento.
Caminar sin agua, a pie.
Monte arriba, campo abierto,
Voces de gloria y de triunfo:
¡Soy del Quinto Regimiento!
“Teníamos diez años en 1936. Para nosotros, la guerra de España fue primero una sacudida, el espectáculo de millares de hombre, de mujeres y de niños demacrados, a menudo con la ropa hecha jirones, hambrientos: los refugiados españoles. A través de lo que decían los adultos, nos llegaban palabras alarmantes, cargadas de angustia: Hitler, los bombardeos, la quinta columna, la guerra... Así también, la guerra en sí misma no fue para nosotros una sorpresa: si no comprendido, sí por lo menos habíamos sentido que, lisa y llanamente, esta muchedumbre española la había vivido antes que nosotros. Más tarde, camaradas españoles para quienes el combate no había terminado jamás, nos contaron el final de su esperanza: Franco sobrevivió al hundimiento de las dictaduras” (1).
Indalecio había luchado en España, en la “columna de Hierro” de Durruti. Era primo lejano de mi padre, anarquista de cuerpo y alma, hijo de gallegos, nacido en Cataluña. Llegó a nuestra casa en plena Segunda Guerra y se quedó por una larga temporada.
A Indalecio le dieron la pieza del fondo, cerca de la galería y la puerta trasera, con rápido acceso a la quinta (él abominaba de cualquier encierro); era mi vecino de cuarto, y yo le sentía entonar canciones guerreras con voz suave y armoniosa. Papá le advirtió que tuviese cuidado al regresar por las noches, pues los perros podían atacarlo. Indalecio se encogió de hombros, como diciendo: “A mí con esas”… Los perros le tomaron inmediato afecto, al igual que nosotros.
Pero la abuela no le quiso nunca. Es un revoltoso, un ateo, un vago –decía ella-, nada bueno se puede esperar de un tipo semejante y, por si fuera poco, es comunista.
Cerca de la cancha de fútbol habíamos construido una gran pajarera, donde alborotaban jilgueros, tórtolas, cotorras y canarios. Indalecio abrió la puerta de la jaula e hizo salir a los pájaros. Ante los reclamos de Mamá, contestó: “Nadie tiene derecho a encarcelar a otros; la libertad es un don natural”. Mi padre le retrucó a gritos: “Esos pájaros, al igual que los humanos, sólo pueden sobrevivir en cautiverio”.
A pesar de sus exabruptos, le queríamos y admirábamos. Ahora pienso que Papá hubiera deseado ser, en alguna medida, como ese primo revoltoso e inquieto que se había batido como león en Jarama, Teruel, Guadarrama y Madrid, defendiendo la República y, sobre todo, los contradictorios ideales de los anarquistas españoles, herencia libertaria que construyera tantos sueños, molinos de viento, y también estas Américas de extraviados paraísos.
Después de comida, mi padre sacaba de la bodega una botella de coñac español, y se iniciaba larga conversación en la que Indalecio asumía su postura de notable contradictor; era el crítico por antonomasia, el insatisfecho absoluto, el ácrata perfecto.
Nadie quedaba libre de sus certeras diatribas: “Los comunistas son frailes al revés; los socialistas no saben lo que quieren; los radicales son tunos vendidos al imperialismo; los conservadores y liberales, rastacueros cuya ideología es el volumen de sus propias faltriqueras... Es preciso aniquilar el cochino espíritu burgués; el Gobierno y el Estado son las más perversas excreciones humanas...” Y así, hasta el infinito.
Nosotros escuchábamos ensimismados. Su palabra tenía rara atracción. Alto, recio, de mirada penetrante y amplia sonrisa, sabía congraciarse con niños y jóvenes; era el compañero ideal, aunque los viejos recelaban de él y las murmuraciones se oían por toda la casa.
“Teruel, la de ahora, tiembla bajo la nieve sucia con lodo y sangre. La naturaleza ha querido tender sobre ella un sudario; la metralla hace volar trozos humanos envueltos en blancos copos. Las ideas antagónicas del mundo se definen a la manera española antigua: a sangre y fuego” (2).
Sus historias de la Guerra Civil Española eran electrizantes. Aquellas hechizantes narraciones nos hacían verle en plena acción, surgiendo de las trincheras, con el fusil y el gorro miliciano, para emprenderla contra los “fachistas” –según su modo de decir- y borrarlos de la faz de la tierra.
-Volveremos antes de lo que se imaginan-, y amenazaba, alzando el puño poderoso.
Sus opiniones acerca de la religión y los curas eran absolutamente blasfemas. A pesar de ello, jamás tuvo choques verbales con el tío cura, a quien profesaba respeto y aprecio... “En todas partes hay excepciones”, y se sentía muy conforme con la honrosa salida.
Nunca supimos cuáles eran sus ocupaciones prácticas de subsistencia. Salía de casa temprano y regresaba cuando dormíamos. Los Domingo, su aparición era antes del almuerzo, cargando paquetes con deliciosas vituallas: jamón ahumado, perniles, patas de cerdo; vinos de buen precio y calidad que cataba como eximio conocedor.
- Te estás aburguesando- le decía Papá.
- Pamplinas, lo bueno de la tierra existe para que todos los gocemos.
Asistía a las reuniones del Centro Republicano Español, lugar donde los exiliados alborotaban con ardorosas disputas. Una tarde, llamaron a mi padre desde la comisaría. Indalecio había zurrado a dos comunistas vascos, provocándoles serias lesiones.
Algunas semanas después de aquel suceso, le sentimos discutir en forma airada, con Papá. Al día siguiente, Indalecio cogió su pequeña maleta, un par de libros de Bakunin, y se fue a México. No supimos las razones del enojo, pero el parecer se trataba de un asunto de juego y deudas; el desafío del azar absorbía gran parte del tiempo del anarquista.
Regresó a fines de 1961, cuando ya le creíamos desparecido. Se le veía avejentado y enfermo. Pese a todo, aún brillaba una chispa de esperanza en esos ojos que presenciaron el drama de Europa.
“Yo vine
atravesando un océano,
Y medio continente.
Y montañas, altas como el firmamento,
Y gobiernos que me decían ¡No!
¡NO PUEDES IR!
Yo vine.
En las fronteras luminosas del mañana
Puse la fuerza y la sabiduría
De mis años...
He dado lo que quise
Y lo que tenía que dar
Para que otros vivan.” (3)
Mis padres le recibieron cariñosamente, y su presencia animó de nuevo las tertulias nocturnas. Pero era héroe derrotado por el tiempo. Sin embargo, volvió a narrar peripecias y aventuras, mientras bebía grandes copas de coñac. Un velo de tristeza le opacaba los ojos y su rostro adquiría tono ceniciento.
Su salud fue empeorando. El médico de la familia le encontró mal y recomendó pronta hospitalización. La respuesta fue tajante y clara: “No pierda su tiempo, doctor, hasta aquí llegamos...”
Antes de morir, pidió un sacerdote: “Llamen al cura, que venga Mario...” No sabemos el secreto de su confesión, pero creo que hizo las paces con Dios, aún al precio de pactar con esa milenaria Iglesia que fuera blanco de sus constantes vituperios.
El fuego de Indalecio no se apagó. En algún rincón de la casa su llama aguardaba mejores tiempos.
(1) Pierre Broué
(2) Joaquín Edwards Bello
(3) Poeta norteamericano combatiente.
EL TRABAJO Y LOS DONES
“Por la atmósfera esparce sus fecundos olores una lluvia de axilas...”, canta el poeta Miguel Hernández, elogiando el trabajo en su húmedo signo; agua fecunda que va y viene de la tierra a los hombres, para vestirlos con “una blusa silenciosa y dorada”.
De ese aroma viril sabíamos en casa. Mi padre lo repartía. Al regresar de sus labores en el huerto, los fines de semana, mezclándolo con otros olores asociados al pan, al vino, al amor… Y aun cuando arribara de la fábrica, en el rito diario de tantos años, podíamos sentir, entre jabón y agua de colonia, aquel perfume espeso y primigenio que su piel prodigaba, y que él parecía recuperar de su antiguo oficio de labrador.
- Arriba flojos, es una cochinada estar acostados a esta hora...
Las ropas caían al pie de la cama, y era preciso levantarse no más allá de las ocho, aunque fuera sábado o domingo. En seguida, el reparto de tareas en la quinta: alimentar gallinas, gansos, patos, cerdos y perros; aporcar la tierra, desmalezar, ir por el agua de riego, limpiar cauces y defender de otros regantes las breves horas de uso asignado.
No nos gustaba aquello. Hijos de la pequeña burguesía, chilenos de clase media, teníamos necesidades y expectativas muy distintas al quehacer agrario.
Mi padre luchaba contra aquel rebelde mestizaje, donde su origen parecía perder la partida, procurando hacernos apreciar el trabajo físico, goce de tierra húmeda en las manos, aire de fríos amaneceres que evocaban la aldea gallega. Sin embargo, en algunos de nosotros fue afincándose aquella enseñanza primitiva y, al filo de la edad madura, comenzaríamos a gustar el placer del esfuerzo, más allá de juegos y deportes practicados asiduamente en torno a la casa. Un llamado hondo apremiaba los músculos; una poderosa energía hacía irrupción en los miembros, exigiendo su alta cuota de movimiento para volcarla en la superficie salobre y agraria. Nos planteábamos desafíos de resistencia y rapidez: arar con una simple azada los camellones de la pequeña viña; delinear surcos de sementeras y huertos; desbrozar bordes de acequias y senderos; realizar en tiempo récord la poda de parras y frutales...
Cada año, al llegar el invierno, se mataba dos cerdos en engorda. El día elegido era un sábado. Muy temprano, se iniciaban los preparativos. Atilio lucía su destreza con el cuchillo del sacrificio. Había que introducir la filosa hoja por la base inferior del cuello, con certera hendidura que culminara en el centro del corazón; de este modo, toda la sangre del animal fluía en los recipientes, para procurar la sustanciosa materia de las morcillas. Papá y Tía Alicia se encargaban de la elaboración de los embutidos, seleccionaban cortes adecuados, separando distintos tipos y calidades de carne, dejando a Tía Naulina el posterior aprovechamiento de perniles y lacones; se aderezaba los anchos jamones ahumados que decorarían la despensa con incitantes formas perladas de sal, junto a ristras de encarnados chorizos, rajas de tocino y carnosos costillares adobados en ají chileno.
Sudores, respiraciones agitadas, rostros encendidos, eran el preludio del opíparo convite. El tío cura vertía el aguardiente para iniciar los aperitivos, secundado hábilmente por el “padre” Rolando, quien, después de cada libación, exclamaba: “Que se haga la voluntad de Dios...”. Las primas se arrebolaban bajo nuestras miradas anhelantes y el continuo acoso de los chistes de doble sentido.
Inaugurábamos el almuerzo con crujientes chicharrones, pan centeno y vino de botija, para continuar con anchos filetes de lomo y papas asadas. La sobremesa se prolonga hasta el atardecer, en medio de risas, chanzas y canciones. -Algo habrá que picar antes de irse a la cama- sugería Tía Alicia. Al ponerse el sol, dábamos cuenta de un costillar con arroz azafranado y pimentones fritos, mientras el vino prodigaba sus besos dionisíacos por el viejo agasajo de la sencilla abundancia. (Quizá tocábamos reminiscencias de arcaicos rituales, luchando para aplacar en el presente sus secretos apremios).
Indalecio entonaba lánguidas baladas, achispado por las libaciones, levemente melancólico, pero contento de compartir la pródiga mesa que le traía a la memoria bulliciosas alegrías de su tierra catalana, cuando era tiempo de cosechas, y hombres y mujeres resumían en júbilo geórgico el arduo peso de las faenas.
-Pra a mata dos porcos..., decía mi padre, y ya pensábamos en futuras ocasiones memorables del calendario; fechas que eran culminación de meses de pacientes preparativos.
Pero a veces la alegría mostraba su oscuro revés.
Fue en el último año, cuando se vendió la casa-quinta. En el ancho mesón yacía Rasputín, enorme berraco que curvaba tablones con el peso de sus carnes opulentas. Había engendrado bellos y robustos ejemplares; fiero amador, le teníamos respeto, pero no podía eludir la muerte propiciatoria... Atilio introdujo hasta el mango el largo cuchillo. Rasputín se estremeció en la agonía de un espantoso berrido; tuvimos que emplear todas nuestras fuerzas para inmovilizarlo. Al retirar el arma, nos dimos cuenta que el flujo de sangre era débil y escaso, poco para tan inmenso bruto… Cuando el hilo rojo se interrumpió, agarramos al cerdo de las patas, cola, cabeza y lomo y lo dejamos caer en la artesa colmada de agua hirviente, para concluir la limpieza. Un chapoteo desesperado siguió a esta operación; la artesa se volcó con estrépito. Rasputín se revolvió en supremo espasmo, lanzándose en desenfrenada carrera hacia el fondo de la quinta, con los perros acosándole, en atroz barahúnda... Cayó en la acequia grande, expirando con ronco estertor. Luego de arduos esfuerzos, logramos arrastrarlo hasta el mesón, para continuar la tarea interrumpida, en medio de un silencio cariacontecido.
Aquella fiesta no tuvo la algazara de las anteriores. Algo penoso se había infiltrado en el ambiente. El vino no pudo obrar milagros, y terminamos en el torpe desaliento del alcohol, despidiendo aquellos dones que habíamos aprendido a recibir del recio sudor hermanado a nobles oficios terrestres.
EMIGRANTE
Tornó la golondrina al viejo nido,
y al ver los muros y el hogar desierto,
preguntóle a la brisa: ¿Es que se han muerto?
Y ella, en silencio, respondió: Se han ido,
como el barco perdido que para siempre
ha abandonado el puerto...
Rosalía de Castro
Hay algo que se deja irremediablemente al partir. No es lo que fue cuando lo tuvimos, sino un ser distinto, cuya identidad le es conferida por el alejamiento de nosotros. Vamos extraviando instantes nunca del todo nuestros, como si reflejáramos el rostro en el agua y el río nos otorgara un nombre diferente cada día.
Una mañana de verano el joven emigrante miró las verdes colinas que besa el río Miño, los robledales donde se aquieta el Búbal en largo remanso. Respiró profundamente ese aire ebrio de cosechas y de canciones. Era época de ferias y festividades religiosas, y Galicia olvidaba la crudeza del invierno en la plenitud agraria de su campiña. Pero la decisión paterna era irrevocable. América aguardaba, al otro extremo del mundo, con el temor y la promesa de colosales aventuras.
“Airiños, airiños da miña terra...” Los versos de Rosalía le hicieron sonreír en el contrapunto de su temprana ilusión. Era una sonrisa esperanzada, a los doce años, cuando los lazos terrestres parecen poco profundos... Buscar en América lo que no ofrece Galicia: la quimera del éxito, ese sueño que muchos emigrantes alimentaban: “Es tierra de promisión; se puede progresar rápidamente, hacer dinero”.
Los indianos, que venían en breves visitas a sus pueblos natales, hacían tintinear las monedas del “nuevo mundo”. Sus anchos sombreros de pita y el aroma de los habanos eran lúbrica tentación que enajenaba a los jóvenes. Los nombres de Cuba, Caracas, Buenos Aires, Montevideo, Santiago de Chile, eran como llaves sonoras de la desbocada fantasía.
A menudo, aquellos aspavientos ocultaban la dura realidad vivida por millares de emigrantes marcados por el estigma del fracaso. Pero la tierra gallega escatimaba a los suyos cualquier esperanza. Era preciso partir... Dejar los montes, los sotos, los arroyos, la casa de piedra que encierra el ámbito secreto del lar, la ternura melancólica de las mujeres gallegas, el sonido de las gaitas: canto y lamento, la melodía del idioma hecho con la brisa de las rías y el murmullo de la lluvia... También abandonar la sombra de la pobreza, que la memoria olvida en la piadosa idealización de la nostalgia.
En un barco a vapor arribaron a Buenos Aires, con centenares de paisanos descompuestos por el océano y la incertidumbre. La enorme ciudad-puerto, cosmopolita y opulenta, parecía tragarse a los hombres. El emigrante iba a sentirse agobiado por la gris presión de los rascacielos bonaerenses, universo que bullía con un rumor extraño, agresivo y metálico. Pero los gallegos, ya se sabe, suelen adaptarse en cualquier lugar… Y aunque a los padres nunca les abandonara la morriña, la melancólica tristeza de la tierra lejana, él se integraría a la nueva ciudad que miraba, desconfiaba y hostil, a esos pájaros migratorios cuyo patético aspecto daba pábulo a aquel dudoso humor que mal disfraza una artera xenofobia.
“ El crecimiento violento y tumultuoso de Buenos Aires, la llegada de millones de seres humanos esperanzados y su casi invariable frustración, la nostalgia de la patria lejana, la sensación de inseguridad y fragilidad en un mundo que se transforma vertiginosamente, dieron lugar a la desolada metafísica del hombre del Plata” (1).
Después de nueve años en que despuntó la adolescencia y abrió su cauce turbulento la temprana juventud, el afán le llevaría a otro país, aún más remoto, más allá de Los Andes, que llamaban Chile, en doble sílaba que parecía aludir a algo pequeño y extraño, quizá al canto de un pajarillo que “chiaba”, como decimos en lengua gallega… Chile, tierra estrecha e inacabable que aparece en los mapas como estrecho río, el cual, tras las inmensas cumbres de Los Andes, derrama sus verdes valles con un aire rural y provinciano semejante a la añorada Galicia. En aquellos parajes, acunados entre dos cordilleras y montes sin término, el joven emigrante echaría raíces en la nueva patria, como herencia de un flujo de cinco siglos...
Fue distinto a sus sueños de niño, porque el curso de la existencia va desbrozando sin piedad el juego de la imaginación. Pero aquellas ilusiones, que estaban en simiente, se hicieron carne en otros seres, para asumir esas voces singulares cuyo acento nos revela el gregario secreto, la unidad de lo plural. Y en el lento fluir de lo cotidiano, el gallego descubrió su amor por el nuevo mundo, aunque la añoranza de la remota aldea creciera con el perenne adiós del presente.
Volver... volver, es anhelo inseparable de la saudade; pisar otra vez el terruño, cruzar el portal de la casa para restituir los extraviados rumores... Y aunque hayan cambiado los senderos y sean otros los huertos antiguos, la casa seguirá acogiendo a los hijos que emigraron; tal vez ella vuelva a reconocer sus estampas en el umbral, donde los parientes asoman sus recios cuerpos surgidos de la tierra con la muda interrogación ante el hijo forastero… Es esa “Casa de loureiro e soño” que describe un hondo poeta lucense,
De pronto, una de las raíces del gallego se desgaja del viejo tronco familiar, para ir hacia otros rumbos. Si no son los mismos anhelos del niño gallego de doce años, sueña con una existencia mejor, con el progreso que el hombre busca afanoso en lo que le rodea; ese mito contemporáneo que le hace olvidar su insoluble condición de huérfano y de extranjero en el “ancho y ajeno mundo” que describió Ciro Aegría.
Nuestro hermano recurre esa frase que a menudo se repite para justificar los exilios: “Este país no da para más...” Triste sería que un hombre no diera para más en su nación de origen. Pero la propia tierra –eso lo sabe el gallego- suele tornarse mezquina y hostil, provocando el constante flujo migratorio, que es como la cíclica pérdida del hogar colectivo.
Sentimos dolor, hermano, porque te marchas... Para el gallego será como partir dos veces en una misma existencia... -México, la Nueva España, está muy cerca– nos dice Toño, con su habitual socarronería- en unas cuantas horas de vuelo se llega, o se vuelve...
A pesar de las distancias físicas más cercanas hoy, parecemos lejos de los nuestros, como si viviéramos el hondo espacio de un exilio interior, como si la casa perdida fuese, más que un lugar geográfico, el pozo sin fondo de una ausencia indescifrable.
¿Volverás algún día...?
Te esperaremos. Y él aguardará, reviviendo los recuerdos en los que estás presente, como al otro lado del mar, en el lluvioso corazón de las rías, un viejo gallego, tan antiguo como los dioses lares, enciende a diario su lámpara por todos aquellos que antaño partieron.
(1) Ernesto Sábato
CASA
Hay una casa de laurel y sueño,
por la que fluyen las aguas
vagarosas del olvido, en Naemor.
Antes de que los padres naciesen,
antes de que los abuelos fuesen niños
ya estaba allí, esperándome.
Fueron muchos los que en ella durmieron
el postrer sueño, pero fui yo el único
de quien acogió el primer llanto
y los primeros pasos.
Permanecen remotas las claras mañanas
de verano, las ventanas abiertas
a un aroma de hierba y de cerezas,
quedan distantes los densos inviernos
de lluvia, el viento aferrándose
hasta hacerla temblar, nave
anclada en medio del temporal.
Casa madre, casa claustro,
todos los cielos, todos los mares, todos
los continentes, países y lugares,
cabían enteros en el atlas
sin nombres y sin fechas
de tu pequeño, íntimo, arrebatado mundo.
Hay una casa de piedra y de pan,
de ternura y de espanto, en Naemor.
Una luz grisácea se recuesta
en los cuartos helados,
en las cenizas del fuego originario.
La memoria destila un olor de mimosas.
Ramas desgajadas de un árbol único
uno tras otro, arrebatados por turbia marea,
se fueron marchando. La casa se desconoció,
no era la misma sin sus voces,
sin su bullicio, su alegría,
sin su peso en las tablas.
(Hubo que regalar el perro, se vendió el caballo).
Dolorosa como la sal en una herida,
siento mía su tristeza,
dulce casa de otros días, ayer alegre,
hoy abandonada y en ruinas.
Hay una casa de laurel y sueño,
de lumbre y de barro, de menta y de hierro,
en Naemor.
Xulio López Valcárcel
NUESTRA CASA AL OTRO LADO DEL MAR
- El lunes próximo, me voy a España
Los once comensales miramos, sorprendidos, a nuestro hermano Eugenio. Papá sonrió, irónico, ante aquella insólita declaración de propósitos.
- Ah, sí, ¿y en qué viajas?
- Me embarco como tripulante, en un carguero que sale de Valparaíso, con destino a Vigo…
- Y antes que nos repusiéramos, concluyó, con su habitual parquedad: “Conoceré la casa de La Touza, por mis propios medios”.
Pasaron ocho meses sin noticias suyas. Una tarde, Mamá irrumpió en el comedor para leernos la primera carta. Con lujo de detalles, en un estilo que desconocíamos en él, Eugenio narraba su experiencia, la que serviría de motivación a otros viajeros que iríamos acercándonos a la Casa en cadena interminable de peregrinos...
“-Vostede é neto de o Seor Cándido...
“La voz del viejo me sonó profunda, como oída desde muy lejos, eco que venía de los ancestros para plasmar el tiempo en un breve instante.
“Estábamos en una calle de Santa María de Vilaquinte, en Galicia. Yo había atravesado el Atlántico con el anhelo de conocer la casa paterna, en A Touza, la que Papá nos describiera muchas veces, emocionadamente.
“Y aquí estaba, inquiriendo señas para llegar a ella...
“Los ojos brillantes de Ramón Iglesias adivinaron la antigua estirpe antes de explicarle nada. No eran necesarias las palabras. Bastaba la comunicación íntima, el vínculo que la tierra estableció entre nosotros.
“El hombre me había mirado como quien reconoce a un árbol, por la forma de su tronco, o el gesto preciso de sus ramas, o el color del follaje, o las marcas reveladoras del tiempo en la corteza.
“Hemos caminado juntos, como viejos amigos...
“Charlamos algo en el breve camino hasta la aldea. He hablado poco, porque la emoción acorta las palabras y entorpece los gestos... Y la casa está aquí, tal como la había imaginado: ancha y vetusta, pero enhiesta cual roble de buena raza.
“Han acudido a saludarme estos viejos hidalgos, tan parecidos a los descritos por Azorín, nobles en el buen sentido, llenos de una dignidad y prestancia que emanan del paisaje y de la tierra enriquecida por el trabajo y la cultura milenaria; gentes en las cuales bulle y canta el rumor de nuestra propia sangre.
“En los ojos de ellos, en sus ademanes y en su hospitalidad he visto que no soy un extraño; estoy en mi hogar del otro lado del mar. Y acuden a mi memoria, añejados por el tiempo, como el vino generoso de la Ribeira Sacra, los versos de Rosalía de Castro:
Dende aquí vexo o camiño
Que non sei a donde vai,
Polo mismo que non sei
Quixera o poder andar...
Que eu penso, non sei por que,
Nas vilas que correrá...
Camiño, camiño branco
Non sei para donde vas...
“La suave música de las palabras es la misma que escuchábamos en las voces de los abuelos, de Papá y los tíos, modulando la lengua gallega, idioma en el que Alfonso el Sabio escribiera su mejor obra poética.
“La máquina fotográfica trabaja con rapidez, en doloroso anhelo de fijar por más tiempo las imágenes queridas. Cada rincón surge lleno de un significado especial. Los rostros son como la casa misma, amplios y cordiales. Ellos evocan el porte de Tío Manuel, la sonrisa de nuestra abuela Elena, los azules ojos de Tía Naulina y Papá, la mirada ágil de Tío Pepe, el gesto alegre y cálido de las tías Alicia y Elena... Aquí se aprecia tan claro ese asombroso milagro vital: somos cada uno y somos todos, unidos a la tierra en la conjunción del agrario linaje.
“La vieja morada se conserva bien, aun cuando pueden advertirse deterioros propios del avance inexorable del tiempo. Los grandes muebles, de color caoba oscuro, la loza blanca y gruesa, los utensilios domésticos tradicionales; todo me recuerda “Chacra El Olivo”, en Conchalí, allá en Chile ultramarino, donde los abuelos intentaron reconstruir su lar. Diríase que hasta el olor es el mismo; como también los nombres de estos parientes y amigos: Eladio Rodríguez Mazaira; María López Novoa, Indalecio Rodríguez, Cándido Domínguez, Francisco Jorge (“O Pancho da Inés”) y los trabajadores de la casa, de Carballiño de la Forxa, César y Manuel Pérez... Un “botafumeiro” cuelga en un rincón y oscila levemente, saludándome.
“Transito luego, acompañado de “O Pancho da Inés”, camarada de juegos de Papá, el camino que va hacia el río y que él recorriera tantas veces y amara con sus ojos penetrantes de campesino.
“Senda del Búbal, pasamos a través de las huertas y de los extensos viñedos, para llegar al pequeño río, cruzando una arboleda de castaños y robles centenarios. Las aguas son cristalinas y numerosos bajos invitan a bañarse. Las fresas silvestres engalanan el paisaje con su alegre colorido. Recuerdo que Eduardo Blanco Amor, en su notable libro “Chile a la Vista”, comparaba el escenario verde de Galicia con nuestro remoto Chiloé. Y Ramón Suárez Picallo escribe “Discurso a Chiloé, Península Galega”, texto que empleará, como notable pieza oratoria, en una conferencia proferida en el Centro Gallego de Buenos Aires…
“El domingo asistimos a la iglesia parroquial de Vilaquinte. El párroco, Manuel Varela Blanco, hombre entrado en años, se muestra también afectuoso. Habla de nuestros abuelos, del tío Manuel Moure Nande, antiguo párroco del pueblo, de quien Papá se ha expresado siempre con cariñosa nostalgia, resaltando las virtudes de “cristiano viejo” del buen cura aldeano.
“Bebemos vino dulce, mientras el párroco nos muestra el Libro de Registros, donde están inscritos los nacimientos de todos. Le pido una partida de bautismo de Papá, a lo que accede, gustoso. He encargado rezar una misa en memoria de nuestros abuelos Cándido y Elena. La religión es en Galicia fuerte y permanente, más aún que la tierra, que la estirpe y el idioma... Aquí, Cristo no puede ser sino galaico, al estilo gnóstico de Prisciliano...
“Me han agasajado luego en casa con profusión de jamones ahumados y chorizos, cuyo sabor es también una especie de añeja remembranza. El vino, cálido y rojo, es como un largo beso gallego...
“De estos muros salimos, un día lejano, a repartir una simiente que nos acoge y reconoce en el tibio aliento de la tierra. La memoria es pequeña y frágil, pero guarda una luz que ha vuelto a encenderse.
“El tiempo golpea, como un cuchillo, su apremio sobre la mesa patriarcal. Llega el momento del ‘hasta pronto’...
“De regreso ya todo es recuerdo. Pero muy adentro, prendido al corazón, como las antiguas raíces, palpita el murmullo de la Casa... Santa María de Vilaquinte, el Miño; Lugo, “la bien murada”; los nombres, las voces, el paisaje de Galicia y, resonando como nostálgicas campanas, las palabras de Ramón Iglesias: “Vostede é neto de o Seor Cándido...”
VIAJES
Siempre había alguien entre nosotros que se marchaba. Era un alejarse de la Casa, de la familia, del pasado, proyectándose hacia vagos horizontes. Los dormitorios quedaban vacíos, y más de alguno arriesgaba el indecoroso gesto de coger objetos provisoriamente abandonados, adueñándose también de esa carga que acumulamos en las cosas, impregnadas de nuestra ácida substancia.
Entrábamos en un cuarto, para encontrar ajenas decoraciones; cuadros que pertenecían a otros, libros con los borrosos nombres de sus propietarios originales, ropas que holgaban en los cuerpos de nuevos adquirentes. Temíamos por nuestros bienes, los marcábamos con el mayor celo, guardando “objetos de valor” en rincones insospechados; presumíamos que ellos conservarían lo más caro de la intimidad. Cuántas veces sentimos una rara desazón al no hallar en su sitio un chaleco viejo; o unos zapatos fuera de moda, anchos de caminos; o una lapicera que resucitaba épocas escolares y palabras de amor en redondas caligrafías. Es que nada iba a ser perdurable, y no lo intuíamos entonces...
Toño se fue a México, convencido por Indalecio, con la desaprobación de Abuela Fresia y el temor de Mamá, que imaginaron las peores desviaciones en el comportamiento del promisorio hermano. Nada de esto ocurrió, y a su regreso, tres años más tarde, Toño se veía maduro y lejano; miraba la casa con aire de exiliado... Juan Luis y Fernando emprendieron un viaje “a dedo” por América del Sur. Aún no cumplían la mayoría de edad y debieron sortear grandes dificultades para sobrevivir, especialmente en la travesía fluvial de Iquitos al alto Amazonas, mezclados con traficantes y contrabandistas que se aventuraban por la mítica ruta de Orellana; pero la experiencia de aquellos dos años los definió de manera notable... El tío cura se marchó a Francia, becado por la Universidad de Estrasburgo. Abuela Fresia comenzó a apagarse de melancolía, y hubo que desplegar todos los recursos para levantar su ánimo, hasta que una mañana, cuando ella rezaba el rosario, le vio surgir entre las palmeras, como en esas visiones sacras que preceden a la muerte. Tío Mario retornaba, sin cambios aparentes, como si hubiera partido ayer...
Los que regresaban veían la Casa mucho más pequeña, percibían el peso del desencanto, la impotencia de tantos recuerdos atesorados; sentíanse de súbito forasteros. A pesar de todo, confiábamos en que la Casa recobraría su dimensión originaria; más aún, la veríamos crecer en nosotros, con la certeza de no llegar a conocerla jamás por completo.
De vuelta, los viajeros impetraban la restitución de sus pertenencias... “¿Por qué usaste mi chaqueta de gabardina?”; “has arruinado mis zapatos de gamuza”; “¿qué camisa me pondré ahora para la fiesta de la Pía Eguiguren?”. Las réplicas no se hacían esperar, y las disputas desembocaban en violentas peleas cuerpo a cuerpo, con la intervención de los mayores en caso de riesgo excesivo... Así recuperábamos el ambiente cotidiano, y la fraternidad se robustecía con cada puñetazo, reafirmándose en la mesa bulliciosa, donde los trashumantes narraban sus peripecias, jurando marchar lo más pronto posible hacia ignotos parajes.
Tía Rebeca solía inquirir a gritos, desde su dormitorio, por los ausentes. Antes de que se le respondiera, ella emitía su veredicto: “En esta familia son todos locos; nadie es capaz de quedarse quieto, están poseídos por el demonio de la fuga...”
Había quienes partían para no volver; aquellos que no pronunciaban el adiós, ni eran despedidos en ruidosas manifestaciones. Algo nos decía que esas ausencias serían irreversibles; sus cosas quedaban desprovistas de interés, tocadas por el signo de la decrepitud. Sin embargo, esos parientes iban también creciendo en nosotros, con inusitada persistencia, apoderándose de los resquicios de la memoria, liberándose del lastre de sus objetos.
Tíos, primos, abuelos, amigos como Don Astolfo y el “padre” Rolando, yéndose tras una puerta que “cerraban hasta el fin del mundo”... ¿Qué se disgrega, la realidad o la ficción? Seres queridos, ahora personajes, me pedían resolver el dilema; ellos mismos intentaban la respuesta, en un ir y venir dentro de mí...
Un día, aguardado y sorpresivo, abordé el avión que me hizo cruzar el océano, tras esa huella que delineábamos en tertulias familiares. Ya no viajaba a través de otros. Era mi propia oportunidad; sólo que no habría “tiempo recobrado”, y el presente demandaría su cuota de supervivencia, a cambio de aquellas ilusiones trocadas en perpetuo devenir, distintas a nuestros propósitos, pero con su inconfundible vibración capaz de vencer los fríos laberintos del olvido.
LAS RAÍCES
Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra, con todas las raíces y todos los corajes.
¿quién me separará, me arrancará de ti,
madre?
Miguel Hernández
A José Moure Rodríguez,
el Tío Pepe
Una lluvia persistente cae sobre los campos del sur de Lugo. El camino trepa y desciende, serpenteando por las boscosas colinas. Surgen pequeños pueblos: Lousadela, Portomarín, Paradela, Piñeiro, Taboada, Ribas de Miño, Carballedo… En un estrecho valle, la villa de Chantada levanta sus blancos edificios de departamentos. Abordo un taxi que me lleva más al sur.
Grandes hórreos, con la cruz en un extremo, circundan una aldea mayor: es Santa María de Vilaquinte, cabeza municipal de la antigua parroquia. (Aquí, el abuelo Cándido presidió las tertulias que reunían a los letrados del pueblo, en torno a los perennes temas regionales; aquí escribió, con airosa caligrafía, cartas que le solicitaban amigos y vecinos, para enviar a parientes en América; aquí volcó parte de sus inquietudes intelectuales, alejándose de las tareas agrícolas).
Continuamos por un pequeño camino asfaltado que penetra en La Touza... Dos hileras de casas, asomándose al angosto espacio de la callejuela, semejan gigantescos paisanos de piedra que te saludan… Detrás, el campo, rectos surcos donde palpita la cebada, huellas del hombre tras su esquivo destino.
Por las fotografías, me ubico perfectamente. Sí, este es el antiguo portal donde confluyeron tantos sueños. La puerta cede, y aparece un flaco perdiguero, ladrando asustado. –Cómo- le grito- no reconoces a un hijo de la Casa... Agacha la cabeza y se aleja. Subo la escalera que conduce a las habitaciones, y soy recibido por los parientes: Eladio y María, la joven Rosa, la pequeña Milagros, niña rubia de ojos muy azules. Un vaho espeso brota del fogón y oprime mi garganta.
Eladio se sienta en un rincón de la “lareira”. Por la ventana se ve un espacio del huerto, las cintas de agua que escurren por el ramaje verdeclaro de los manzanos. Los ojos del primo son pequeños y vivaces, y tienen una chispa de ironía al decirme: “Cando chove, hay dúas cousas para facer, a comida ou a cama”. María sonríe, mientras me alarga un vaso de vino rojo y agrio, sangre de estas campiñas donde el sol no logra azucarar los tiernos pezones de los viñedos.
(Todos los años –había dicho mi padre- al llegar abril, una pareja de golondrinas anida en el vértice de un alero, al suroeste, cerca del portal. Nadie se atrevía entonces a perturbarlas; eran sagrado signo de amor y primavera).
-Vinieron ahora – me dice Eladio, mostrándome el hueco que sirve de nido, desde comienzos de siglo, o tal vez antes, a los pequeños pájaros.
Miro el viejo reloj, las nubes grises, el patio desde donde sube el acre aroma de las vacadas. Mi ansiedad nada tiene que ver con los ciclos pacientes de la tierra, con la espera tranquila de los moradores, que dejan deslizar sólo las palabras necesarias, comiendo en silencio los frutos del agua y de la tierra, simbolizados en Galicia por el pez y el pájaro.
-No has tomado un vino como éste- dice Eladio.
-Como éste, ninguno – respondo, y apuro la mitad del vaso en el sabor de húmeda saudade.
-¿Conocías Galicia?
-No...
-¿Y como has escrito sobre ella?
-Por las voces de mis parientes y los duendes de la imaginación...
Con habilidad, María corta anchas lonjas de jamón serrano y rebana una gran hogaza de pan centeno; pan, carne y vino y las voces junto al fuego, en correspondencia con la lluvia incansable que forma aquí los más claros arroyos que haya visto jamás.
(El agua adquiere la profundidad del pasado, y también su muerte infinita. Los espejos han llevado aquellos rostros, uno a uno, a través de tantas comarcas; caras revividas en múltiples memorias y un ensueño que recobramos en el río de las generaciones; el Búbal me mira con sus ojos escurridizos y deja en mi mano el beso efímero del agua).
Esta mañana existen por mí las piedras de las generosas canteras, los arces que lucen el sonoro nombre de “padrairos”, los montes encumbrados hacia Ourense, minúsculos pueblos donde sonríen hacia adentro, llamándome, los ojos cálidos de las gallegas.
¿Son estos los ecos del pasado, o es un presente que otros me prepararon en la tierra germinal que circunda la aldea? Yo, mitad extranjero y mitad nativo, me respondo aceptando el convite tanto tiempo aguardado, para sentarme a la mesa de simples manjares. Escucho las sílabas del arcaico lenguaje y como el pan donde se amasaron sabores prometidos… Recuerdo al poeta chileno Efraín Barquero: “Las manos no amasaban el pan/ recogían algo más hondo y más secreto…”
Casi no he hablado. La Casa me ha exigido silencio, pues mis palabras le son ajenas, y sólo perturbarían la serenidad de la piedra. Sin embargo, he procurado abrir todos mis sentidos, para que penetren en mí los murmullos, aromas, gestos y sensaciones que el tiempo guardó para esta hora propicia.
(Desde lo alto de la balaustrada, el abuelo pedía que ensillaran su yegua negra. Era señal inequívoca, un mal presagio que llenaba de inquietud los ámbitos de la casa. El patriarca se iba por varias semanas a Ourense, en busca de secretas amistades. El llanto de la abuela era apenas un rumor apoderándose de las cosas, impregnándolas de pesadumbre que sólo desaparecería con el sobresalto de los cascos anunciando el regreso).
Después de abundante cena, precedida por el caldo gallego y el ácido vino del Ribeiro, me invade una dulce modorra que parece provenir de los rincones de la Casa, mezclado con los olores de jamones y apetitosas viandas que penden del oscuro cielo de la bodega. En el dormitorio contiguo al comedor, cuya ventana mira hacia el sur, el velo de un buen sueño aligera mi cansancio de noches mal dormidas...
La oscuridad del cuarto es total, aunque poco a poco creo distinguir algunas siluetas... Del pozo nocturno surgen infinidad de gemidos albergados en la piedra; aquí cobijó la muerte ásperos estertores; hombre y mujer abrazaron sus ansias con la misma sal que iguala éxtasis y tristeza. Todo quedó suspendido hasta fluir de los susurros que ahora tocan mi corazón, para fundirse en aromas del retorno: olor a sábanas antiguas y sudores reconocidos. Las tablas crujen, respondiendo al tañer de la lluvia, y penetran los fantasmas para revelar a mis sueños un premioso apetito. Es la abuela que se queja en cada parto, mientras la suma de sus lamentos –vaga voz creadora- modela cuerpos, rostros, contornos, gestos donde clava la herencia su elocuente misterio; es mi padre el que duerme con el tren de latón que el tío cura le trajo de Ourense; son los hermanos que hurgan en la cocina tras el dulce de manzana; tal vez sea yo, repitiendo rituales del tiempo en los gastados laberintos de la madera, buscándome por el inverso camino de la savia.
Al despuntar el alba, me despierta el tañido de las horas en el campanario de Vilaquinte, y escucho el mensaje de un mirlo madrugador. Afuera, el paisaje brilla en su verdor húmedo. A lo lejos, iluminando una aldea lejana, el sol parece anunciar un prodigio… La lluvia plateada continúa su monótono tamborileo sobre las piedras de la techumbre.
-Así las semillas no cuajan – dice Eladio, pero que lle imos facer…
-A terra ten que estar morna pra bota-la semente – agrega María, en su vieja lengua campesina.
(No podría haber otro idioma para expresar los apremios del hombre y su medio, sus logros y frustraciones. Cuando el chato uniformismo franquista pretendió imponer su criterio, prohibiendo el uso del gallego en lugares públicos y documentos oficiales, los campesinos hicieron caso omiso, y continuaron hablando su lengua vernácula).
Cerca del mediodía visito a Ramón Iglesias, viejo amigo de la familia, quien vive en Meixón Frío, aldea contigua. Octogenario, notable de Santa María de Vilaquinte, me recibe con sencillas demostraciones de afecto.
-Pues sí hombre, sí... (es su muletilla, que repite mientras escancia vino añejo en dos copas azules). Nuestra charla se encauza en el tema de los emigrantes, en el recuerdo de numerosos parientes de ultramar... (Manuel, el primogénito, partió hacia la Argentina fabulosa, donde tantos españoles levantaron fortunas con su trabajo tesonero, aprovechando las ventajas que ofrecía un sistema de injustas condiciones sociales. Luego, el resto de la familia emprendió el largo viaje, para asentarse definitivamente en Chile. El ciclo comenzaba una y otra vez; era parte de la vida, como las cosechas, el fugaz verano, y la muerte presentida en las brumas del paisaje lucense. Galicia se hizo tierra de adioses, remota comarca de la nostalgia; de ella heredábamos la intermitencia de un hosco desamparo).
Hay infinidad de historias de aquel prolongado éxodo: narraciones, ensayos y leyendas en las cuales persiste la “morriña”. Pero la existencia en las aldeas ha cambiado, y también la vida del emigrante, cuyas posibilidades se han ido limitando a medida que el fantasma del desempleo se extiende por un mundo en crisis. América ya no ofrece las expectativas de hace cincuenta u ochenta años.
-Pues sí hombre, sí – concluye Ramón, y me muestra ahora, entusiasmado, su biblioteca, antiguos volúmenes en piel y papel arroz, autores ya olvidados: Núñez de Arce, Campoamor, Espronceda; creadores siempre vigentes: Rosalía de Castro, Curros Enríquez, Pondal; una edición de “Estravagario”, de nuestro Neruda, que exhibe con orgullo...
Bajo la fina lluvia, recorremos la aldea de Meixón Frío, a un kilómetro de La Touza. Las casas se hallan remozadas; ventanas de aluminio reemplazan a las de madera, y modernos aparatos electrónicos se alzan junto a las cocinas a leña, salas de baño con azulejos y estilizados artefactos desplazan viejos usos pueblerinos. Los productos agrícolas reciben buenos precios –dice Ramón- y la leche permite el sustento de las familias, pues tiene gran demanda en las ciudades, sea para industrializarla, o para el consumo directo en hostales y restaurantes.
La tierra mantiene la entrañable fidelidad de sus frutos.
Al caer la tarde, las mujeres regresan de las faenas agrícolas. Se ve pocos hombres, la mayoría trabaja en las ciudades, otros han emigrado, perdiéndose en las fábricas de Suiza o Alemania. En los huertos que flanquean los caminos, campesinas vestidas de negro, azadón en mano, hienden la tierra trazando melgas, o cortan el forraje con puntiagudas hoces que manejan vigorosamente. Ellas son la fuerza tenaz que mantiene a la familia unida en el lar. Tal vez por eso, Galicia es una recia matriarca de mirada triste como los ojos de Rosalía.
La lluvia se ha disipado. Un viento frío despeina las copas de los robles.
Mientras espero el autobús, que llaman “coche de línea”, pienso en un doble regreso, quizá por esta condición de jacobeos que llevamos en el alma, peregrinaje de tantos caminos cuyo horizonte es una lumbre mirándonos desde el hogar.
La Casa de A Touza ya está dentro de mí; su cuerpo se adhiere al tacto del pasado, integrándose a otras moradas...
Ahora, lejos de sus campos, los seres con quienes compartí breves instantes e intercambié palabras en el lenguaje irremediable de la soledad, van ampliando ese misterioso rumor donde aún crepita el primordial acento del fuego.
EL REGRESO
Volvíamos, pero no en nuestros pasos, porque los antiguos sueños ya no nos pertenecían, se reencarnaban asumiendo el porvenir con rumor de ajenas nostalgias.
Allí estaba la Casa, instalada en su espacio de eternidad, dispuesta a soñarnos distintos, una y otra vez, como un dios insatisfecho de sus rebeldes criaturas, lanzándolas al juego interminable del azar.
Aquel ciclo –comenzado no sabíamos cuándo ni cómo- parecía cerrarse para nosotros en el turbio cansancio que algunos llaman madurez, y no es sino menesteroso olvido de la infancia, temor a los recuerdos que nos desnudan en medio del camino.
Entonces, desde aquel forzado silencio, las voces de nuestros hijos comenzaban a romper la soledad y el estridor de sus gritos recorría los viejos muros para conjurar la tristeza.
Ellos irían descubriendo y creando sus propios espacios de ensoñación: la Casa originaria que un día se instala a vivir en nosotros para siempre, con su hálito secreto, con su murmullo de luces y sombras amadas, con esos seres encantados que no logramos aprehender, pero que fueron tan reales como las voces que hoy nos apremian y convocan.
Siendo otros, incapaces de reconocernos en la infancia sumergida, comprenderemos que sólo el candor podría restituirnos ese reino donde nuestros nombres no sonaban extraños, donde la voz podía conjugarlos en la secreta palabra que extraviamos...
Regresamos, y todo vuelve a empezar, desde la Casa en que nacimos, en el centro del universo.
AMIGO LECTOR:
Yo había clausurado este libro, allá por 1985, cuando preparé la tercera edición, agregando dos o tres textos…
Y es que el tema se me volvía doloroso; era una suerte de desgarramiento interior cada vez que revisaba sus páginas, porque reconstruir la Casa de los Sueños es tarea imposible, es como contar las olas del océano cuando se han roto sobre la arena, en el beso interminable del mar.
Han pasado veinte años y la Casa sigue hablando en mí. He procurado transcribir sus mensajes en el tiempo, cayendo en la tentación de narrar, como si fuesen nuevas, otras viejas historias. Te las ofrezco, amigo, y ya no soy capaz de prometerte mi silencio. Sabrá el Buen Dios cuando acallar este amoroso balbuceo.
CARTA A MI PADRE
“…Escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré…”
M. Hernández
Sé que estás en algún lugar, Gallego de A Touza, hijo pródigo de las tierras rumorosas de Santa María de Vilaquinte,.
Te escribo, en esta tarde cálida de diciembre austral porque me haces falta, ahora que me vuelvo viejo y voy acercándome a tus años, como un salmón que remonta la corriente hacia la fontana de su nacimiento, que fue en Chile, como bien sabes, aunque la imaginación me lleve a intuir mi nacencia en ese lugar mítico que es la Casa, donde moran las eternas golondrinas de tu infancia…
¿Dónde estás, Padre?, ¿en qué sendas cantan hoy tus pasos sobre la hierba?, ¿en cuáles aguas bañas tu cuerpo ávido de amores?
Nadie me responde, sino el eco de mi propia nostalgia…
Te evoco de pie, junto a la mesa familiar, moviéndote de un lado a otro, como si fueras un incansable peregrino, o un viajero a punto de partir hacia mares remotos… Te recuerdo en medio del jardín, regando la tierra con el agua salada de tu sudor, buscando con los ojos esos verdes infinitos de tus sueños, que dejaras atrás, a tu pesar, cuando despedías los lares infantiles para sumergirte en este cotidiano desgarrarse que nos lleva, implacable y sordo, hacia el último de los caminos…
Pero algo había en ti que nos llamaba a la esperanza, un optimismo hondo, como grito secular de la estirpe, cauce de todos los que viven en nosotros y hablan por nuestra boca con la fuerza de ese viejo Reino de Galicia, donde la Fe de los antiguos es como el alma del granito…
Padre, quiero recordarte que nuestra Madre Fresia va a cumplir, en algunas horas más, sus noventa y dos fructíferos años… Ella es el fuego encendido en el hogar, el pan nuestro y el canto propicio del agua… Tendrás que estar con nosotros, como antes, con un libro abierto entre las manos, o alzando una copa de rojo vino para oficiar los ritos de la mesa, donde aprendimos a comer y a conversar, donde supimos, por la voz diáfana de Mamá, que el valor de las palabras era el mejor regalo de todos los afanes.
Ojalá llegue a tiempo esta carta… Espero que sí, porque mientras escribo, siento junto a mí tu callada presencia, como la sombra benéfica de un viejo carballo.
Padre, todos están sentados a la mesa y tenemos que hablar; son tantas las conversaciones que se quedaron mudas cuando partiste.
Te abraza tu hijo,
Edmundo
EL VIEJO PATRIARCA
Cada 12 de octubre, los primos Elena y José Luis, ofrecen un opíparo xantar a los más asiduos “galleguistas” o “hispanistas” del clan, incluyendo también a amigos que simpatizan con esta “causa” algo trasnochada de la Hispanidad… Este año 2006, en la animada sobremesa, se habló, como de costumbre, de la llegada de nuestros antergos a estas comarcas del fin del mundo. Algunos comensales se refirieron con entusiasmo al “espíritu emprendedor” de quien hiciera de líder o cabeza de familia en la prolongada odisea del desarraigo; asimismo, encomiando la satisfacción de los “triunfadores” que concretaron el “sueño americano”… Merecido elogio, sin duda, sobre todo a quien fue, como el primogénito Manuel, “padre de todos los suyos”. Sin embargo, en su énfasis un tanto maniqueísta, el diálogo alcanzó al abuelo, símbolo del fracaso ante los apremios de la subsistencia, ineficaz proveedor y pródigo incurable, especie de acerbo ícono de la derrota.
Con la prima Elena tratamos de morigerar aquellos trazos blanquinegros, en aras de una caridad ausente en tiempos de ramplón exitismo económico, aplicado a rajatabla en todas las actividades de la vida social y laboral, meta propiciada por una filosofía de tenderos vulgares… Algo de tensión pareció instalarse entre los contertulios, aunque la cordial delicadeza de ambos anfitriones disipó el velo fugaz del desencuentro… José María pulsó la gaita, prevaleciendo en el ambiente el sonoro y antiguo rito galaico, entre nobles licores y brindis propiciatorios “polos que partiran”.
Enseguida, Elena nos regaló su clara evocación:
“Yo creía ver, en los ojos de intenso azul del abuelo, ese mar misterioso de Galicia, del que él me hablaba a veces, con dulce y honda morriña… Era un hombre solo, sin amigos ni interlocutores, castigado por el fracaso, zaherido a diario por la abuela, que se cobraba una revancha corrosiva, no exenta de resentimiento, en esa soterrada violencia de las palabras que suele aniquilar progresivamente el amor conyugal. La familia le fue aislando, como si se tratase de un extraño a los de su propia sangre, hasta reducirlo a un espectro que deambulaba por los rincones de la casa, sumergiéndose en creciente mutismo… Me pregunto ahora qué pensaba el abuelo, hombre sensible y culto, de esos anhelos de ayer que se habían vuelto padecimientos y desesperanzada tribulación en el otoño de su vida…”
Después de las palabras de mi prima Elena, recordé al abuelo.
Tenía yo poco más de cuatro años en aquel invierno de 1945, pero rememoro con extraña nitidez su figura, al fondo del corredor acristalado de Chacra El Olivo. Vestía camiseta blanca, afranelada, de manga larga, pantalón oscuro sujeto por suspensotes y unas raídas zapatillas de levantar… Parecía rezongar el abuelo, por algo reclamaba con unas frases para mí ininteligibles, quizá proferidas en su vieja lengua gallega… Meses después ocurriría su pasamento, a una edad equivalente a la que hoy cargo en mi fardel cronológico.
Después escucharía contar a mi padre historias de su progenitor, con mezcla de afecto nostálgico y cierta crítica conmiserativa… Se narraban cosas poco gratas y menos edificantes acerca de su conducta conyugal y de pater familiae: “gostaba da política e das mulleres; empregaba a maior parte do tempo na caza, unha das súas aficións menos rerprobabeis; xogaba ás cartas cos amigos nas tabernas de Chantada, e cando lle fallaban os cartos, vendía algúns anacos da terra herdada pola súa muller”. Estas negativas apreciaciones me las confirmaron algunos de sus pariente –mujeres todas- de Santa María de Vilaquinte, en mi primer viaje a la casa petrucial. Pero mi padre destacaba otras facetas de su personalidad: se trataba de un hombre educado, ex seminarista en Tui, buen lector y fino escribiente de cartas a los paisanos emigrados en América, encargo éste por el que cobraba algunos cartos a los vecinos que lo requerían. Ajeno a las tareas campesinas, que repudiaba, consumía parte de su tiempo en tertulias donde se discutían las políticas aldeanas. Ocupó un cargo en el ayuntamiento de Carballedo, el que hubo de abandonar con el advenimiento al poder del dictador Miguel Primo de Rivera, en 1923, un año antes de la definitiva emigración de la familia a la América del Sur, con destino a la promisoria Buenos Aires, a donde uno de sus hermanos estaba establecido como próspero comerciante.
Manuel, el primogénito de los siete hermanos (tres mujeres y cuatro hombres) le instó a marchar, con la perspectiva de ocupaciones bien rentadas y la visión de un porvenir halagüeño para todos. Con ese objeto, había establecido contactos previos en Madrid con el hijo de un banquero que se interesaba en fundar empresas de cambio y turismo en Sudamérica. Hubo, además, otra circunstancia que apresuró la partida: el segundo de los varones, Antonio, se encontraba remiso del servicio militar, o quintas, como dicen en España, asunto grave en aquella época, puesto que se libraba la penosa “Guerra de África”, que costara la vida a treinta mil españoles a manos del mítico guerrero marroquí Ab-del-Krim. El presunto “desertor” moriría a los veinte años, en la capital bonaerense, víctima de una peritonitis…
En diciembre de 1924 se embarcaron hacia un desarraigo que sería definitivo; nueve años en la Argentina, y luego a Chile, el último rincón del austro, para fundar aquí, en Santiago del Nuevo Extremo y en Valparaíso, una de las primeras y sólidas empresas turísticas. El morgado o mayorazgo de la familia estableció el clan de los Moure Rodríguez. Como en toda empresa humana, contó también el concurso de la vara de la fortuna, que fue generosa y permitió, a la postre, a dos de los tres hermanos alcanzar un buen estatus económico, haciendo fructificar la esquiva semilla de la prosperidad.
Hoy, desde aquí, vuelvo a ver la estampa del abuelo, en la galería de Chacra El Olivo, y me pregunto: ¿dónde encuentran descanso almas atribuladas como la suya? Quizá la respuesta sea “sólo en el regazo de la infinita misericordia de Dios
ABUELAS
Mi abuela era la rama curvada por los nacimientos,
era el rostro de la casa sentado en la cocina,
era el olor del pan y la manzana guardada,
era la mano del romero y la voz del conjuro…
Mi abuela era la pobreza de los largos inviernos
envuelta en azúcar como humilde golosina…
Efraín Barquero
Durante innumerables generaciones nuestras abuelas se constituyeron en virtuales trasmisoras de la cultura. En ellas estuvo radicada la oralidad, mucho más que en los varones, aun cuando éstos se dieran maña para la exaltación epopéyica de sus héroes, mártires y paladines. Junto al fuego, en los cotidianos ritos propiciatorios del alimento, la voz de las mater familiae convocó, sin artilugios guerreros ni solemnidades teogónicas, a los miembros del grupo, familia o clan, para narrar esas historias sin tiempo que iban urdiéndose en el telar de la memoria colectiva, como gigantesco libro cuya grafía estaba hecha a partir de sones recogidos en el humo, el viento y los pentagramas de la lluvia. Allí nacieron canciones, poemas, leyendas que, en el lento devenir, se transformaron en mitos, para ofrecer a los hombres explicaciones metafóricas de sucesos que excedían su limitado raciocinio,
Si nos remontamos a los albores del siglo XVII, cuando en la Nueva Galicia (Chiloé) se asignaron las primeras encomiendas a familias de conquistadores hispánicos provenientes del Reino de Galicia (Andrade, Bahamonde, Soutomaior, Vera, Varela, Gómez, Castro), podemos imaginar, cuatro siglos después, cómo esas remotas abuelas, anónimas devanceiras, repartieron junto a la hogaza de pan y al pote de caldo, el preciado maná de la palabra, trasplantando las viejas historias que atravesaron en su magín los mares procelosos que les separaban del finis terrae austral, tierra de colosos y monstruos legendarios, donde aquellos relatos, mixturados con las cosmogonías nativas de tehuelches, mapuches y huilliches , adoptarían nuevas formas y expresiones en notable sincretismo.
Dos abuelas rememoramos hoy, aquí, en el Último Reino: la abuela Fresia Ramírez Salinas, de nombre araucano y de prosapias castellana y portuguesa, oriunda de Nancagua, villa huasa del centro-sur de Chile, en 1880, de familia de hacendados; la abuela Elena Rodríguez Grande, gallega lucense, nacida en Santa María de Vilaquinte, en 1878, de origen campesino, emigrada a Buenos Aires, en 1924, con su familia de “labradores propietarios”. Ambas marcarían nuestra época de infancia y juventud, con gracejos muy distintos, pero igualmente motivadores y encantados.
Abuela Fresia hacía gala de fino humor donde campeaba la ironía, matizado con refranes y dichos populares del campo chileno, herencia castellano-andaluza, sobre todo… A mis hermanos varones y a mí nos llamaba a menudo “adorados tormentos”, lo que nos sonaba a extraña paradoja. Un día le pregunté el significado contradictorio de aquella frase y me respondió: “Cuando te enamores empezarás a entenderlo; cuando te cases, te quedará claro”. Entre dichos picarescos, aforismos piadosos y adivinanzas campesinas, nos adoctrinó en los presupuestos de la fe católica, apostólica y romana, refrendados por interminables rosarios, jaculatorias y oraciones para suplicar a esa enigmática Providencia, a menudo sorda ante los humanos requiebros, sus favores y consuelos… No obstante, el testimonio vivo de su fe era garantía de ejemplar coherencia. Recuerdo ahora su noble rostro ornado de blancos cabellos, su mirada clara y chispeante, su voz graciosa diciéndome: “Si quieres que yo te quiera, te has de sahumar con romero, para que te salga el contagio de la que te quiso primero”. De su castellano dulcificado por la prosodia chilena salían vibrando múltiples relatos de mujeres heroicas, bandidos y cuatreros que llenaron los campos del Chile decimonónico con leyendas fantásticas, tiernas o trágicas; entre ellas, las correrías de Ciriaco Contreras, especie de robin hood criollo que asolaba con sus partidas de jinetes armados las haciendas de los terratenientes para rescatar de ellas “el pan robado a los pobres”, según el tácito silabario rural de entonces…
Abuela Elena supo refundar su reino campesino en las eras rumorosas de Chacra El Olivo, propiedad de ochenta hectáreas ubicada siete kilómetros al norte de Santiago del Nuevo Extremo, donde, junto a sus tres hijas, hijos, yernos y nietos, mantuvo encendida la lumbre sagrada del lar remoto, convocando y manteniendo, sutilmente, la unidad del abigarrado clan de los García Moure, Bordalí Moure, Díaz Moure, Moure Navarrete, Moure Oportot y Moure Rojas, en torno a los sencillos ritos de la comensalía gallega. Allí aprendimos los rudimentos da nosa lingua, su prosodia indisolublemente ligada a los sones de la tierra, al agua, al viento, al fuego, a los pájaros, a los animales… Mujer sencilla y abnegada, poseía también rasgos de humor gallego, que solía aflorar en los rituales agrarios, en esas tareas cíclicas que nuestros antergos llamaban ceifas, como la matanza de cerdos o mata dos porcos, que constituía una de las fiestas principales y desaforado condumio en los anchos patios de Conchalí , ocasión en la que nos juntábamos una treintena de coléricos primos para jugar y cometer olímpicas falcatruadas, desde el alba hasta el anochecer. En uno de esos pantagruélicos condumios, una tía chilena, melindrosa y esquiva, simulaba comer muy poco entre bocados de equívoco disimulo. Entonces, desde la cabecera de la mesa, abuela Elena recitó: “Costureira melindrosa/ di que non come touciño,/ e come un porco enteiro/ dende o rabo ata o fuciño”. La risa animó aún más a los comensales, entregados ya por completo a los goces de Epicuro, ese larpeiro griego que no tuvo la suerte de conocer Galicia... Entre los refranes campesinos en que apoyaba su ancestral sabiduría, recuerdo uno que aplicó a cierto pariente cercano, poco dado al trabajo agrícola: “Labrego de moitas feiras, non atende ben as súas leiras”
Había especiales ocasiones para agradar a nuestras abuelas, como ofrenda de la tribu a sus respetables matriarcas… Aprendí de niño versos épicos chilenos para declamárselos a la abuela Fresia: “Veintiuno de mayo, aniversario hermoso/ que traes tan pronto a la memoria/ el hecho más brillante y más grandioso/ que recuerda en sus páginas la historia…”; estrofas arrogantes, de dudosa estética, inspiradas en la Guerra del Pacífico, ocurrida contra Perú y Bolivia en 1879, pero vivas aún para aquellas generaciones nacidas en el último cuarto del siglo XIX… Mi torpe, pero decidido histrionismo, me hacía luego acreedor a doble ración de postres y confites.
Por mi abuela Elena, en su onomástico, yo memorizaba poemas de Rosalía o de Curros: “Adiós ríos, adiós fontes/ adiós regatos pequenos/ adiós vista dos meus ollos/ non sei cando nos veremos…”, o uno de los predilectos de mi padre, joya del poeta civil de Galicia: “Do mar pola orela miréina pasar/ na frente unha estrela, no bico un cantar…” La abuela lloraba su morriña y metía en mi bolsillo un puñado de relucientes monedas; supe entonces que la poesía también puede servir para fines mercenarios… Pero la tarde invernal se llenaba de cálidas excitaciones y abría la locuacidad memoriosa de la Avoa Nai con su enxebre acento de Lugo.
Ahora me pregunto: ¿a dónde se fueron aquellas voces augurales de la estirpe con las que esas mujeres recreaban nuestro mundo, abriendo sus horizontes como mágico abanico? Quizá retornen algún día sus ecos, en otras formas, en otros coloquios, conjugando las sílabas con ese amor que hacía renacer, desde el corazón de la familia, el fuego y la esperanza.
MI PRIMER AMIGO
“Una amistad verdadera es como coger la aurora
en el cuenco de la mano”
A Juan Ramón Méndez Vásquez, Juanra, o Camón, le conocí en marzo de 1947. Habíamos ingresado como alumnos de kindergarten en el colegio Saint John’s Ville Academy, por entonces mixto… No sé bien si fue a causa nuestra, pero al año siguiente el establecimiento sólo iba a recibir señoritas, terminando de plano con la fugaz mixtura… La verdad es que ambos nos enamoramos perdidamente de Sor Teresa, monja preceptora que olía a incienso y a limón, afrodisíaca mezcla de promisorios aromas…
En 1948 éramos compañeros de primera preparatoria en el Welcome School, pequeño colegio privado, que regentaba el matrimonio alemán, compuesto por don Alfredo y doña Eduvigis; ella era la directora omnímoda y omnipresente, y él, sencillo y fino profesor de artes manuales… (Como verán, hace seis décadas ya corría la falacia aquella del “sexo débil”). Constituían la escuela una vieja casona de dos pisos, provista de misteriosas buhardillas en cuyos rincones se guardaba materiales académicos, -aunque algunos alumnos del 4º año, entre ellos el mismísimo Luis Dimas (apellidado Misleh), aseguraban que los propietarios escondían allí mortíferas armas germanas de la recién terminada Segunda Guerra Mundial-, y un patio modesto y arbolado que nos pareció enorme, en la esquina de las calles Macul y Los Tilos (con el correr de los años esta angosta rúa se transformaría en la Avenida Grecia de hoy).
Juan Ramón y su familia: don Juan, doña Elsa, la Meche, la Lucía y la Patricia, vivían en nuestra misma calle, Exequiel Fernández. Entre el colegio y el barrio se forjaría una amistad duradera y luminosa, a través de cuyos cauces compartiríamos los primeros juegos y esos sueños de infancia y pungente juventud que forman la esencia del existir… Camón (apodo puesto por Bernardo, mozo de la casa quinta de sus tíos abuelos en calle Los Tilos, colindante con la entonces Chacra Santa Julia) me enseñó a mí, el Muti (sobrenombre creado por mi tío Pedro Ortúzar) las arduas artes de la bicicleta, aprendidas a costalazos en un gigantesco “catre”, aro veintiocho, que echábamos a correr, por calle Los Aromos, desprovista de frenos y señalizaciones; también aprendí, de sus hábiles manos, los secretos del trompo de cuerda, del volantín y de las bolitas, aunque nunca me destaqué en aquellos lances infantiles, salvo en pichangas con pelota de trapo y en carreras de “larga distancia” que organizaba mi hermano Toño, tenaz articulador de competencias atléticas interbarrio.
Como toda buena amistad que se precie, mi primera pelea a puñetazos fue contra Juan Ramón, con resultado espectacular para nuestros condiscípulos, que observaban en estridente ruedo: Camón perdió un diente y yo quedé con el ojo derecho morado (desde esa época, el lado derecho no me favorece)… Nos dimos un abrazo y nunca más disputaríamos a golpes, ni siquiera por favores femeniles.
En 1955 –ya teníamos catorce años- nuestra familia Moure Rojas “emigró” a la comuna de La Cisterna. Allá llegaba Juan Ramón, fines de semana por medio, para incorporarse a los interminables partidos de baby fútbol en la quinta, donde nos reuníamos una veintena de coléricos camaradas, entreverándonos en furibundos matches del británico deporte de las patadas…
Más adelante, nos iríamos preocupando de los “malones” y bailoteos cheeck to cheeck, con esplendorosas amigas que ya concurrían a casa, al son de boleros y blues latigudos (Nat King Cole, Lucho Gatica, The Platters…), compañeras de nuestra hermana Carmenche, y también amigos que comenzaban a pretenderla, bajo la mirada avizora de los padres, especialmente de Cándido, a punto de enarbolar la escopeta y repartir perdigones a los torpes mancebos, o “jotes”, como les denominábamos...
Pololeos van y pololeos vienen… Camón era precoz e impulsivo y “se iba a las manos” con facilidad… Más de una palmada habrá recibido de iracundas doncellas… Hubo fechorías y transgresiones que perpetramos, junto a otro gran amigo, que se marchó en los albores de sus veinte años, cumpliendo lo que expresara el poeta: “Temprano madrugó la madrugada; temprano levantó la muerte el vuelo”; me refiero a Pepe García, que comparte con Juanra ese lugar de los amigos perennes, cobijados en el secreto cofre del corazón memorioso…
No quiero hablar aquí de “palomilladas” puntuales… Pero voy a contar una anécdota, ligada a la pasión del fútbol, esta suerte de “vicio impune” que tiene al orbe transformado en bola de cuero:
Estábamos una tarde de otoño en la casa de Los Tilos, con el Tati (Elías Yánez, oficial de ejército, retirado, hermano de Eduardo, equitador ilustre y “hombre público”), la tía Maru, la tía Elena, y la tía Artemia, de bondadosa mirada y manos prestas al agasajo, cuya estampa evocaba siglos remotos… Aquellas buenas señoras parecían detenidas en el tiempo, como personajes femeninos de José Donoso (hoy, las tías mayores y las abuelas suelen jugar tenis y practicar pilates, entre un happy our y otro)…
Teníamos planeado, entonces, con Juan Ramón, asistir a la jornada nocturna del Estadio Nacional; jugaban la Universidad Católica y Corinthians, campeón de Brasil… La tía Elena nos ofreció el dinero de las entradas, que era muchísima plata para aquellos mozos quinceañeros… Estábamos felices, cuando ocurrió lo inesperado:
Camón se lió en agria disputa con Bernardo, el mozo mapuche que trabajaba en la quinta. El Beno lo insultó y Juanra cogió un coligüe, que usábamos para varear los higos, y se lo quebró en la cabeza. Resultado: castigo y encierro sin dinero para ambos malhechores (mi nobleza era, ¡ay!, solidaria)… El partido estaba programado para las 10:00 de la noche. A las 9:15, Camón me dice, con acento decidido: -“Igual vamos a ir, huevón, con o sin plata”- -“¿Y cómo? –le pregunté”… -“Nos pasamos por arriba, y se acabó, carajo…” Saltamos por sobre la reja del muro, en un sector aislado donde no se veían “pacos”. Pero el asunto era más complejo: había que sortear el control de las puertas. Intentamos en tres de ellas y, al final, nos dejaron pasar… El partido había empezado hacía veinte minutos…
Nos sentamos en la galería, detrás de una familia de seis gordos y gordas que daban cuenta de majestuoso cocaví: sánguches de pernil picante, patas de pollo, arrollado de huaso con palta, carne mechada y rubicundas longanizas, a caballo de voluminosas y crujientes marraquetas; por si fuera poco, acompañaban el condumio con repetidos tragos de vino tinto y cerveza (¡qué tiempos auténticamente deportivos aquéllos!)… Juanra me miró con enorme tristeza en los ojos, espetándome por lo bajo: -“Estoy que me cago de hambre, compañero”-. -“Yo también, huevón”- le dije, cariñosamente… Decidimos, en un acto heroico de musulmana paciencia, esperar a que terminara el partido y se retiraran los manducantes, dejándonos algo que fuera… olvidado sobre las bancas…
Así ocurrió; una botella de vino a medio vaciar nos llamaba, junto a dos descomunales chacareros, envueltos en coloridas servilletas, que rebosaban de ají verde; los más exquisitos que yo haya comido jamás…
Regresamos tarde, contentos y satisfechos, eructando como mandarines chinos, y nos metimos por la ventana del dormitorio… Nadie se había percatado de nuestra ausencia; todos dormían, incluyendo al Beno, con su cabeza vendada…
De súbito, Camón me pregunta: -“¿Y cómo salió el partido, huevón”- -“Perdió la Católica, dos a cero…”- le respondí”- Entonces Juanra dijo, mostrando sus grandes dientes blancos, en gesto cazurro y pícaro: -“Da lo mismo… Puta que estaban ricos los sánguches”-.
Durante los meses de verano, solíamos pasar una quincena en casa del Tati, en San Antonio, una antigua morada sobre la colina, con aires marinos en su decoración interior, donde brillaba la caoba de las maderas nobles: ojos de buey, una lámpara de señales, una bronceada ancla, salvavidas de cuerdas trenzadas, un lustroso gobernalle (vulgo, timón), recuperado quizá de algún bergantín airoso, y cuadros (marinas) de estilo decimonónico…
Por las tardes, descendíamos a través del bosque de eucaliptos hasta el cine, para darnos un atracón de tres o cuatro películas… Un día, que estábamos solos, a la hora vespertina, instalamos una pequeña sonaja artesanal bajo el cielo raso, en la habitación del Beno. Por la noche, mediante una lienza disimulada bajo el zócalo, hacíamos vibrar el grosero cascabel, interrumpiendo el sueño del desesperado mozo…
A la mañana siguiente –las diez serían-, entró el Tati en nuestro cuarto, echó atrás los cobertores, propinándonos sendos correazos. Por si fuera poco, nos quedamos una semana con prohibición absoluta de bajar al cine…
Bueno… la verdad es que nos arreglamos para ingresar un par de veces, sobornando al portero con un providencial vino sustraído de la despensa…
Años más tarde -sería por los 60’- Juan Ramón comenzó a trabajar en el sur y le veíamos los fines de semana, cuando llegaba a la casa de La Cisterna, conduciendo una camioneta Ford… Después de agotadoras pichangas, salíamos a divertirnos, a veces en juntas non sanctas, pero así era la vida y la juventud y los imperiosos deseos de tragarnos el mundo…
Allá por 1966 (las fechas se me difuminan hoy en la memoria), Juanra se marchó al “continente del porvenir”, la mítica Australia de las promesas doradas; había trabajado en el Banco Sudamericano, de Santiago de Chile, pero estaba inquieto, como siempre, hastiado de la mediocridad funcionaria… Varias veces cenamos juntos, en su casa o en la mía, recién casados, compartiendo parecidos anhelos…
Partió con su mujer, Pachi, y sus hijos pequeños, Juan Ramón y Gonzalo, y nos volvimos a ver cuarenta años más tarde, en casa de Patricia y de Ignacio –camarada éste también de fechorías en la señorial Ñuñoa de los 50’, que sigue haciendo honor y cúmplase a su apellido Alegría-… El tiempo es implacable y nos cobra sus tributos, con multas e intereses, como la peor entidad financiera… Camón se veía cansado, con su tercer matrimonio a cuestas y mucha vida pasada bajo sus puentes. Nos abrazamos, como viejos camaradas que hubiesen vuelto de la guerra; nos despedimos “hasta la próxima”. Le regalé mis libros, “Gente de la Tierra”, y “La Voz de la Casa”, en cuyas páginas él está retratado con otro nombre, quizá para evitar represalias tardías…
Ayer conversé con su hermana Patricia y me contó la triste verdad: Juan Ramón Méndez Vásquez cruzó el puente hasta la otra orilla, tuvo su “pasamento”, como decimos en lengua gallega, para significar el tránsito sin retorno…
Anoche soñé con Camón; me preguntaba:
-¿“Vamos a ir de nuevo al Estadio, amigo”?-
-“Sí, compañero, vamos a ir, aunque tengamos que saltar todas las murallas…”
JEAN MENARD, “TITÍN”
A los Menard Atías, a los hijos de Jean,
a toda la estirpe de esa buena Casa.
Los Menard Atías eran vecinos ilustres del Paradero 27 de la Gran Avenida… Por los años 50 conocí a Sonia; a Paul y a Erick, condiscípulos del colegio Don Bosco, con los que compartimos deportes varios y la inveterada pasión del fútbol… Jean, el Titín, era algo mayor que nosotros y muy temprano se involucró en incipientes juegos amorosos, aprovechando su pinta de actor de cine y un gracejo verbal de buena cuna, que le vendría -digo yo- de la rama de los Atías, donde destacaba el tío Guillermo, novelista notable, animador de la intelectualidad chilena; y de su padre, don Esteban, caballero de inagotable conversa… Con el correr de los años, me hice amigo de Jean y comenzamos a compartir algunos sueños, ideológicos y literarios. Él escribía –siempre escribió-, tenía excelente manejo de la pluma y un humor incisivo y fino, nada de común entre los chilenos. Empleaba con acierto la ironía, para burlarse de los poetas siúticos (cursis) que pululaban en nuestra fauna literaria, abusando de imágenes y sustantivos exóticos, escribiendo “alondra” y “ruiseñor”, avecillas canoras del hemisferio norte, para preterir a los modestos jilgueros, gorriones y zorzales…
Mezclando letras y números, trabajé como contable en Menard Hermanos, con Paul y Jean. Con este último participábamos en las áridas tareas de los libros de cuenta, pero nos dábamos maña para atenuar las asperezas apelando al humor, a la broma oportuna, al chascarro mordaz, no siempre -¡ay!- comprendidos en los ámbitos de gerencia… Solíamos largarnos a comer codornices a un bar de la calle Pío Nono, con su correspondiente entrada de camarones, locos o machas a la parmesana… Y sus buenos blancos, de la mejor cepa… Eran años de vacas gordas para las empresas constructoras bien posesionadas en el mercado, aunque a nosotros –a Jean y a mí- no nos hubiese faltado un buen condumio ni en tiempos de aciaga crisis, aunque fuese en compañía de vinos mediocres de la cepa cartonet, a la que solemos recurrir a menudo.
Jean amaba a los suyos, en especial a sus hijos, a los que aludía constantemente con especial ternura. También mencionaba a Esteban padre y a Julieta madre, relacionándolos, de preferencia, con la casa de Horcón, en donde pasamos muchos veranos, gracias a la buena disposición de esa dama incomparable y gentil que fue Julieta Atías. Jean narraba con fruición historias de la vieja caleta hippie. Conocía a sus más conspicuos moradores y a los intelectuales que la visitaban. Por aquellos años, un asiduo de Horcón era Enrique Lafourcade, quien acompañaba a Luis Oyarzún y a otros connotados literatos ya desaparecidos y olvidados. Después de su novela “Pena de Muerte”, el controvertido Lafourcade fue declarado “persona non grata” en el balneario y se puso precio a su cabeza –bueno, como a una cabeza de congrio con la que se va a cocinar un caldillo-. Jean me contó el motivo: había ocurrido un asesinato que involucraba a varios gays de la high society chilena y el novelista de marras construyó una narración en la que dejaba mal parados a varios vecinos famosos de Horcón.
Jean instaló un bar que llevaba su nombre y sonaba bien, como le gusta a nuestros afrancesados burgueses (bueno, ahora agringados), el Jean Bar, en Apoquindo, a donde concurríamos con un grupo de compañeros de Moure y Cía., con nuestro cuñado Eduardo, quien trabajó varios años con Jean y Paul… En ocasiones, yo fui acompañado de alguna bella fémina, asunto riesgoso, porque la coquetería masculina y sus maneras corteses nunca abandonaron a nuestro amigo Jean, conquistador inveterado y galán de circunstancia…
A los años de prosperidad sucedieron tiempos grises y de muchas limitaciones. Jean fue envejeciendo (a todos nos pasa, carajo) y su figura se tornó gruesa y pesada, mientras la calvicie inundaba su ancha testa. Se fue a vivir a la vieja casa de Horcón y sólo nos veíamos esporádicamente, cuando venía a Santiago a vender esos primores del océano que tanto le gustaban. A veces nos dábamos tiempo para beber una cerveza (algunas), un vino (varios) y conversar la amistad como en los viejos tiempos. La última vez fue allá por el año 1999, en que comenzamos una gira breve en el Bar Amigo, a eso de las siete de la tarde, para seguir en El Timón, con la esperanza nunca perdida de enderezar rumbos; de ahí pasamos a El Martirio, y ya sumidos en los destellos blanquiazules de la madrugada, concluimos en El Santo Remedio… No remediamos nada, ni siquiera la sed compulsiva, pero nos reímos de nosotros mismos, de la esquiva fortuna y de las miserias que a menudo llevan rostro humano.
En algún lugar estarán guardados sus escritos; había cuentos y poemas, muchos textos de buena factura literaria. Quizá pudieran recuperarse y publicar con ellos un libro póstumo. Sería un sencillo homenaje a su memoria, para quien amaba las palabras y les hacía honor, conversando como los antiguos tertulianos de otra época, de los años 60 y principios de los 70, antes de que cayéramos en la “larga noche de piedra” que, entre otros crímenes mayores, clausuró los templos de Baco...
No creíamos en el paraíso etéreo de los militantes de Dios. Imaginábamos un edén con diálogos interminables, con mujeres bellas y hospitalarias, de esas que elogiaba Antonio Machado, con mesas bien servidas y vinos de rancia etiqueta. Quizá debimos hacernos musulmanes, para gozar el paraíso de las huríes… Te veo sonreír, Jean; sí, es un chiste dudoso… Pero nos reencontraremos, compañero, en algún lugar sin tiempo donde se haya proscrito el egoísmo y se hayan desterrado las vanas y aparatosas genuflexiones con que nos fuerzan a vivir de prestado...
Pero antes de despedirme hasta la otra orilla, amigo Jean, te mando estos versos que te gustan, de ese gran camarada de bohemia que se llamó Jorge Teillier, con quien, más de alguna tarde, libamos en loor de la vida perecedera, esa eternidad efímera que canta en las copas:
Un día u otro
todos seremos felices.
Yo estaré libre
de mi sombra y mi nombre.
El que tuvo temor
escuchará junto a los suyos
los pasos de su madre,
el rostro de la amada
será siempre joven
al reflejo de la luz antigua
en la ventana…
UNA BODA EN VILAQUINTE
“Hay una Casa de laurel y sueños…” (Xulio L. Valcárcel)
Es sábado en Santa María de Vilaquinte , comarca de Carballedo, al sur de Lugo. Los novios, Joachim Weber y Ana María Moure, llegan a la parroquia, en una mañana tibia y jubilosa, animada por el ajetreo de las mujeres que preparan los arreglos ornamentales en la pequeña iglesia románica de piedra nativa… Joachim y Ana María van a ser consagrados como marido y mujer en el mismo templo donde fuera bautizado, un lejano 25 de febrero de 1912, el abuelo de ella, Cándido Moure.
Ana María es chilena y también española, en esta curiosa dualidad jurídica de patrias, no siempre recíproca en los afectos… Joachim es alemán, y ambos, que se conocieron en Madrid, eligieron la pequeña iglesia que se asoma al verde valle, en la Galicia profunda, como si el sacramento fuese el eslabón que los vincula con el origen gallego del abuelo. El gesto ritual y la voluntas anímica de la búsqueda de las antiguas raíces es una constante en la familia de los Moure-Rojas y en su numerosa descendencia.
Cándido padre –ya se ha dicho muchas veces- dejó a sus ocho hijos una inolvidable herencia: el nostálgico amor por el villorrio de La Touza, cerca de Vilaquinte, y un cariño entrañable por la nación del noroeste atlántico… Un clan, quizá una tribu completa que vive escindida entre dos confines, alimentando una doble nostalgia que se prolonga por once mil quilómetros de distancia entre mares y montañas.
El cura Luis recorre los villorrios de la comarca cada domingo, por la mañana, oficiando misa como lo hacían los jesuitas, hace trescientos años, en la Nueva Galicia, Chiloé. Administra los sacramentos a la escasa feligresía de las parroquias campesinas. Hoy, antes de iniciar la ceremonia, advierte que dirá la misa en castellano, por respeto a los invitados que acudieron de Alemania y de Sudamérica… (Este cronista recuerda las misas en gallego escuchadas al clérigo Luis, uno de los pocos de su ministerio que entiende la necesidad de sus feligreses de que se les entregue la palabra de Dios en su lengua vernácula).
La bendición de los novios se impartió según antigua tradición: primero las alianzas, después se escoge trece monedas de distinta procedencia… De súbito se escucha –para sorpresa de los contrayentes y de casi todos los que asisten- la inconfundible voz de Amancio Prada, que canta “Gocémonos Amado”, magistral interpretación poético-musical de San Juan de la Cruz. Luego de la ceremonia de unión, Amancio ofrece otra canción, basada también en la poesía de San Juan de la Cruz.
Mario Moure, el emocionado padrino, lleva a la novia hasta el altar en representación de su padre, nuestro hermano Eugenio –el primero que descubriera la casa paterna-, y se dirige a los presentes:
“Amigas y amigos de esta entrañable Galicia, nuestro padre nos transmitió el amor por esta tierra, por sus costumbres, por su lengua y por sus gentes. Cándido fue un permanente embajador, en el sentido más amplio de la palabra, de su “Galicia profunda”… En su fardel campesino le acompañaban Rosalía, Curros, Cabanillas y Pimentel; asimismo Juan Ramón Jiménez y García Lorca, y el viejo e inmortal Cervantes, que nuestra madre chilena, Fresia, leía en las encendidas sobremesas…”
“Permítanme, Ana María y Joachim, en nombre de María Eugenia y mío; de mis hermanos y de mis hijas, de Eugenio -tu padre- y de tus hermanos; de tu abuelo Cándido, que te sonríe desde ese cielo gallego que nos enseñó Castelao, bendeciros, pidiéndole al Buen Dios que colme en vosotros la copa de la felicidad y que continuéis siendo buenos, apoyados en ese pilar fundamental que será la nueva familia que estáis germinando, sin olvidar jamás las raíces y los antepasados que os han dado la vida…”
Las palabras de Mario son coronadas por la canción “Adiós ríos, adiós fontes…” en la voz de Amancio, momento en el que las emociones contenidas se desbordan en suspiros y sollozos hechos de alegría y de saudade… Los aplausos resuenan dentro y fuera de la iglesia como agorera lluvia estival.
Julia, nuestra prima de La Forja organizó muchos de los detalles de la boda, ayudada por sus sobrinos e nietos. Sobre todo los preparativos del almuerzo, que es magnífico, digno de gourmets como Álvaro Cunqueiro y de tragaldabas como nuestros primos mayores de Chacra El Olivo, al norte de Santiago de Chile… Una mesa interminable donde el condumio se vuelve, en sí mismo, fiesta de aromas, sabores y colores hechizantes. Los vinos llegaron de La Rioja, de Chile y de la bodega de la casa, para verter su líquido encanto en labios y gargantas…
De Chile pueden verse, en el sagrado altar de los manjares, a Mario y María Eugenia, Juan Luis, Fernando, Pía y José, María Jesús, María Ignacia… Ana María Pino, la madre de la novia, su sobrina Paola… De Alemania: los padres y los abuelos de Joachim, sus primos y amigos que vinieron de Colombia, México, Madrid, Sevilla… De Villaquinte: Julia, nuestra maravillosa anfitriona de siempre -Madre de madres, hermana de todos- y sus nietos Eva y Rubén; los Bouzo, Celita; los hijos de Eladio y María –éstos, ángeles guardianes de la Casa de La Touza por muchísimos años-, los Rodríguez: Lola y Luis; los Grande; Pepe, Amparo y sus hijos… Amancio Prada y su compañera, junto a los jóvenes esposos…
No hay duda que estaban también los antepasados que ya partieron: Cándido, Naulina, Alicia, Elena, Manuel, Antonio, José María; los abuelos Cándido y Elena, el propio Eladio, que falleció hace cinco años y que siempre nos abría el portal de la Casa, para que los hijos pródigos completasen la inacabable peregrinación de las generaciones, golondrinas del Sur que regresan cada año al nido del Norte, para que el hilo de la nostalgia siga uniendo los corazones más allá del mar, “más allá del más allá”, como decía aquel lúcido poeta de Lugo…
Una boda en Vilaquinte que fue como un sueño hecho realidad en la conjunción mágica de nuestros finis terrae Atlántico y Pacífico.
PROVIDENCIA POÉTICA
Para Anxos Sumai
“La poesía es un arma cargada de futuro”
Gabriel Celaya
Fue una tarde de septiembre de 1973. Habían transcurrido diez días desde el cruento golpe militar y de la muerte del “compañero Presidente”, Salvador Allende. Estábamos bajo riguroso “toque de queda”… La casa permanecía en hosco silencio, mientras escuchábamos por la radio los luctuosos sucesos… Se sucedían los bandos militares, las amenazas y proclamas “antimarxistas”… El miedo penetraba hasta lo más íntimo, como peste negra… Llamaron a la puerta de nuestra casa, sita en La Cisterna, al sur de Santiago del Nuevo Extremo. Antes de abrir, miré por la ventana. Eran tres uniformados en tenida de combate. Irrumpieron sin mayores preámbulos: un oficial de infantería y dos jóvenes reclutas que apestaban a pisco… (Se les hacía ingerir una mezcla del fuerte licor nortino –más peruano que chileno- con algo de cocaína; era la pócima del coraje cuartelero). El teniente portaba una metralleta sueca, y los dos milicos, sendos fusiles yanquis de reciente fabricación (Nixon mediante).
-Haremos un registro- me espetó el mílite. (El día anterior, sábado, un grupo de combatientes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria había atacado la comisaría policial del barrio, matando a cuatro carabineros; una de varias escaramuzas contra el descomunal enemigo que les llevaba una ventaja de cien a uno, puesto que en Chile no se produjo ni siquiera un conato de guerra civil. El cuartelazo fue brutal y sanguinario, y la resistencia armada se circunscribió a un puñado de auténticos suicidas, que carecían de instrucción militar básica y de armamento propicio).
Los soldados ingresaron, hurgando en todo lo que les pareciera sospechoso (yo había sido director de la casa de la cultura del ayuntamiento, un subversivo en potencia…); registraron armarios y otros muebles, dieron vuelta las ropas de cama, removieron todos los objetos a su paso. No había armas, aparte de tantas palabras guardadas en las cartucheras de los libros…
El teniente quiso revisar la habitación “de servicio”. La usábamos como improvisado escritorio y andel literario. Encendí la luz. Desde el muro nos miraba Ernesto Che Guevara: un retrato en reluciente cobre chileno, regalo de mi amigo socialista, Carlos del Real. En la biblioteca destacaban los verdes tomos empastados de Editora Austral, con obras de Maquiavelo, Bakunin, Lenin, Engels, Marx, y otros autores diabólicos… (Yo no tuve la precaución de esconder aquellas terribles pruebas del delito). Recordé que en casa de un escritor amigo habían requisado “La Rebelión de las Masas”, de Ortega y Gasset, y “La Revolución en el Amor”, best seller de una gringa cuyo nombre olvido… El trámite habitual de una requisa incluía destrucción de enseres, robo de especies y, por supuesto, vejámenes a los moradores.
Se produjo un espacio de silencio, nada angélico, sino más bien angustioso y sofocante... El militar me miró con fijeza; transpiré, esperando un terrible desenlace; entonces, habló para decirme: -Se ve que a usted le gusta la literatura… Sí –le dije-, casi en un suspiro, -es mi razón de vivir. Hubo una pausa, aligerada como el vuelo de la golondrina. –Yo tengo un tío escritor- agregó el oficial, con voz serena, casi meliflua en la tensión acerada de la tarde… -Es mi tío, poeta del sur, Antenor Guerrero…
Me volvió el alma al cuerpo y el habla a la memoria. –Aquí tengo su mejor libro- le dije, y extendiendo el brazo hacia el andel, extraje el bello poemario “Hondo Sur”. En la portadilla estaba escrita una afectuosa dedicatoria a este escriba que ahora cuenta aquella hiswtoria… El oficial sonrió, aquiescente, amigable, humano por encima de sus violentas ferreterías; me habló con emoción admirativa de su tío Antenor, confesó, como un oscuro pecado, su propio interés por la literatura… Abrí el libro y leí algunos versos, al azar: “Las palabras del bosque/ traen rumores de la lluvia/ Ha volado el tiempo de tus ojos/ como el colibrí que esquiva las aguas de mayo/ Tu corazón es una hoja que estalla/ al caer/ en el silencio del follaje…” Los ojos del teniente se llenaron de lluvia… A punto estuve de abrazarle, pero no habría sido ético ni menos “políticamente correcto”… Pensé en regalarle mi primer poemario, “Ciudad Crepuscular”, pero qué podía escribirle en la dedicatoria que no me pesara después en las alas del remordimiento… Me abstuve, aguardando sus últimas palabras.
Al salir, en la acera, me dijo, con mirada candorosa: Gracias por su acogida… Ha sido un gusto conocerle… Permítame recomendarle algo, sin ofenderle, claro… Mire, guarde ese poster del Che; puede traerle problemas, nunca se sabe…
Le vi alejarse, con sus dos conscriptos en patética escolta. Pensé en Antenor, en Neruda, en Juvencio Valle, en Jorge Teillier, en los poetas del sur lluvioso y mágico de Chile, donde la poesía crece como helechos de un bosque interminable… No sentí odio ni resentimiento, a pesar de que la patria de todos se precipitaba en un agujero negro, en esa longa noite de pedra que iba a durar diecisiete larguísimos años.
Tuve entonces la certeza de que la Divina Providencia velaba por la poesía y continuaba siendo, pese a todo, una entidad sobrenatural proclive a las izquierdas.
¡Oj Alah!
RETRATOS DE MEMORIA
“Un buen retrato debe hacerse
con pocas pinceladas.”
Pablo Picasso
Vaticinio
Para Toño Moure, en su cumpleaños 69
… No sé, Toñito, cuándo nació en mí el amor por las palabras… Quizá fue en los días de Ñuñoa, cuando leíamos a Salgari y a Zane Grey y tú recomendabas lo mejor… Sólo puedo decirte que ha sido mi única fidelidad, nunca transgredida.
Recuerdo que un día de 1951, entró en mi dormitorio don Severo Valderrama, amigo de Cándido, radical y masón (nunca bombero), hombre que parecía irradiar ese humanismo laico, tolerante e insuperable, que los radicales nos dejaron, junto con un estilo de convivencia democrática que ha mucho perdimos en este país de pequeños autoritarios irremediables… Yo estaba armando mi primera biblioteca, en precario anaquel de tablas de pino, y, mientras ordenaba aquellos libros de aventura que olían a embriagadoras proezas, don Severo me preguntó:
-¿Te gustan mucho los libros?
-Sí, le dije, mucho…
-Vas a ser pobre, entonces- me dijo, y abandonó el cuarto.
Fue vaticinio perfecto, aunque a mí, hermano, me cuesta mucho asociar los libros con la pobreza.
El Verbo Creador
Para Maximino Veiga López
Se nos enseñó que “En el principio era el Verbo y el Verbo era Dios, y todo lo que fue creado, por la Palabra fue hecho…”
El poder de la palabra creadora surgía de Dios, quien nombraba seres y cosas y éstos alentaban, plenos de vida y existencia, bajo esa voz amorosa de conjugaciones...
Decimos –entre tantas reflexiones que de aquello se coligen- que lo que carece de nombre no existe… Por eso los poetas (lo afirma Vicente Huidobro) se parecen a Dios: “el poeta es un pequeño dios”, porque trata de recrear el mundo a través de la metáfora o de la imagen que descubre “lo que otros no ven”… Neruda contradice: No, el poeta no es un pequeño Dios; es un artesano, como el que fabrica el pan o el que forja el hierro; un hacedor de sueños por la palabra.
La Biblia (el Libro de los libros) fue escrita por hombres, mas la fe religiosa nos dice que el Espíritu de Dios sopló en el oído de aquellos vates, profetas, guerreros, pastores y conductores de pueblos… Pablo de Rokha la leyó –la leía, porque su lectura es interminable- como un gigantesco poema hablado, y se llenó de sus metáforas, que son insuperables, reinventándolas con acierto.
La palabra nos fue dada para amar y para crear… Ella es un instrumento maravilloso y también un arma que puede ser letal, ya sea en el odio o la mentira… Bertoldt Brecht alertó: “La palabra es el peligro de los peligros para el hombre”.
Digamos hoy, hermanos, “esperanza” y “golondrina”, para que abra de nuevo sus ventanas la primavera…
La Epístola
A nuestro hermano Eugenio, en sus 64’
La epístola es un género literario de ilustre estirpe, hoy poco empleado, aun cuando algunos lo confundan con el “chat”, ese ramplón “balbuceo lingüístico” o “cacareo virtual”…
Nace de la raíz griega “episteme”, que significa conocimiento. Sería, pues, un medio escrito para comunicar lo que se sabe. Las epístolas de San Pablo, que escuchamos en los rituales de la Misa, son tan célebres como didácticas.
Hace treinta años, Eugenio escribió una carta, dirigida a Cándido y a Fresia, desde Vitoria, País Vasco, narrando su hermosa y emotiva experiencia del “descubrimiento” de la Casa de A Touza, Santa María de Vilaquinte, Lugo, Galicia, donde nacieron los siete hermanos Moure Rodríguez, emigrantes a la América de promisión, en 1925. Esa epístola fue como un nexo mágico, el eslabón de la memoria, para los Moure Rojas.
Era aquella una bella epístola que me sirvió de motivadora introducción del texto “Nuestra casa al otro lado del mar”; sus hojas manuscritas deben estar entre los papeles que nuestro padre guardaba secretamente…
Ubi sunt, decían los romanos: ¿Dónde están?
Epifanía
“Todos los tiempos viven en la semilla”
Octavio Paz
Para Kitty y Joachim.
Si nos remontamos a los signos de la infancia, el que nos llena la memoria es el de los nacimientos, la luz de aquellas criaturas que surgían en tan breves espacios de tiempo, sus llantos matutinos o nocturnos, que no eran tristes, sino que alborotaban el hogar con alegres demandas y filiales apremios, entre la curiosidad y la esperanza…
Hemos sido afortunados, porque el regalo de la vida se abrió para nosotros como flor interminable entre muchas primaveras… Quizá no supimos agradecer lo suficiente por esa felicidad que sentíamos nuestra, como el pan cotidiano en la ancha mesa de los sueños familiares, pero todo regalo verdadero viene envuelto en los aromas de la gratuidad, y sólo después tratamos de entender el milagro de sus primicias.
Nuestra entrañable Kitty y nuestro querido Joachim han sido tocados por este misterio de la vida que se extiende y perpetúa… También los hijos Mauricio y Valentina, según noticias del chincol vespertino: “Han visto a mi tío Agustín, con un zapato y un calcetín…?”
¿Qué decir, cuando tiembla de gozo el corazón y las palabras se llenan del agua dulce de los nombres amados?
Gracias, nada más… Y que venga el nuevo hijo de los hijos, con su canto y con su espiga bendita.
Memoria y Barbarie
En octubre de 1971 fuimos a Pichilemu, aprovechando unos días de solaz, entre el 12 de octubre y el fin de semana… Karen tenía cinco años, Michelón iba para los cuatro y el Mono estaba aún en la morada acuosa de su madre… Nos alojamos en el restaurante “El Viajero”, que ofrecía “pensión completa”… Ningún paisano del viejo “Far West” hubiera desconocido la nobleza de semejante lugar.
Conocimos los pueblos vecinos del viejo balneario, sobre todo Cáhuil, donde está la laguna embrujada y las salinas; todavía se extrae allí la sal de Neptuno... En el bar de Cáhuil nos sentamos a beber vino “Macaya” y a paladear unas empanadas de campo, con carne picada… Recordemos –los treintañeros de entonces- que en Santiago y otras grandes ciudades se vivía la escasez de productos de “primera necesidad”… Allí, en cambio, no parecía faltar nada…
Dos huasos borrachos bebían acodados en la barra. Michelón se acercó a ellos, quizá atraído por el brillo de las espuelas… De pronto, un grito nos alertó. Los hombres se enfrentaban con sendos cuchillos en ristre; en medio de ellos, el niño los miraba, alternadamente, con el divertido asombro de sus ojos claros… Corrí y lo saqué en vilo, mientras otros parroquianos separaban a los contendientes. (Karen y su madre estaban en la pensión).
Por la noche, en el patio de la cantina, nuestra anfitriona de “El Viajero” degolló un cordero lechón. El tajo fue perfecto y la sangre rebalsó un ancho recipiente enlozado. Me dieron a beber el ñachi, que es la sangre del sacrificio, en ancha taza, a la que agregué cebolla picada, cilantro y limón… Aunque no repetiría hoy la experiencia, lo encontré exquisito… La fiesta duró hasta la madrugada y las últimas libaciones fueron de chupilca, que es el vino con harina tostada y azúcar, convertida en eficaz desayuno.
Años después encontré un libro usado, “A pie por Chile”, memorias de ese gran caminante que fuera Manuel Rojas. Describía Cáhuil y su cantina, narrando una violenta riña de cuatreros en la que un niño resultaba herido… Rememoré aquel viaje, pensando en antiguos sacrificios y en los desamparos que están más allá del olvido.
Caballos
El caballo es animal extraordinario. Acompañó al hombre en las faenas, en los viajes, en las batallas, en las migraciones y conquistas… En numerosas proezas, históricas o mitológicas, destaca un corcel legendario: la Babieca, del Cid Campeador; Rocinante, del Caballero de la Triste Figura; la negra cabalgadura de Mahoma; el albo corcel de Napoleón; el potro de Calígula, erigido en dios por su enloquecido dueño…
¿Recuerdan, viejos y antiguos samplegorianos, al “Canario”, ese rocín de potente alzada, que Cándido ganó a las cartas en Camarico y que fue uno de los caballos de la infancia?
Porque estuvo también el “Indio Manso”, bello alazán de Chacra El Olivo, que no fue indio ni mucho menos manso, y que nuestro padre montaba airosamente.
Hay la estética ecuestre, porque las formas armónicas del caballo sugieren parámetros de belleza clásica; también dan pie a una erótica, porque muchas culturas lo consagran como ser de traza y aprontes voluptuosos y lúbricos…
Julio César escribe una carta a Caio Junio, su pretor en la Gallaequia: “¿Por qué los corceles que me envías desde el Finisterre son tan veloces?”… Y el subordinado le responde: “Porque aquí a las yeguas las fecunda el viento”.
Animales
Quizá influidos por la lectura de las fábulas de Iriarte y Samaniego, bellamente ilustradas por Gustavo Doré, como el Quijote que amaba Cándido, nos habituamos a motejarnos con nombres de animales… Ya se mencionó el calificativo de Burra, endilgado sin misericordia a este modesto escriba, todo por unas pataditas que alguien recibiera –merecidas, por supuesto- en los anchos espacios de la quinta.
A Juan Luis lo bautizamos como Coipo (huelgan explicaciones); a Mario, Loba Marota, aludiendo a cierta lobezna domesticada en La Touza, por los Moure Rodríguez… Lo de Mario era porque se quejaba o reclamaba con lupina entonación gutural. (No sé si ahora aúlla en las noches de plenilunio).
A Enrique Bravo, condiscípulo del Don Bosco, le decíamos el Perro, que le quedaba bien acompañado del apellido adjetival, y le venía a cuento por lo “aperrado” para jugar fútbol, aunque no daba pie con bola, pero sabía morder tesoneramente las canillas enemigas…
Hubo animales muy humanos, como el Coffee, perdiguero blanquimarrón que abría las puertas con extremada habilidad, destapaba las ollas con notable sigilo y extraía, sin derramar una gota de caldo, presas de cazuela y otras primicias del condumio… El apelativo Coffee se lo imputamos a los más “calentones”, porque el can de marras le encimaba a todo bicho que se moviera, incluyendo gallinas, patos y gansos… (A mí también me han llamado Coffee, y no me explico por qué)…
Me acuerdo de nuestros perros de Ossa 0122 -¿verdad, Mono?- Marcial y Horacio… Me faltó un tercer can, que iba a llamarse Cátulo… Así completaría yo la trilogía de Poetas Latinos, vueltos perros, fieles y muy domésticos… Otra manía literaria, ¿Qué lle imos facer, compañeiro?
Recuerdos Olímpicos
En octubre de 1948, Cándido gallego nos llevó –a Toño, Carmenche y a mí- a la “matinal” del cine Dante, en Plaza Ñuñoa, donde solía invitarnos los domingos por la mañana. Ese día, se estrenaba un documental sobre los Juegos Olímpicos de Londres, que se desarrollaron en julio de aquel año. Fueron los primeros después de la guerra; los últimos, antes del horroroso conflicto, habían sido los de Berlín, en 1936, presididos por el Führer y todos los próceres iracundos del nacionalsocialismo. Hitler había apostado por la demostración de la supremacía aria en aquella competencia olímpica… Su frustración fue mayúscula, cuando tuvo que tragarse los espectaculares triunfos de un atleta estadounidense, para mayor desgracia teutona, negro, Jesse Owen, que venció, “mirando para atrás”, a sus rivales rubios y lechosos, obteniendo cuatro medallas de oro en 100 y 200 metros planos, en la posta de 4x100 y en el salto largo, donde apuntó un record mundial: 8 mts. y 9 centímetros, marca que recién sería superada treinta años después.
El film de los Juegos de Londres era maravilloso; aún guardo, en mi porfiada memoria, muchas de sus imágenes… Delfor Cabrera, fondista argentino, ganó los 10.000 metros planos, y la maratón con record olímpico, en una carrera alucinante… Salimos del cine, emocionados y airosos, atletas virtuales del entusiasmo físico… Llegando a casa, Toño cogió un cuaderno y anotó cifras y marcas; luego me dijo: -El próximo fin de semana haremos nuestras propias olimpiadas… Y las organizó, con la decidida participación de amigos y vecinos… Tuve entonces una de mis primeras grandes frustraciones. Yo iba segundo en el lanzamiento de la bala, cuando le tocó lanzarla a Sarita Valderrama, pequeña y fuerte; el implemento voló, cayendo un metro más adelante de mi marca… Supe entonces, y lo sabría para siempre, que el “sexo débil” es una mentira de los publicistas… Pude haber pololeado con la Sarita, pero aquella humillación se hubiera interpuesto en la pista cálida de los amores.
(Al año siguiente se promulgó la ley del voto femenino, uno de los tantos aportes del Gobierno Radical a la democracia chilena, acto de justicia reparadora que contó con la oposición -¡cómo si no!- de los conservadores… Ellas adquirieron el derecho al sufragio universal; el derecho a voz ya lo tenían, qué duda cabe)…
El último campeonato de atletismo nuestro fue en el mes de enero de 1961. Recuerdo que construimos un buen foso de saltos, con arena y aserrín para morigerar los porrazos… Nos hicimos de unas garrochas de coligüe y el mejor en el salto fue nuestro querido Pepe García, campeón de 100 y 200 metros planos y de lanzamiento del disco (ya conté que el Tatino Contreras, campeón juvenil de lanzamiento del martillo, rompió el gallinero de una vecina y descalabró media docena de aves, estropicio que tuvo que pagar nuestro padre, con gran espíritu olímpico).
He visto muy poco de los últimos Juegos Olímpicos, por la diferencia horaria, claro… Espero conseguirme pronto un video resumen. Me gustaría verlo con Cándido, y que volviera a comprarnos barquillos y esos chocolatines con menta que regalaban la dulce nostalgia de los domingos…
Tardanza en Condicional
Se demoró mucho el Mono en articular esta ventana cordial en Internet llamamos Samplegorio (curiosa palabra de origen venezolano, al parecer, que significa “fiesta jubilosa”)... Tendría que haberla inaugurado en 1976… Así yo no habría andado golpeando puertas de editoriales, cotizando en imprentas, consiguiendo préstamos para editar mis cuartillas y publicar mis infundios… Hubiera procurado mejor comida y buena ropa y zapatillas de marca; hasta podría haber comprado el auto de pedales que nunca le regalé al Mono (aunque pienso regalárselo a Max, ¿quién sabe?...) Nos habríamos ahorrado el vino de las presentaciones y la envidia de los compañeros escritores, que siempre te critican, diciendo que era tinto de caja y que este cicatero no fue capaz ni de comprar unas papas fritas o esos nachos abominables… (Siempre andamos con hambre y sed los escritores, y no sólo de pan y vino, créanme).
-Papá- me recuerda la dulce Karen, -en 1976 el Mono tenía cuatro años, y no había Internet; eso llegó como veinticinco años después. Ubícate, viejo.
Ubicarse es ponerse en el sitio adecuado, encontrar el Norte, el rumbo; también la senda… Y andar “desnortado” es caminar a la deriva, extraviarse en los carriles misteriosos del Tiempo.
Imperativo Categórico
En la propiedad contigua a nuestra casa-quinta, por el lado norte, se instaló un “Club Social”, restaurante, casino, salón de actos y reuniones para los feligreses de las agrupaciones de Rotary Club, Bomberos, Leones, Partido Radical y otras pequeñas “iglesias laicas” del condumio y el brebaje espirituoso.
El concesionario era buen cocinero y se comía allí buenos churrascos al ajillo y patitas de cerdo encebolladas… Expendía un digno “vino de la casa” y, por pocos pesos, pasábamos agradables momentos de tertulia, jugando billar en una mesa de regular factura, o enzarzándonos en el dominó o en el cacho sonoro…
Cierta noche de sábado invernal se organizó una cena bailable. A las diez, uno de los altoparlantes, orientado directamente hacia el dormitorio de nuestro padre, vomitaba su estridor de valses peruanos y boleros de moda. Faltando cinco minutos para las once, Cándido telefoneó al concesionario:
-Señor Garín, ha colocado usted un parlante que no me deja dormir; le pido que lo retire o le dé otra dirección.
-Don Cándido, lo siento mucho, pero tengo las autorizaciones municipales para la fiesta…
-No le pregunto por los permisos; le exijo que lo saque…
Gustavo Garín cortó abruptamente. Papá volvió a llamar y le dijo:
-Le doy cinco minutos para que retire el puto altoparlante…
Transcurrido el perentorio plazo, la música continuaba su metálico jolgorio. Cándido sacó la escopeta del 12, abrió la ventana, apuntando con precisión al blanco que distaba veinte metros... Los perdigones dieron de lleno en la caja sonora, que emitió una especie da aullido en sordina… Gritos, carreras, estruendo de sillas caídas y platos quebrados… -¡Asesino!-, fue la exclamación de una voz femenina, al borde de la histeria.
Sonó el timbre de calle. Frente a la verja se veía a dos carabineros y al cariacontecido Garín… -Tiene que acompañarnos- dijo a Cándido el teniente, y debe traer el arma...
Media hora más tarde, volvía nuestro padre, imperturbable. El ruido de la fiesta decreció y Cándido pudo dormir como un inocente.
A eso del mediodía del domingo, apareció el concesionario.
-Don Cándido, acabo de retirar la denuncia, pero tiene que pagarme el costo del parlante…
-Mire, Garín, no voy a pagarle nada, ni a usted ni a la madre que lo parió… Y en el futuro –le advierto- va a respetar mi descanso, porque la próxima vez puede que el escopetazo no vaya precisamente contra el altavoz…
RECUERDOS DE EXPRINTER
El tío Manuel Moure Rodríguez fundó Exprinter, en marzo de 1927, en Valparaíso -calle Prat esquina Esmeralda- (ochenta y un años ha), apoyado por el banquero franco-argentino Supervielle. En 1933, se abrió la oficina de Santiago, en calle de Las Agustinas, ámbito que se fue haciendo tan familiar para nosotros… A poco andar, se incorporaría el tío José (Pepe), que la dirigió hasta las postrimerías del pasado siglo XX, que nunca la abandonó completamente, pues se dio maña para habilitar una pequeña oficina, sobre el Paseo Ahumada, en los últimos años… (Allí nos juntábamos para almorzar, los miércoles de cada semana, en el Club de la Fuerza Aérea). –“Me gusta comer contigo –me decía- porque podemos conversar y, además, es un buen pretexto para salirme de la dieta”… Y escogía con fruición el vino que alegraba el condumio.
Allá por 1953, trabajé durante febrero como incipiente junior y recadero de circunstancias. Fue mi primer “empleo”. Recuerdo que el día de la paga yo esperaba ansioso aquellos olorosos billetes inaugurales… Tío Pepe me entregó un sobre, junto a una planilla que tuve que firmar –era mi primera firma, quizá la más inocente de cuantas he perpetrado- . Enseguida, cogió el sobre, extrajo dos billetes de cinco pesos, lo selló con el resto del salario y me dijo: -“Se lo entregas cerrado a tu mamá”-. Había sido un hábito suyo, en sus primeras labores en Chile, con la abuela Elena.
En todo caso, los diez pesos me alcanzaron de sobra para comprar un libro de Salgari y zamparme cuatro empanadas fritas y una “vitamina-naranja” en el “Corner Bar” -Bandera esquina Moneda-, que aún existe, con sus incitantes efluvios a fritanga y queso caliente. (Las empanadas siguen; la “vitamina” se hizo vino rojo…)
A Exprinter llegaban interesantes personajes. Entre ellos, Carlos de Baráibar, un culto republicano que fue ministro de don Manuel Azaña, Presidente de la República Española; también Ramón Suárez Picallo, que iba a cambiar “nacionales” argentinos por pesos chilenos y, mientras esperaba, sentado en un sofá de cuero, sacaba de la barriga un libro lustroso, enfrascándose en reconcentrada lectura.
Trabajé bajo las órdenes de un estricto contador, el señor Montecinos, de pequeña estatura, activo y exigente con subalternos y pares… Recuerdo cuando me entregó una carta, con orden perentoria: -“Llévele este documento a don José para que lo firme”- Quedé mirando la misiva. –No voy a poder llevársela- le dije. –“¿Cómo?”… -Es que tiene tres faltas de ortografía y está mal redactada-… -“¡Qué se ha imaginado usted! Llévela inmediatamente”. Cumplí, cabizbajo, el mandato.
Montecinos me tomó distancia –por decir lo menos-; un mocoso de doce años no podía darse el lujo de corregirle en presencia de los empleados… Entonces conocí las primeras servidumbres de la arrogancia intelectual apoyada en la semántica.
Por los años setenta, después del golpe, me topaba con tío Manuel, en Providencia con Seminario, y caminábamos hasta el centro, para bebernos un café en el Haití; el mayor de los Moure Rodríguez era admirador de Valle Inclán, de Eca de Queirós, de Somerset Maugham (siento que quedaron pendientes con él muchos diálogos enriquecedores)... Tío Pepe y tío Manuel eran grandes conversadores, hombres de libro y tertulia, y disfrutaban de ese corazón algo cosmopolita del viejo Santiago… Exprinter era para ellos como una segunda casa (si no la primera).
Para los que no lo saben, los documentos de pago de aquellos pasajes aéreos utilizados por agentes de la DINA, con falsos pasaportes, adquiridos en Exprinter, constituyeron piezas clave en la condena de los mastines uniformados del terror (Ministro Bañados mediante), porque en las bóvedas de la empresa, tío Pepe poseía el más completo archivo de comprobantes contables que se pueda imaginar, y de ahí surgieron las pruebas irrefutables del delito… Quien clasificaba los infolios documentales, con rigor casi borgeano, era el pequeño contador Montecinos.
Recuerdo a Mónica, a Mabel, al polaco Perengi; a las jóvenes K+arin y Gladys; al escritor, encargado de cobranzas, José Rojas –con quien seguimos intercambiando experiencias literarias-, y a otros funcionarios que eran parte constitutiva de la casa de cambios… Muchos de nosotros hicimos allí nuestro debut laboral; los primos Sergio y Manolo, nuestros hermanos, Eugenio, Mario, Juan Luis y Fernando…
(Se podrá decir que las empresas -como los seres humanos- van y vienen por la vorágine de la vida; es cierto, pero Exprinter fue la base de sustentación de aquellos emigrantes gallegos que vinieron de Santa María de Vilaquinte, a comienzos de 1925, con el fardel henchido de sueños, y que dejaron una simiente: nosotros, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos; el río fluye, pero la memoria queda en las fuentes sagradas de la estirpe, donde los rostros amados siguen hablándonos, a veces en el rumor de la lluvia o en el viento... Lo que permanece es el hondo misterio de los afectos filiales.)
Algo nos va a llamar ahora, seguro, con la campana de la nostalgia, desde el corazón bullicioso de la calle Agustinas…
Antonia
Dulce es la Antonia, impetuosa y creativa… Ella quiere inventarse un mundo de imágenes y colores que contenga y exprese a los que ama, pero a su exacta dimensión, pues lo que escapa a las formas así concebidas, disuena como desafinada guitarra o quiebra las proporciones de lo que ve y toca a su alrededor.
Lo que Antonia no puede fijar en su natural esquema plástico, pareciera querer atraparlo con espontánea sonrisa o ingeniosas apostillas hechas de lenguaje sonoro y transparente.
Ya su nombre es rotundo y memorioso. Por sus tres sílabas cantan hondos ecos del recuerdo, epígonos de otros Antonio y Antonia que alguien hiló en el largo rosario de la estirpe.
Antonia es única e irrepetible, como estos gestos y estas palabras con que ella me regaña –fémina y dominante al fin- porque “te portas mal, Nuno”; “no haces caso”; “eres un viejo gruñón…”
Un guiño de ojos, un beso detrás de su sonrisa me restituyen la relativa armonía de mi propia forma huidiza…
Plazos
Clemente observa su cédula de identidad, recién adquirida… Llama su atención la fecha de vencimiento impresa en la credencial, data que él interpreta como signo de su propia finitud.
-¿Ese día tengo que morirme, entonces…?
No hay mayor inquietud en la asertiva pregunta; mas bien pareciera resignada afirmación ante un hecho previsto, como oráculo de temprana burocracia asumido por su precoz criterio.
Días después, alguien comenta entre nosotros una breve nota periodística: “Según recientes estudios astronómicos, el Sol se apagará en cinco mil millones de años más, concluyendo así su ciclo energético”. Se transformará en “estrella blanca”, una especie de adorno inerte colgado del infinito.
La Sol es ahora la que pregunta, con aire contrito: -¿Es cierto eso?
Karen le dice, con el tranquilizador apoyo de su clara sonrisa: -No te preocupes, nena, pues falta muchísimo para que ello ocurra, y ya no estaremos en este mundo…
Pero Sol no se conforma con la respuesta y afirma, desde su propia duda ontológica: -Es que el tiempo se pasa volando…
Luna
El luar o plenilunio despliega sobre el paisaje de Tunquén su blanco prestigio legendario. El contorno de árboles y cosas pareciera trazado por la umbrosa paleta del Greco.
En la baja Edad Media se decía que quien leyera los libros –enormes infolios manuscritos por los monjes- bajo la luz de la luna llena, los memorizaría para siempre. Quizá por eso, no era extraño escuchar, en la plaza pública o en el atrio de la iglesia, a contadores de historias que presumían de la impecable textualidad de sus narraciones: -“Según escribió Tito de Valera, los amores de la princesa Griselda brotaron una tarde de agobiante estío en los jardines del palacio del rey de Panonia…”
-Mira, Nuno- interrumpe Agustín mis cavilaciones, y señala, bajo un pino esmirriado, las siluetas veloces de dos cururos que buscan su alimento nocturnal…
Sí, la vida bulle más allá de los libros, a pesar de Borges o de Cervantes, o de José Toribio Medina, nuestro genio investigador chileno, que vivió en la madriguera ilustrada de su colosal biblioteca.
Bella luce la Luna en este Día de los Enamorados 2006… Nos llega el aroma del mar en su fina marusía salobre y su lejano rumor, tierno murmullo de Eros trasnochado.
Manos
“Mientras tú nacías
de esta gran mariposa inmaculada.”
X. Baixeiras
En el contraluz nocturno de la ventana, unas manos, delicadas mariposas en desvelo, parecen atrapar, en su afán airoso, esas “sombras chinescas” que aún atraen a los niños cibernéticos de hoy…
Pero estas finas manos, que veo revolotear desde mi cama, no trazan siluetas ni urden vaticinios; trabajan en el sencillo acto de cubrir la indiscreta transparencia con un blanco papel japonés…
Sin embargo, logro abstraer mi pensamiento de su pragmática labor, y las veo crecer y agitarse como pequeñas llamas que yo mismo hubiese encendido, en el hogar de un sueño antiguo, con ascuas de vida y esperanza.
Las manos de Karen tejen de abajo hacia arriba, múltiples figuras sin nombre, llenas de elocuencia, como humos amables de la Casa perdida que nos aguardan, entre la noche y el alba, con el pan y el vino del reposo, en mesa fraterna repartidos.
Agustín
“Vuelan blancas golondrinas
rumbo al país de la infancia…”
G. Navaza
Agustín es un mozo espigado que se asoma a la adolescencia. Tiene aún gestos de niño en cuerpo de largos miembros, ávidos de músculos y nervaduras. Sus claros ojos me miran, hablándome de cariño y picardías…
-Te juego un set, Nuno- me dice, a través del blanco desafío de su sonrisa. Nos entreveramos, con juvenil entusiasmo, en tenístico lance… La irregular superficie merma la precisión de los golpes, pero el agrado de jugar y el frescor de la mañana compensan baches y “botes falsos”, también la ardua procura de las pelotas que ruedan, vertiginosas, a los lindes vecinos.
La cuenta se enreda entre alegres reconvenciones y chistes para disimular asperezas del suelo y fallas de la muñeca. Alternamos gritos de triunfo con castizas maldiciones…
Después del partido, Agustín me pregunta:
-¿Cuál es tu escritor favorito?-
-Ramón del Valle Inclán- le respondo.
-¿Está vivo?-
-Sí… Mientras le quede un lector, vivirá.
PRODIGIOS
Suelen ocurrir a diario, aunque a menudo no seamos capaces de verlos, tan rápido como vamos por la vida… Hay quien habla de milagros, lo que resulta una exageración si entendemos el hecho milagroso como una acción sobrenatural que se ejerce por encima de las leyes que rigen nuestra existencia y el devenir misterioso del universo.
Miramos hoy a nuestra madre, abuela, bisabuela, suegra, tía, consuegra…, Fresia Rojas Ramírez, con sus noventa y tres diciembres a cuestas, en un prodigioso estado de salud, mental y física, en pleno uso de sus facultades, centro y referente del abigarrado clan, tibia mano en perenne convocatoria de afectos… y no podemos sino asombrarnos de este auténtico regalo que el Buen Dios sigue prodigándonos.
Ayer observábamos el cuadro que Fresia acaba de pintar: la muchacha que lee, en actitud serena y un tanto lánguida, con el libro abierto sobre el regazo, mientras la luz parece concentrarse en las páginas abiertas, desde donde fluyen las palabras, en ese otro milagro que es cogerlas con los ojos y traerlas, cordialmente, al corazón, a través del cerebro y de los hilos de la memoria… La pintura está bien lograda; la atmósfera es vívida y lleva en sí la fantástica eternidad del instante…
Marisol me decía: “Es notable que vuestra madre, a estas alturas, logre un resultado estético tan elocuente”… Fue quizá la mejor reflexión –sin descartar las otras- que hemos venido escuchando desde nuestro encuentro de ayer, cuando celebramos el cumpleaños casi secular de Mamá…
Habría que detenerse y elevar una oración, desde el prodigio de la tarde, mientras la cálida brisa agita la copa de las acacias y una sonrisa dorada pareciera posarse sobre la femenina cuenca del mundo.
LA KAREN
La Karen era la guagua más linda que se haya visto (no, no es cercana la recomendación; es objetivamente estética); nació sin las marcas de los recién nacidos, con sus formas perfectas y los ojos muy abiertos (éste sería un signo premonitorio de lucidez), y sonreía, como diciendo: aquí me tienen, esta soy yo…
Todos se prendaron de ella, sobre todo el abuelo Manuel, que la convirtió en su preferida y regalona incondicional... Nos preocupábamos de ella con mucha atención y su presencia alegraba los ámbitos de la casa de Cisterna. Bueno, a veces hubo descuidos, como cuando jugábamos una ardua partida de ajedrez con Sergio y debíamos vigilar a la inquieta nena, sentada en su coche de paseo… “-Si le como el alfil, meto el caballo contra la reina y le doy jaque; buena jugada…” Se escuchó un golpe seco sobre las baldosas y un llanto suave; la Karen dio vuelta el cochecillo y cayó de cabeza sobre el duro piso… No le pasó nada –la cabeza de los Moure, ya sabéis, resiste mucho- pero no olvidaré la reprimenda de la madre, de la abuela, del Tata Manuel… Para más remate, perdí la partida en un segundo descuido.
Cuando la Karen cumplió los siete años –hace treinta y cinco - no pudo hacer su fiesta ni invitar a sus pequeños amigos. Entre carreras y balazos y noticias terribles, doña Elena se las ingenió para hacer un pastel con galletas guardadas celosamente y un tarro de leche condensada. Como por encanto, surgieron las siete velitas y le dimos su alegría a la festejada. Al año siguiente, la Karen me preguntó por qué izaban tantas banderas y tocaban monótonas marchas militares en su cumpleaños. ¿Y te parece poco –le dije- que hayas nacido tú para alegrar el universo?
La Karen salía a menudo con su abuelo Manuel, y llegaba cargada de regalos y bellas ropas, como princesita rubia de los cuentos (¿por qué son siempre rubias las princesas?)… Era una muñeca hermosa, pero creció rápido. Me di cuenta de eso (ya me conocéis) cuando cumplió once años y entró al dormitorio y preguntó si le iban a hacer una torta de manjar con nueces... Perdónenme, pero en ese instante me percaté de lo irrecuperable del tiempo y de cómo el sustituto de la memoria puede herir como cuchillo clavado en las horas.
Pero hablo aquí de felicidad, de alegría, de plenitud… Ya escribí del regalo de mis nietos Agustín; Antonia y Clemente (éste ya empieza a ganarme en el ajedrez), de mi hijo-yerno que hace tiempo no me invita a Pichidegua, a beber chicha entre olorosas tinajas…
Cuando digo Karen es para respirar hondo y creer en las primicias de la vida.
He sentido, muchas veces, parodiando a un gran poeta irlandés, que “Septiembre es mi mes más cruel”, porque la Historia es también vida íntima y secreta, con amores y desencantos. Pero Karen ha sido capaz de aventar las tristes sombras, de todas las historias, sean ellas particulares o públicas…
Yo creo que la Karen no nació en un día especial y cronológico. Ella está desde siempre, como ese lucero vespertino que guiña su fulgor, cada tarde, para que no olvidemos la esperanza.
La patria es la lengua, dice Goethe… Para mí, la patria es la Casa, el cobijo, el fuego, la mesa pródiga… Tengo varias patrias y una sola bandera, que lleva todos los colores del arco iris.
PATRIA
La patria que yo amo es pequeña
como grano de mostaza
Se alza sobre la colina
casal de piedra que acoge
cierzo del norte y ábrego del sur
El nombre secreto de esta patria
anida en mi corazón
como verbo de estrellas
que vuela y se conjuga
en versos de brisa ligera
Si tú quieres forastero
entender su prosodia
moldearás sus sílabas
como tierra arcillosa
y tibio asombro del cántaro
Mi patria no es contrato ni oferta
de mercaderes oscuros
sino fruto de vides y amores
cobijados en semilla
de parto inmemorial
No digas extranjero
cómo tengo que desposarla y vivirla
pues no conoces sus códigos
ni has yacido
bajo el roble sagrado de la estirpe
La patria que yo amo es enorme
cabe apenas en la cuenca del universo
y todas las galaxias no bastan
para contener sus campiñas
en la morada del viento
Te ofrezco mi patria forastero
Entra hasta la mesa del pan
beberemos el vino reposado
en lagares de viejas palabras
y labios como uvas
Si eres capaz de traducir los sones
del agua en la marmita y del fuego en el lar
compartirás forastero
el sacramento de mi patria libre
copa de todos los nombres
bandera secreta de todos los hombres

Chúzao
del.icio.us